Para el Fondo Monetario Internacional (FMI), “las políticas en materia de género dan resultado. Promueven el empleo femenino”, postearon en el Día Internacional de la Mujer, con una imagen para el olvido (foto). “Nunca su interés fue mejorar la calidad de vida de las mujeres, sino conducirlas a ensanchar la oferta de mano de obra, disminuyendo así el costo general de salarios del sistema productivo”, reflexiona el autor.

Martes 9 de marzo de 2021 (Fausto Frank para kontrainfo). El FMI celebra el Día Internacional de la Mujer festejando que las “medidas de política destinadas a superar los retos en materia de género dan resultado”. A renglón seguido explicita cuál es ese resultado: “promueven el empleo femenino”. A su vez, la imagen que ilustra la sentencia deja más en claro el objetivo: una mujer que se divide entre criar a su hijo y producir para el sistema laboral. Lo festejado por las altas esferas del poder financiero no es obviamente que críe a su hijo, sino que sea un engranaje más del sistema de producción.
Se comprenden así los motivos de tantas entidades internacionales, desde fundaciones, como la Rockefeller, hasta el Banco Mundial, pasando por las Naciones Unidas, tan interesadas en financiar y promover la instalación de las llamadas “perspectivas de género” en todo el mundo, a través de las organizaciones pseudo-revolucionarias que las predican.
Nunca su interés fue mejorar la calidad de vida de las mujeres, sino conducirlas a ensanchar la oferta de mano de obra, disminuyendo así el costo general de salarios del sistema productivo: donde antes era explotado el hombre, a cambio de un salario para sostener a su familia, hoy son explotados tanto hombres como mujeres, a cambio de magros pagos que ya ni siquiera alcanzan para mantener a una familia con vida digna.
Junto a ello, también se logran otros objetivos considerados imperiosos por el sistema capitalista a lo largo de los últimos 50 años, como posponer la maternidad y bajar las tasas de natalidad, tema evidenciado hasta el hartazgo por los documentos desclasificados de Henry Kissinger, del Banco Mundial, del Club de Roma o del Population Council.
Si bien es cierto que el trabajo ha otorgado cierto grado de independencia económica a muchas mujeres, lo que redunda en necesarios márgenes de libertad frente a situaciones de injusticia, lo cierto es que nunca se reconoció económicamente el trabajo realizado dentro del hogar, algo que también habría otorgado libertad. Solo se sumó el trabajo en el sistema por fuera de este.
Por otro lado, el igualitarismo que hegemoniza estas prédicas pseudoemancipatorias, se obstina en negar las diferencias entre hombres y mujeres, disolviendo sexos y géneros bajo la excusa de un reduccionismo constructivista, como el desarrollado por teorías como las de Judith Butler, pretendiendo negar aún las propias diferencias estudiadas por las ciencias biológicas, neurológicas y psicológicas, siempre demonizadas por estas corrientes como “biologicistas”.
En donde hombres y mujeres pueden ser diferentes y complementarios, la Modernidad ve solo motivo de contradicción, un remedo a la lucha de clases, esta vez en una dialéctica de confrontación sexual, y encuentra la solución a la misma en una síntesis amorfa y deshumanizada de un pretendido no-binarismo.
Cuando sí se recupera la historia, como en el Día Internacional de la Mujer, se lo hace para cargar a la fecha de un carácter sufriente, el ser mujer entonces no puede ser algo a celebrar, sino a padecer como víctima del hombre. Quienes desde el posmodernismo niegan todo esencialismo, parecen erigir uno en su necesidad de azuzar contradicciones y desde ese lugar salir a aleccionar a aquellas mujeres que sí festejan el hecho de ser mujer y de ese modo se saludan en su día. El progresismo iluminado sale entonces, una vez más, con dedo en alto a blandir sus objeciones al común del pueblo: “El 8 de marzo no se celebra, se conmemora”.
La tan mentada “liberación” que propone el liberalismo, en sus distintas vertientes, economicistas de derecha y constructivistas/culturalistas de izquierda, no es más que la deconstrucción de lo humano, ahora reducido a su mero impulso biológico, el mero goce entronizado como medida de valor absoluta, uno de los pocos absolutos en un mundo de relativismos generalizados. El deseo individual de la persona humana, ya “emancipado” de su historia, sus tradiciones, sus creencias trascendentes, su identidad nacional, su sexo y finalmente: su propio cuerpo. El objetivo no es otro que preparar a las nuevas generaciones para aceptar, sin cuestionamientos, ni más dilaciones, el futuro posthumano que nos espera.