El chico de la zurda inmoral, el que nos emocionó; el que nunca dejó el potrero; el rebelde; el que no lograron domesticar ni callar, se convirtió en el Diego Eterno, el que “sembró alegría en el pueblo; el que regó de gloria este suelo”.

Es demasiado complicado escribir sobre Maradona sin caer en lugares comunes o, peor todavía, en frases hechas o consignas vacías.
En medio de esta página en blanco, que todavía perdura, surge la opinión de un colega, que desde sus redes dispara e interpela: “Lo que admiré de la vida pública de este maravilloso futbolista fueron dos aspectos relacionados. – Su invariable apego a lo popular. – Su vocación por las causas inconvenientes. El poder real le ofreció todo. Diego eligió, siempre, otros abrazos”.
Diego es pueblo porque vino de ahí y a pesar de alcanzar la gloria –deportiva, popular, económica- se quedó en el pueblo sin claudicar, a pesar de tanto esfuerzo por convertirlo en lo que no era.
Aparecen hoy, cuando dicen que murió, miles de testimonios que dan fe y dan cuenta de sus actos solidarios a favor de los más necesitados. Actos silenciosos, discretos, respetuosos, sin cámaras, sin autobombo; sin rimbombantes Fundaciones. Así, a pura entrega.
En esta búsqueda del homenaje al Diego de la gente, los que admiramos al hombre con toda su dimensión, no podemos llevar a palabras el sentimiento. Es que es un poquito el ídolo, el hermano, el mejor amigo… la vieja; es un poco la pasión y la sinrazón; la alegría y llanto; la bandera, la Patria. Somos un poquito él, algunos en el fútbol, otros en la política y muchos en la vida misma.
Dicen por las redes que el Diego eterno estuvo siempre del lado correcto pero no del pico para afuera, sino que se las jugó: le dijo asesino a Bush; les dijo ladrones a los de la FIFA; trató de incoherentes a Japón. Fue amigo de Fidel, de Chávez, de Evo, de Lula; de Néstor, de Cristina; de Alberto; acompañó a cada deportista argentino que llevó la bandera afuera del país y era fanático, también, de los Pumas del rugby que no pudieron o no quisieron rendirle homenaje. Merecido homenaje. Agradecido homenaje.
El Diego eterno reconoció siempre a sus amigos de la infancia, Goyito Carrizo y Montañita, amigos de Villa Fiorito y a los chicos de Argentino Junior, sus amigos, los que lograron que fuera la única época en su vida de futbolista que quería ir a concentrar, porque hizo una amistad muy grande con esos pibes a quienes calificó siempre de excepcionales.
Con Rodrigo, con Kusturica; con las Ferraris y con el camión Scania con el que iba a entrenar, con el mechón amarillo para protestar porque los jugadores no podían tener el pelo largo en la selección; con el beso en la boca a Cannigia porque los homosexuales no podían ser parte de la selección; con el Papa Francisco o con el Presidente Putin; con sus errores y con sus millones de aciertos, Diego siempre fue Diego, el ídolo mundial que bailó con el poder sin dejarse tentar.
El miércoles 25, ante el impacto que todavía nos dura, la noticia emocionó a los presentadores que comunicaron la noticia: esas lágrimas y esas gargantas cerradas confirmaron lo que Martín Alé tradujo en palabras: Se fue el combustible de la infancia, adolescencia y juventud de varias generaciones. Diego Maradona atravesó la biografía de millones que hoy buscarán un video de sus gambetas para sentirse menos huérfanos. Aunque es difícil que una entrevista, una película, un libro, le haga justicia a su personaje y lo abarque en su complejidad ya que estamos hablando de un símbolo de la potencia de Evita.
El chico de la zurda inmoral, el que nos emocionó; el que nunca dejó el potrero; el rebelde; el que no lograron domesticar ni callar, se convirtió en el Diego Eterno, el que “sembró alegría en el pueblo; el que regó de gloria este suelo”.
“¡Te quiero Diego!”
¡Te queremos, Diego!