Un eclipse de luna, sí, Europa explica todo, sin embargo no alcanza: “Por venir de los puertos, en los que hay tantos hombres que dependen del cielo, yo sabía lo que era un eclipse. Pero saber no basta. El único justo es el saber que reconoce que sabemos únicamente lo que condesciende a mostrarse.” Novela heideggeriana, la apertura del ser, lo que el ser quiere mostrarle al Dasein es lo que vale la pena. En la América indígena, el ser estuvo abierto antes de que llegaran los españoles.

El Entenado, de Juan José Saer.

Novela con un final de eclipse

Por Santiago Morales

Basada en un hecho histórico ocurrido en una expedición comandada por Juan Díaz de Solís en el contexto de la Conquista de América, en 1515 en la cual el grumete de una expedición española relata el recuerdo de cuando fue capturado y adoptado por los indios colastines.
La historia de la convivencia en la comunidad, el cierre de la descripción de la experiencia, del recuerdo, termina eclipsado. El escritor santafesino Juan José Saer (1937-2005) usa la figura del eclipse para ilustrar cómo la conquista deslució y deprimió el florecimiento de las civilizaciones y culturas nativas.
Esta es una interpretación filosófica del texto (publicada en Dudodetodo.blogspot): Los indios tienen algo de griegos del siglo V a.c., con esa indistinción entre el ser y el pensar presocrática que declara la perfecta conjunción del existir, y luego, tomando conciencia (aunque solamente ésta se manifestaba en sus actos) de que las cosas son meras apariencias, el momento platónico anunciaba el adelgazamiento de la realidad.
La felicidad se daba en ese existir que contenía la indistinción entre ser y pensar; un estado que involucraba al cielo, a las estrellas, a la tierra y a las personas.
Los indios no eran sujetos. El sujeto es el que reconstruye sus vidas, que vive para contarla. A diferencia de la civilización ateniense, los indios que Saer coloca en el siglo XVI no dejan nada escrito más no sea por su vocero, un don nadie occidental (el entenado). El deseo de preservarse individualmente en la tierra después de la muerte los hace actuar para el relator:
“Ese querer ser vistos y recordados con intensidad no era el único obstáculo que impedía tener con ellos una amistad o, por lo menos, una relación simple y natural. El envaramiento, que a veces podía lindar con la hosquedad, desbarataba, áspero, todo acercamiento. La alegría común, que a veces aparece diseminada en todos, discreta pero plena y liberadora, les era desconocida: parecían haberse prohibido de antemano todo goce elemental. Una obligación de tristeza o de seriedad, rigurosa, los secaba. Se imponían una vida estrecha y árida de la que desterraban, desconfiados, el placer.”
La decadencia de la civilización promueve el salvataje individual, la individuación para sobrevivir en un bote cuando el Titanic que los llevaba felices a todos comienza a hundirse. Y allí el conflicto, interior y exterior, la lucha del diferente para con el padre de la cultura, con la ley que todos respetan, en una pelea final que no tiene futuro: “En esa indolencia casi imperceptible yo adivinaba, sin darme cuenta, una especie de originalidad, de sentimiento personal de que esa imposibilidad que era la esencia de las cosas, de la lengua, y hasta de la carne de su gente, no era tal vez tan absoluta o, si lo era, que él, a pesar de todo, se reservaba la libertad de desafiar las leyes rígidas del mundo y de vivir una vida diferente a la de los demás, aun cuando la aniquilación lo acechara. De esa diferencia ínfima emanaba una especie de bondad.” Saer lo salva, reconociendo su ética, y al reconocerlo le entrega la medalla post-morten, la que certifica la victoria en esa carrera que contra todo, y sabiendo que del veredicto no se enteraría. Se largó a correr en busca de la trascendencia. Querer seguir siendo cuando la cultura que lo cobijó ha abandonado la ilusión de eternidad; la cultura del espectáculo, quedar en la retina de un otro que no es como yo, porque me mira y me narra: “Que la imagen que querían dar de sí mismos fuese buena o mala les interesaba poco, lo importante era que fuese intensa y fácil de retener.” No importa nada más que mostrarse para quedar en el otro. Esta desesperación es concebible si no se tiene la capacidad para dejar obra.
Los indios de Saer tenían conciencia de que nada de lo que ellos expresaran sería entendido, valorado en su justa dimensión, en el futuro por los otros, por cualquier otro que no haya experimentado esa consistencia de ser como ellos. Pero lo que impacta es que es un español, un colonizador, el que nos traduce el final de esa civilización en clave heideggeriana. De ahí -al final del libro podemos comprender los modos de su forma- ese narrador prolijo y detallista que cuenta su experiencia de vida que en sus contenidos lo trasciende para ubicar el relato en el de la historicidad misma. Y ese relato es el que siempre llega claro; siempre la historia tiene una explicación que se entiende, que se asimila.
La conquista de América como desvanecimiento del ser de los indígenas es una hipótesis muy fuerte. La víctima no reconoce en el victimario humano al culpable de su desaparición, las cosas se adelgazan, la tristeza ocupa las almas, se presagia el final como un hecho natural: “Quedó el cielo vacío de un azul muy liso que se iba oscureciendo y, como si se fuesen acercando de a poco, y tan débiles todavía que había que esforzarse para descubrirlas, las primeras estrellas. Eran unos puntitos tenues que parecían brillar y borrarse, brillar y borrarse, como si también ellas, a las que se les asigna, con toda certeza, la eternidad, el ser les costara, igual que a nosotros, sudor y lágrimas.” El narrador, el sujeto que contempla a esa sociedad de la que formó parte durante años sin poder integrarse nunca totalmente, comparte en sus recuerdos las sensaciones que los indios percibían, sensaciones de las que ellos no podrían escapar, y que él, por no ser uno de ellos, por tener una infancia europea, puede no sólo evitar la comunión con ese apocalipsis sino también volver y narrarlo.
Un eclipse de luna, sí, Europa explica todo, sin embargo no alcanza: “Por venir de los puertos, en los que hay tantos hombres que dependen del cielo, yo sabía lo que era un eclipse. Pero saber no basta. El único justo es el saber que reconoce que sabemos únicamente lo que condesciende a mostrarse.”
Novela heideggeriana, la apertura del ser, lo que el ser quiere mostrarle al Dasein es lo que vale la pena. En la América indígena, el ser estuvo abierto antes de que llegaran los españoles.

Tapa del Libro de Edición Octaedro