La conjura era un fanzine posadeño que, como casi todo proyecto gráfico de este tipo gratuito, queda interrumpido.

Posadas (lunes, 14 de mayo – Santiago Morales) El nombre está inspirado en la novela de culto La conjura de los necios, libro de un raro escritor yanqui llamado John Kennedy Toole publicado póstumamente por gestiones de su madre. El fanzine se organiza temáticamente y así como el número cero prototipo o piloto abordaba el tema de los pájaros, el segundo y último ejemplar estaba dedicado a la vestimenta.

La novela empieza hablando de la gorra de cazador verde que apretaba la cabeza del personaje principal, Ignatius Reilly, y que era como un globo carnoso. Una gorra con orejeras (como la del chavo del 8) que se vuelve objeto identificativo, o fetiche, y el cual es llevado con orgullo y sin pudor incluso en temporadas de calor en que las orejas y el pelo se prefiere llevar al descubierto. La posesión de su gorra, o más bien su imagen entera, toda la apariencia física, no parecen ser meros detalles insignificantes en la vida de Ignatius sino que se vuelven escudo, bandera o insignia; él mismo, a la sombra de un árbol, mientras espera que su madre termine las compras, observa a la gente que entra y sale del supermercado, sacándoles el cuero en cuanto a su vestir. Criticando y burlándose de los diferentes atuendos. La posesión de algo nuevo o caro solo refleja para Ignatius la falta de teología y de geometría de una persona además de considerarlas verdaderas ofensas al buen gusto y la decencia. Solo lo que Ignatius vestía era lógico y sugería una rica vida interior.
Ignatius no podría ser el mismo sin su gorro, así como, pienso, con la mano en pose de pensador, Macedonio Fernández no sería el mismo sin sus dos elementos fuertes identificativos que brillan en toda foto o caricatura, como son su barba y su sobretodo. “si pudiera yo girar en torno a mí mismo me repasaría la espalda del sobretodo al retirarme de cada pared” medita Macedonio en Papeles de Recienvenido una página antes de pensar en un pensador, el de Rodin, y preguntarse si todos los pensadores son friolentos como este que se saca la ropa para poder pensar.
El abrigo indicaría que Macedonio sólo pensaba, o solo posaba, en invierno. Nada más incierto si recordamos que vivió en estas calles de Posadas cuyas siestas albergan poco de invierno, de frío y de viento. Y acaso fue al caminar la calle Bolívar que pensara lo del amparo innecesario que le dio el hombre a los piés “rodeándolos de botines por la parte de afuera, acomodo que nunca habían conocido, pues hasta entonces habían pertenecido al mundo exterior y no sabían lo que era ser ellos una cosa de adentro de nada; por el contrario, se caracterizaban y se les reconocía por hallarse siempre disparados y lo más distantes posibles siendo lo más alargados, externos, salidos y correcalles que hubiera, además de su singularidad eterna de ser un artículo par, y andar obligando a todo a ser par, como par de medias, par de botines, a diferencia de la nariz que se basta con un arco de anteojos, puesto encima para ser impar”.-
En Misiones, con la tierra roja tiñosa, el barro pegadizo, podría ser común esa costumbre de descalzarse antes de entrar a la casa de unos amigos o parientes de piso limpio y dejar momentáneamente los zapatos o alpargatas en una caja, depósito de ropa de pié.
No parece ser por exceso de pestilencia o falta de aseo sino por el mítico carácter de prestigio del calzado (sentimiento de superioridad) o rechazo del pynandí, los pies descalzos del humilde, que pocas veces se acepta este rito franciscano.
La maldición de la flor dorada (2006) es una película que empieza con el despertar de las geishas. Todo un plantel en sintonía se levanta y lo primero que hace es buscar sus calzados al pié de la cama, entonces vemos el maravilloso plano de todos los pares prolijamente acomodados en hilera.
A cuál de estas costumbres, de dónde estacionar los zapatos durante la noche, se acercarían Macedonio e Ignatius. Al borde de la cama, en un moderno guardacalzado, en cualquier parte, o acaso en una caja del lado de afuera de la puerta. Dónde descansarían sus atuendos fetiche, la gorra de uno y el sobretodo del otro, si es que no, en el mismo lugar del cuerpo que ocuparan de día.
El fanzine no pasó del numero 0. O tal vez llegó al 1 sin mucha circulación debido a los costos de publicación en papel y distribución pero el mito quedó asentado en las calles.
aguafuertes/ediciones independientes

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