Resurge el debate a partir de esta obra que vuelve justo en un momento polémico de la entidad por su cambio de mando, de bando, de manos que la presiden.

Por Santiago Morales

¿Existe la práctica de la lectura de dramaturgia? ¿Qué fue superado más ampliamente, el teatro por la tv, la tv por Netflix o la lectura de obras de teatro por, pongamos un delirio, la lectura de twitts?
Un debate que parecía momentáneamente olvidado es puesto de nuevo en carpeta, en alfombra, en escena, o, en este caso, puesto a navegar. El tema del sufrimiento de los relocalizados. Es verdad que la costanera, la gran masa inmensa de cemento desde donde se mira el rio, terminó convenciendo a muchos que la detractaban cuando era un proyecto y provocó el famoso slogan “de cara al rio” mientras parece que antes la ciudad le daba la espalda. Saltarán las voces clamando que los relocalizados pueden ahora venir a pasear, saltarán a recordar que no es una gran vía, una autopista tampoco sino un paseo mientras que antes eran otros, la otra gran porción de la ciudad, la que se acercaba al mirador, a los pocos miradores, en busca del paisaje, para observarlo.
Debate interminable, con todos los contras y los problemas, que son miles y dos de ellos predominantes: la contaminación y la corrupción. Resurge el debate a partir de esta obra que vuelve justo en un momento polémico de la entidad por su cambio de mando, de bando, de manos que la presiden.
¿El tiempo no redimirá la obra? la obra vial digo, no la de arte. Pienso en cuando crezcan los árboles, cuando la ciudad se incline ¿podrá alguna vez una generación de relocalizados preferir su barrio? Es decir ¿el tiempo podría despegar a la costanera de las prácticas políticas de Yacyretá y el manejo de los efectos y absolverla? ¿En dicho contexto qué pasaría con esta obra, con esta demanda escénica de Carolina Gularte, seguiría renaciendo, como viene sucediendo porque nada cambia o quedaría obsoleta y anacrónica?
Más costanera está muy bien, como sus actores (la capacidad de Lenguaza de dialogar consigo mismo a través de los títeres no es novedad; el desafío de Mariela Iparraguirre para hacerlo sí lo es, y ambos ejercicios son una maniobra que dinamiza, y no dinamita, la obra original). Muy bien como su música (muy apropiada Oración del remanso, como preludio, como fondo, como cortina) sus luces (el tacho luna llena funciona perfecto) su escenografía (el atril caña de pescar es sumamente ingenioso) sus diálogos, su funcionamiento en el escenario más under de la ciudad. Under en sentido positivo, obligatoriamente decir en sentido camp, porque lo under es lo más. Nunca un teatro lirico o de prosa o con otro nombre ampuloso tendrá esa atmósfera. Que también, en otra medida, lo tienen el Mandové y Tempo.
Me preguntaba, en el imprescindible after de una función, comiendo o tomando algo, pero pensando, a la medianoche, con la obra aún fresca en la memoria, si persiste el hábito de la lectura de dramaturgia porque, aparte de que ya casi no existe la lectura de cualquier cosa, menos de obras de teatro. Esta obra de Gularte fue editada en 2009 cuando Argentores hizo una antología de obras regionales para el libro “Dramaturgos del Nordeste”. Leída tenía una potencia fulminante, donde la denuncia y la tragedia no daba lugar a la risa que permite una puesta en escena. Estoy tentado a concluir que el tono , la comicidad lo define el público.
Público que antes de entrar era otra cosa, una muchedumbre afuera en el callejón (tiene que haber más callejones para dignar de espíritu comunitario las antesalas, tal vez ese defecto padezca sala tempo, una 3 de febrero cada vez más céntrica, más ancha) irrumpida por los gritos d un vecino enojado. Solo le pido al taxista que estacionó en un garage ajeno que no lo haga nunca más, que respete los carteles. Porque el vecino enfurecido que quería meter su auto antes de ir a dormir irrumpió en la puerta del teatro buscando al infractor, injuriando a toda la cola presta a ingresar, y después siguió, según escuché desde el silencio imperante de mi butaca, buscando al taxista ocupa, impune, y casi se convierte todo en Un día de furia, decí que no vivimos en USA.
Decí que Sonia pudo embriagarse tranquila, canoera justiciera. Pobre ella, sin culpa de nacer ahí, frente al que “todo se lo traga” al que le brindaba viento, aire fresco, inundación y bagres. Pensé en Sonia y el taxista, en cómo, siempre, los damnificados se quedan con las ganas.

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