Julio Héctor Rodríguez, que murió esta madrugada a los 73 años, deja un legado político en sus luchas de resistencia a la privatización de Emsa cuando en los 90 se mal vendieron activos populares y el sentido común responsabilizaba del precio de los servicios y a la corrupción a la propiedad estatal de las empresas. Su método de actuación sindical para sostener la hegemonía de la 13 de Julio en Luz y Fuerza tuvo similitudes con el vandorismo, pero lejos de la pretensión de armar un partido laborista, dio siempre pelea al interior del PJ.

Lunes, 26 de agosto. La vida de Julio Héctor Rodríguez, que murió esta madrugada a los 73 años, pareciera un tabú del sindicalismo y la política de los misioneros. Personaje símbolo que condensa cierto modelo de dirigente sindical sobre todo desde los años en que la caída del muro de Berlín desató la furia del capitalismo salvaje en todo el mundo instalando la era del neoliberalismo que, en los países de la periferia se tradujo en la enajenación de los activos públicos, es decir las empresas del Estado que fueron liquidadas en procesos de privatizaciones.
Ese proceso estuvo dirigido técnica y financieramente por los organismos financieros internacionales como parte de una política global para la región. El FMI, el BID y el Banco Mundial delinearon la reestructuración y reforma de todos los sectores teniendo como premisa el beneficio para los acreedores externos para quienes se les abrían nuevas áreas de inversión en mercados abastecidos hasta el momento por el Estado.
El contexto de crisis general dejó el espacio abierto para la aceptación por parte de la sociedad de todo este proceso: la hiperinflación generada durante los años previos que afectó sustancialmente la economía de las familias trabajadoras, instaló la necesidad de estabilidad. Desde el poder fáctico, el círculo rojo, digamos, se identificaba a las empresas públicas como una de las causas fundamentales de la crisis y del déficit fiscal y se identificaba al Estado como incapaz para administrar eficientemente las empresas ya que fomentaba la burocracia y la corrupción.
Treinta años después del inicio de este proceso que lleva adelante Carlos Menem pero ya venía legitimado políticamente por el ministro Rodolfo Terragno que asumió después de la derrota de Raúl Alfonsín en 1987, es fácil entender las consecuencias de las privatizaciones en el sector eléctrico, que perjudicaron tanto a los trabajadores como a la comunidad.
Mientras se vendía la simbólica Segba en Buenos Aires, el sindicato de Luz y Fuerza de Misiones, más allá de la actitud de colaboración de la Federación, ejerció a través de Cachilo Rodríguez una fuerte resistencia, contra las autoridades nacionales que presionaban a través del ministro Domingo Cavallo al gobernador Ramón Puerta, y hacia la Federación nacional.
La breve descripción de este proceso es fundamental para entender el legado de Cachilo Rodríguez, hacia el interior del sindicato como en la preservación de la Provincia como principal accionista de la Empresa Electricidad de Misiones.
El método de Rodríguez para sostener la hegemonía de la 13 de Julio bien puede condensarse en una frase: “el que molesta en la empresa, molesta a Luz y Fuerza; y el que molesta a Luz y Fuerza, molesta en la empresa”. Tuvo en ese sentido similitudes con el método de gran parte del sindicalismo tradicional y que en Argentina se conoce como “vandorismo”, en referencia a la forma de ejercer la representación sindical el dirigente de la otrora vigorosa Unión Obrera Metalúrgica, Augusto Timoteo Vandor, el hombre que fue muerto a balazos por una formación de la izquierda peronista en los vertiginosos años setenta.
En el escenario de los 90, el método del vandorismo “apretar para negociar”, fue una práctica paradigmática de Cachilo con la que condujo el estratégico sindicato de Emsa y que aplicó de forma enérgica, siempre en beneficio de los trabajadores, pero generando beneficios que generaron una brecha entre los propios trabajadores del Estado, diferencias que desde las oposiciones políticas fueron aprovechadas para instalar en la sociedad una mala imagen del Sindicato.
Desde la actuación política, lejos de las pretensiones del viejo Lobo Vandor de fundar un partido laborista conducido por los sindicatos, Cachilo dio siempre pelea adentro del peronismo. Reclamando protagonismo como “columna vertebral” del movimiento nacional justicialista, en 1989, bajo el gobierno del peronista Julio César Humada, Cachilo ganó espacios en la conducción del PJ misionero y logró ubicar a representantes del sindicato en cargos de representación política, tanto en la Cámara de Representantes como en Concejos Deliberantes y ganar la Intendencia de Posadas en 1989.
Después de las crisis de representación que implosionaron en 2001, el poder de Cachilo en la política se fue deteriorando en consonancia con la crisis del pejotismo y los partidos tradicionales. Esta crisis quedó en evidencia cuando en 2003 integró la fórmula gubernamental con Julio Humada y fue derrotado por la irrupción de la trasversalidad encanada en la Renovación y las rupturas con los partidos tradicionales con los que Carlos Rovira inició un proceso de autonomía política en la provincia.
Refugiado en el Sindicato pudo adaptarse a la intervención de Esteban Lozina y la presidencia de Héctor López Ricci, y sostener la 13 de Julio a pesar de los cuestionamientos internos a la hegemonía de la agrupación.
Su legado, que es la preservación de Emsa en propiedad del Estado, fue la decisión con que enfrentó a los organismos financieros internacionales, al gobierno nacional y provincial de los 90. Es significativamente una actitud con mayor densidad política que todas las diatribas que tuvo que soportar en las campañas de desprestigio.

Fotografía tomada de Internet.