Dos mundos. Un Mundo. El mismo momento en que un tarefero cruzaba aquí la plaza 9 de Julio, tarareando el Mensú, mientras se dirigía al Café Vitrage, no a sentarse, sino a pedir, limosna, ayuda o una contribución para poder comer, en ese mismo momento aterrizaba en Buenos Aires, el magnate Donald Trump. Las manos extendidas del trabajador misionero se le antojaron a Tito Hedman como las manos extendidas de Macri pidiendo ayuda al G-20. Abre un interrogante ¿Quién sostiene a quién?

Posadas (Lunes, 3 de diciembre) Por Alberto Hedman. Recortada contra la luz del atardecer, atravesando la plaza en dirección al tradicional bar de Bolívar y Colón, la figura, ropa oscura y los pantalones un poco bajos, recuerda al moverse el andar bamboleante de Carlitos, el inolvidable personaje de las películas de Charles Chaplin.
El hombre entona, con voz afinada, de a ratos las estrofas de El Mensú, el tema emblemático de Ramón Ayala, que dio trascendencia nacional al compositor misionero allá por los años sesenta o setenta, ayudándose con un tubo de cartón metalizado que empuña en la mano derecha y le sirve de improvisado micrófono o amplificador, mientras en la izquierda lleva una también improvisada cajita recaudadora.
La voz de barítono que deja flotando en el aire fragmentos de la canción dedicada al látigo cruel que castigaba a los cosecheros en los yerbales misioneros en el siglo pasado, causa una extraña impresión. Se podría decir que el cantor que se dispone a pedir colaboración, limosna o como se quiera llamar, a la gente que circula a esa hora de la tardecita por el centro posadeño no es otro que el mensú al que se refiere la canción de Ramón Ayala, tele transportado por algún mecanismo de ciencia ficción a la plaza 9 de julio en pleno siglo XXI; más concretamente el viernes 29 de agosto de 2018.
El mismo día el presidente multimillonario y xenófobo de Estados Unidos, Donald Trump aterrizaba y era recibido con todos los honores en Buenos Aires para asistir a la Cumbre del G.20, de la que participaron algunos de los más importantes líderes del mundo, rodeados por un monumental operativo de seguridad. Las alternativas de la reunión del G-20, de la que es difícil decir cuál es el objetivo a no ser que, como dijo un analista internacional, “se hace sólo porque el costo de una suspensión es prohibitivo para un frágil orden mundial en esta coyuntura”, atraen la atención general en estos días, potenciada por los medios de comunicación, especialmente los medios hegemónicos que sostuvieron durante 48 horas, (las que duró el encuentro de mandatarios propiamente dicho en Costa Salguero), un dudoso relato oficial en el marco del cual el evento internacional que se realiza, sin un objetivo probadamente trascendente para el ciudadano de a pie, por primera vez en el país, es un página grandiosa de la historia nacional.
Nadie mira, en cambio, y probablemente no lo hacen ni los paseantes que circulan por la plaza principal de la capital misionera, al improvisado Charles Chaplin que canta la imperecedera angustia del tarefero. Las estrofas de la tradicional canción suenan brutalmente contemporáneas en el contexto de una plaza crecientemente poblada por contingentes de familias de tareferos, instaladas en precarias carpas de plástico o de lona, un fenómeno en aumento que, no obstante, parecería no estar siendo registrado por nadie, salvo por la discreta presencia policial, o por los transeúntes que se ven interpelados por también crecientes pedidos de colaboración, limosna o como quiera llamarse a esta forzada apelación a la empatía de los posadeños de parte de trabajadores privados del ingreso que obtienen durante la safra yerbatera.
Subsidio fluctuante
Imprescindibles a la hora de levantar la cosecha del producto madre del agro misionero, que no cuenta con apoyatura mecánica hasta hoy, los tareferos se ven imposibilitados hoy, en la mayoría de los casos, de mantenerse o subsistir como en otros años mediante changas esporádicas en la construcción o por el cobro efectivo del subsidio inter safra. Esto ocurre por un mix de causas, algunas estructurales e históricas y otras contingentes, pero principalmente por la recesión que provoca el plan económico del gobierno nacional, que ahoga a los más vulnerables, así sean personas, grupos sociales o provincias. El mecanismo de contención o protección social entre una cosecha y otra, en ese contexto, es tan fluctuante como la situación laboral de los trabajadores temporarios de la economía yerbatera, a los que se les viene retaceando la inclusión en un modo de vida digo desde los tiempos del mensú, que retrató magistralmente Ramón Ayala. La invisibilidad de la presencia tarefera en la plaza, y la interpelación tácita en la apelación a la caridad pública, reflejan el momento actual desde el lado de los que bien se podrían llamar los perdedores del sistema, o del modelo económico social, los mensúes de la sociedad contemporánea, en la que se recrean a ojos vistas mecanismos de explotación laboral y de exclusión de los más débiles en favor de los más poderosos. Como en tiempos de los hoy míticos yerbales sangrientos, el trabajador de la cosecha, factor central en la producción yerbatera, es expulsado del sistema de reparto del excedente, en base a salarios que apenas llegan a la subsistencia, inexistencia de seguridad social o laboral, ilegalidad y toda clase de mecanismo espurios.
Hoy como ayer
Dejando de lado la lírica, la reflexión, o comparación, entre la situación pretérita y la actual de este sector resulta más que significativa. Y no lo es únicamente en el caso de la problemática específica de los trabajadores, sino de la propia economía de la yerba mate, y si se estira un poco más del análisis, es un caso particularmente representativo del modelo económico que se impone hoy en el país.
Un modelo que fomenta la caída del ingreso y el consumo, como formas de exclusión, en todas las economías regionales, y en particular en la parte que les toca a los trabajadores y sus familias, prohijando la precariedad salarial y la pérdida de derechos.
Por este camino, no es ninguna casualidad la elección musical del tarefero de la plaza 9 de Julio en su recorrido en pos de la solidaridad de un entorno mayoritariamente indiferente. El mensú de ayer y el tarefero de hoy comparten un mismo horizonte. En tanto, la esperpéntica teoría de la diputada nacional mediática por excelencia, Elisa Carrió, de que el hambre que provoca el ajuste neoliberal en los sectores más vulnerables del país se resuelve con las propinas de los sectores medios y altos, encontró en el escenario de la plaza 9 de Julio atestada de trabajadores desocupados pidiendo para sobrevivir, un terreno experimental privilegiado.
La situación de la economía real, en el marco de las políticas neoliberales en vigencia, indica sin embargo que el campo de experimentación tiende a ampliarse geográfica y socialmente.
De alguna manera, mientras el gobierno de Mauricio Macri despilfarró 1543 millones de pesos en la sobrevaluada Cumbre, cedió contratos de la obra pública al presidente norteamericano
Donald Trump, y ratificó la línea de entrega de las Malvinas a Gran Bretaña, entre otros desafueros de la dignidad y el proyecto nacional presentados como logros, debajo de toda la sobreexposición mediática y el despliegue propagandístico, el país entero también está pidiendo limosna. Por eso se agiganta el modesto significado concreto y político de una cita presidencial que burocráticamente sesiona en Buenos Aires, como podría hacerlo en otro lugar y de la que nadie espera soluciones concretas para los problemas del mundo.
Pasando la alcancía
Con la alcancía siempre a mano, Macri redujo el sentido de su rol de anfitrión en la cumbre al pecheo particularizado en por momentos desvalorizadas bilaterales, como la que le concedió a las cansadas el poderoso magnate-presidente Donald Trump, que tuvo apenas tiempo para un desayuno y hasta se permitió dejar plantado a la vista de todo el mundo al anfitrión, aunque se habría llevado un contrato jugoso para las constructoras de su país en detrimento de las empresas argentinas. Más allá de los 9.000 millones de ampliación del Swap con China, los papelones, plantones y desplantes protocolares, y del glamour y los chismes VIP de una gala en el Colón regada de lágrimas de cocodrilo, el saldo de la Cumbre fue magro para el país. El único beneficio mensurable a nivel global estuvo representado, en tanto, en la precaria tregua de 90 días acordada por los presidentes de China y Estados Unidos en su disputa de hegemonía en el marco del comercio internacional. La alcancía de un país que se endeuda a ritmo vertiginoso y sin otro objetivo visible que el endeudamiento mismo, sumando 200.000 millones de dólares más a la deuda externa desde la llegada de Macri al poder, permaneció vacía al cierre de un evento que, onerosamente, el gobierno se empeñó en protagonizar por dos pomposos y olvidables días junto a los representantes de los países más ricos del planeta.
Y frente a una Argentina cada vez más pobre, endeudada e injusta. El presidente Macri, a posteriori dictaminó que “los argentinos no seremos nunca los mismos después de esta cumbre”. Probablemente, más que la sobreexpuesta imagen de la suntuaria reunión de mandatarios, a la que, según algunos exaltados comentaristas, se debe considerar un evento más importante que los históricos festejos del Centenario de la Argentina agroexportadora, en 1910, la realidad del país se refleje con más certeza en la, invisible, figura del Chaplin tarefero en la plaza 9 de Julio.