La casa está en orden, no hay sangre en la Argentina. La célebre frase de Raúl Alfonsín resume con precisión el camino elegido por la sociedad argentina en las permanentes luchas por la democracia y mayor consagración de derechos. La rebelión popular en Chile no tiene claro todavía un punto de anclaje en el sistema político y puede derivar en un gobierno autoritario. Es un espejo de la vía argentina contra el neoliberalismo. Aquí, la gobernabilidad del sistema fue garantizada por gobernadores, sindicatos y organizaciones sociales que allanaron el camino a las elecciones del 27-O. El informe de la ONU que investiga a Macri por amedrentar al Poder Judicial revela las fronteras que pudo haber cruzado en el uso del poder si no se lo contenía en el sistema. Bullrich y Carrió son exponentes de ese escenario alternativo.

Martes, 5 de noviembre de 2019. La Organización de las Naciones Unidas envió un pedido de informes al Gobierno argentino por sospechas sobre violación de la independencia judicial, según se difundió ayer. En el informe, la Relatoría sobre Independencia Judicial de la ONU hace referencia e imputa a Mauricio Macri de un “plan sistemático y estructural de amedrentamiento del Poder Judicial de la República Argentina”. Se mencionan “actos de intimidación y presión a los diversos órganos que componen el sistema judicial argentino que habrían socavado su independencia” y se cuestiona también al Consejo de la Magistratura. Explícitamente el informe, que debe ser respondido en sesenta días por el Gobierno, entiende que “el Poder Ejecutivo utiliza la Comisión de Disciplina y Acusación para perseguir a los magistrados que dictan resoluciones contra sus intereses”.
La mención de estas sospechas de la ONU abre un curso de investigaciones en el ámbito judicial, y no son una sorpresa para los argentinos que fuimos testigos de operaciones cruzadas entre servicios de espionaje, diputadas y periodistas, en el intento de subordinar a jueces y fiscales a la Casa Rosada.
Bolsonarización latente
Pero lo que interesa aquí, desde un abordaje político, es que el Informe de la ONU nada menos, está desnudando la verdadera naturaleza del gobierno de Macri: trasladar al Estado la lógica de los gerentes de empresas en la toma de decisiones que, no es, precisamente, democrática sino sustentadas en la eficiencia y oportunidad de negocios.
Los primeros DNU de Macri, cuando tenía pocas horas de Presidente, designando ministros de la Corte Suprema, si bien no pasaron los filtros institucionales, constituyeron un aviso de lo que se venía después del 10 de diciembre de 2015. La UCR fue perdiendo la sustancia del radicalismo en la coalición y se quedó sin peso para contrarrestar la tendencia conductual e ideológica a la bolsonarización de Macri, tironeado a ese extremo por el neofascismo de Patricia Bullrich y las operaciones de Elisa Carrió, promoviendo allanamientos y carpetazos no sólo para amedrentar a magistrados, sino a sus pares legisladores, a gobernadores, referentes de las oposiciones, sindicalistas e incluso a funcionarios de su propio Gobierno.
Se sabe que a Bullrich no le tiembla el pulso a la hora de reprimir u ordenar disparar, ni a Carrió a la hora de imputar en la Justicia a sus adversarios. Las dos, precisamente, tenían un plan incendiario para embarrar las elecciones del 27-O y resistir, como sucede en Bolivia, la pérdida de la administración del Estado. Los tres mil efectivos esperando en los alrededores del obelisco en la noche del domingo 27 es una manifestación palpable de ese objetivo.
No es mera teoría conspirativa, el ala dura del macrismo estaba incubando el huevo de la serpiente. Expresión que remite a los peligros que se ciernen sobre una determinada sociedad y que simbólicamente predice el auge del totalitarismo. La película de Ingmar Bergman utiliza de disparador el nacimiento del nazismo para hacer visible lo que nadie quiere admitir. En la película, referida a la incubación del nazismo,  se muestra la virulencia del lenguaje, la discriminación y el desconocimiento de los derechos del otro.
La grieta es la réplica en la Argentina de ese clima social, agitado por operaciones cruzadas, diríamos, para poner una fecha, desde la resistencia de las patronales del campo a la 125. Pero la grieta, como brutal división ideológica, si bien tiene largas raíces en el pasado argentino, durante el gobierno de Macri se ha instalado como si fuera una guerra civil cultural. La grieta no es la fragmentación social que es objetiva. Alimentar la grieta es crear el clima de beligerancia para convertir a los diferentes en enemigos y bloquear las posibilidades de diálogos y consensos.
Chile y el huevo de la serpiente
Vale en este sentido rescatar las observaciones de Jorge Alemán, psicólogo que fue embajador cultural de CFK, con referencia a la rebelión popular en Chile. Sin mencionarla, describe la metáfora del huevo de la serpiente, que es transparente y anuncia el nacimiento de algo peligroso.
Las movilizaciones que desbordan la represión y se mantienen las calles a pesar de los muertos, heridos y detenidos, es para Alemán un punto de no retorno para el modelo neoliberal. Y en eso coincide con la mayoría de los analistas, sin embargo, advierte que la rebelión no tiene claro todavía un punto de anclaje en el sistema político, y en ese sentido puede derivar en un gobierno autoritario. Subrayó que las ultraderechas en Europa fueron precedidas por cosas semejantes. “Ahí puede haber un desenlace peligroso”, observa.
En declaraciones formuladas a C5N el viernes antes de las elecciones, reflexionó que nadie pudo prever cómo iba a terminar la revuelta de los chalecos amarillos en Francia. Del mismo modo, nadie puede hoy determinar cómo va a ser el desenlace de la rebelión del pueblo chileno, pero descartó la toma del Palacio de Invierno o la toma de la Bastilla. Abre así un interrogante entonces sobre el punto de anclaje de las movilizaciones. Y explicó que el punto de anclaje es el momento en que se reisgnifica lo anterior. “Y eso en Chile está abierto y en el horizonte se abre la posibilidad de articular políticamente un llamado a una autoridad sólida” y no descartó la aparición de un Bolsonaro.
Su temor está fundado en que los autoritarismos se manifiestan como la contracara del neoliberalismo que entiende es un fenómeno mundial que no dispone de principios civilizatorios. Y explica que uno de sus efectos es la desinstrumentación del Estado que en el Mundo está puesto en duda como herramienta de transformación. Un Estado fuerte y autoritario es una respuesta posible.
¿Y si el 17 de octubre se reprimía?
El antropólogo Alejandro Grimson se atrevió el 17 de octubre a plantear una pregunta contrafáctica en una nota que publica en Página 12 y titula: “Un escenario alternativo del 17 de octubre ¿Y si hubiera habido una represión feroz?”
Vale la pena leer la nota: AQUÍ
Destaca que las elecciones libres sin proscripciones, que fueron resultado del 17 de octubre, abrieron el camino para que un nuevo gobierno avanzara en la inclusión de lo excluido y en regular la conflictividad social y política.
Para comprender los significados del peronismo, se interroga: “¿Qué habría sucedido el 17 de octubre si hubiese tenido lugar una represión brutal con decenas de muertos?”.
Hace referencia a un texto de Juan Carlos Torre en el que propuso esa pregunta contrafáctica y en el que analiza la decisión del general Ávalos de no reprimir y sus consecuencias históricas. Grimson propone otra hipótesis contrafáctica sobre la idea de una brutal represión el 17 de octubre de 1945. Después de analizar la manera en que en otros países de América Latina resolvieron los cambios estructurales, culturales y políticos, revela: “lo que quiero decir es que si el 17 de octubre hubiese habido una brutal represión, una de las hipótesis contrafácticas que se pueden sostener es que la Argentina habría terminado en una extensa guerra civil. ¿Por qué? No se trata de suponer simplemente que los trabajadores habrían retrocedido, que la Unión Democrática habría gobernado. Se trata de entender que una derrota de los trabajadores el 17 de octubre modificaba las relaciones de fuerza de manera drástica. La patronal, que avanzaba con firmeza en los últimos días, habría redoblado sus apuestas después de una derrota obrera. Muchas de las conquistas del último año podrían haber sido derogadas luego. Pero, sobre todo, la derrota de la movilización pacífica y la imposibilidad de dirimir ese conflicto en elecciones libres habrían inaugurado el capítulo de la violencia una década antes en la Argentina. Y quizá, como sucede hoy en Colombia, setenta años después no estaría aún cerrado”.
¿Es verosímil esta hipótesis? En la nota de Grimson hay un desarrollo más profundo al que se puede acceder en el link de referencia anterior. A nosotros nos interesa rescatar el ejercicio contrafáctico para espejar el interrogante: ¿qué hubiera pasado en la Argentina de Macri si, el movimiento obrero, las organizaciones sociales y los gobernadores no le hubieran dado gobernabilidad?
¿Y si no se hubiera dado gobernabilidad a Macri?
Macri asumió en 2015, no sólo legitimado por una mayoría electoral, sino con el apoyo de lo que se denominó el círculo rojo, es decir el establishment y el más amplio respaldo internacional, no sólo del Imperio sino fundamentalmente de los sectores financieros que controlan el rumbo de la globalización. El poder político y el económico estaban concentrados en una sola persona, dispuesta a manejar el Estado como una empresa. Y avisó con los DNU nada menos que para designar dos ministros de la Corte Suprema. Y avisaron sus ministros apretando jueces y a fiscales. Avisó Bullrich con su esquema de orden y hacer explícita su alineamiento con Washington e Israel y avisó Carrió con los carpetazos armados por personajes oscuros de los servicios de espionaje, mal llamados de inteligencia, y avisó el gobernador de Jujuy encarcelando a Milagro Sala y designando diputados como jueces. Y avisan cuando tildan de terroristas a los mapuches para justificar una latente masacre para quedarse con sus tierras. ¿Qué hubiera pasado en la Argentina de Macri si, el movimiento obrero, las organizaciones sociales y los gobernadores no le hubieran dado gobernabilidad?
Ese “qué hubiera pasado sí…”, lo contrafáctico de la hipótesis de Grimson, no permite dos lecturas. Es indudable que Macri hubiese acumulado más poder sin temor a pasar todos los límites institucionales y nada menos que en sintonía con las demandas de la mayoría que lo consagró Presidente.
Para avanzar en la hipótesis de que la Argentina sería distinta habría que precisar el alcance del concepto: “gobernabilidad”, que como sucede siempre que es estampado en una consigna empieza a perder la verdadera dimensión de su sentido por el uso que le dan los medios ya la propaganda política.
La gobernabilidad del sistema, que ya no está garantizada, cobró atención académica a partir de los años 70, cuando los Estados de Bienestar empezaron a mostrar sus limitaciones. A casi cincuenta años de la crisis que terminó con los acuerdos de Bretton Woods para la gobernanza mundial de posguerra, y a treinta de la caída del muro de Berlín que puso fin a la guerra fría, hoy es el capitalismo el que está poniendo en crisis su relación con la democracia. El capitalismo actual no es que sea injusto, sostiene Alemán en la entrevista de referencia, ya nadie cree que la vida sea sostenible y el futuro no es un enigma. “La vida del ser humano ya no puede ser sostenida en los términos de la economía del mercado”. Lo viene subrayando el Papa Francisco cuando denuncia el poder de destrucción de la entronización del Dinero y lo denuncia su réplica laica, el ex presidente, Pepe Mujica.
La gobernabilidad desde esta perspectiva, se entiende, para el sociólogo Antonio Camou, como un “estado de equilibrio dinámico entre el nivel de las demandas societales y la capacidad del sistema político (estado/gobierno) para responderlas de manera legítima y eficaz”. Vive, entonces, en estado de alerta rojo. Pero Macri hasta diciembre de 2017 mantuvo la legitimidad de los votos y siempre el respaldo del poder fáctico. Este quiebre de la relación gobiernos y sus votantes, según Alemán está generando, incluso en Europa la crisis ya no de los gobiernos sino de los Estados que no pueden “seguir siendo un instrumento transformador”. La existencia de los Estados mismos es lo que está en duda en el Mundo. Y la reacción es la emergencia de los neofascismos. Entonces, era cuestión de tiempo. Cualquier modelo neoliberal, por un lado deslegitima al gobierno por su incapacidad de dar respuestas a las demandas sociales, pero fundamentalmente, y volviendo a citar a Alemán, los gobiernos neoliberales socavan sus propias bases, porque “es un fenómeno mundial que no dispone de principios civilizatorios y destruye al Estado como herramienta de transformación”.
Pero además de esta la acción medida en la eficacia para responder a las demandas, la gobernabilidad tiene que ver también en el “cómo”. Cómo se gobierna, prestando atención a la estabilidad política.
La gobernabilidad, así, implica la conformación de una matriz institucional que expresa la estabilidad o equilibrio del sistema sociopolítico y que cuando es incapaz de procesar el conflicto entre actores ingresa en una situación de crisis.
Esta dimensión de la gobernabilidad, sostenida por la “burocracia” sindical, los “piqueteros” de las organizaciones sociales y los gobernadores “feudales”, es la que sostuvo “la vía argentina contra el neoliberalismo”. Diríamos que forzó a Macri a mantenerse en el sistema y el camino iniciado el 30 de octubre de 1983 por el pueblo argentino. Se definió la vía argentina, que es un avance que tiene también retrocesos. Raúl Alfonsín enjuició a las juntas de los militares responsables del terrorismo de Estado. Aunque después cedió ante la rebelión carapintada volvió marcar el camino cuando pronunció la frase célebre “la casa está en orden…no hay sangre en la Argentina.
La gobernabilidad allanó el camino a las elecciones del domingo 27.