La propiedad privada es un derecho secundario afirmó Jorge Bergoglio ante la OIT.

Viernes 18 de junio de 2021 (Gabriel Fernández para Radiográfica). Sin tapujos, el Papa Francisco se zambulló en su salsa. Mediante conceptos que resuenan intensamente en los oídos argentinos y contienen valores que pueden extenderse –riesgosamente para algunos- sobre el conjunto de los pueblos, brindó sugerencias a los sindicatos, marcó responsabilidades dirigenciales, cuestionó el rol de tantos empresarios y puso de relieve la importancia de reorientar la economía mundial tomando en cuenta los intereses de los trabajadores.
A través de un video mensaje el Papa Francisco pidió a la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y a las autoridades relacionadas con estos temas, soluciones para salir de la actual crisis laboral “buscando el bien común” y priorizando “a los trabajadores que se encuentran en los márgenes del mundo del trabajo”. Vale prestar atención a las palabras que transcribimos, pues el lector hallará definiciones inequívocas, sin resquicios para interpretaciones aviesas.
Por caso, como realzamos en los títulos, el máximo referente católico apuntó que “ha llegado el momento de eliminar las desigualdades” y remarcó que “la propiedad privada es un derecho secundario” ante las necesidades sociales. El discurso papal resulta de matriz ostensible pero también contenedor de distintas situaciones que ha observado de modo directo en el orden planetario. Vamos hacia el interior del mismo porque no tiene desperdicio.

Problemas previos
Durante la persistente crisis, en la cual juega un rol decisivo la pandemia de Covid 19, el Pontífice advirtió que los trastornos generados “aún no se han manifestado, por lo tanto, se requerirán decisiones cuidadosas”. En ese sentido, el Papa argentino evaluó el impacto causado por la disminución de las horas de labor, un hecho que se ha traducido “tanto en pérdidas de empleo como en una reducción de la jornada laboral de los que conservan su trabajo”.
Bergoglio dijo que resulta preciso evitar los problemas que caracterizaron el panorama previo a la pandemia, como “el consumismo ciego y la negación de las claras evidencias que apuntan a la discriminación de nuestros hermanos y hermanas considerados «desechables» en nuestra sociedad”. Por eso, conminó a hacer frente a estos desafíos buscando soluciones que ayuden a construir una nueva realidad económica fundada en “condiciones laborales decentes y dignas, que provengan de una negociación colectiva, y que promuevan el bien común”.
Al valorar el papel que desempeñan la Organización Internacional del Trabajo y su Conferencia como promotores del diálogo exhortó a resolver el sombrío panorama de “los trabajadores poco cualificados, los jornaleros, los del sector informal, los trabajadores migrantes y refugiados, los que realizan lo que se suele denominar el trabajo de las tres dimensiones: peligroso, sucio y degradante”.
El Papa Francisco lamentó, en tal dirección, que “muchos migrantes y trabajadores vulnerables junto con sus familias, normalmente quedan excluidos del acceso a programas nacionales de promoción de la salud, prevención de enfermedades, tratamiento y atención, así como de los planes de protección financiera y de los servicios psicosociales”.
Señaló con severidad a gobernantes y empresas por la falta de medidas de protección social frente al impacto del Covid 19. Eso “ha provocado un aumento de la pobreza, el desempleo, el subempleo, el incremento de la informalidad del trabajo, el retraso en la incorporación de los jóvenes al mercado laboral, el aumento del trabajo infantil”, sumado a la “vulnerabilidad al tráfico de personas, la inseguridad alimentaria y una mayor exposición a la infección entre poblaciones como los enfermos y los ancianos”.
Al respecto, Francisco compartió algunas observaciones clave. Destacó que la misión esencial de la Iglesia es “apelar a todos a trabajar conjuntamente, con los gobiernos, las organizaciones multilaterales, la sociedad civil y también las organizaciones de carácter religioso, con el fin de cuidar el bien común y garantizar la participación de todos en este empeño”, sin dejar de lado a los más vulnerables “los jóvenes, los migrantes, las comunidades indígenas, los pobres”.
Luego -continuó el Papa- es esencial para la misión de la Iglesia garantizar que todos obtengan la protección que necesitan según sus vulnerabilidades: enfermedad, edad, discapacidades, desplazamiento, marginación o dependencia”.

Los sindicatos
Allí, el Santo Padre echó mano a una experiencia vital que los lectores de este Sur continental absorberán con nitidez: puntualizó que debe garantizarse la protección de los trabajadores mediante el respeto de sus derechos esenciales, incluido el derecho de la sindicalización: “Sindicarse es un derecho”, expresó.
“La actual pandemia nos ha recordado que no hay diferencias ni fronteras entre los que sufren. Todos somos frágiles y, al mismo tiempo, todos de gran valor. Ojalá nos estremezca profundamente lo que está ocurriendo a nuestro alrededor. Ha llegado el momento de eliminar las desigualdades, de curar la injusticia que está minando la salud de toda la familia humana”. Significativo.
Con el objetivo de promover esta acción común, para el Papa “es necesario entender correctamente el trabajo”, y en ese sentido propuso dos factores:
El primero nos llama a focalizar la atención necesaria en todas las formas de trabajo, incluyendo el empleo irregular: “El trabajo va más allá de lo que tradicionalmente se ha conocido como empleo formal, y el Programa de Trabajo Decente debe incluir todas las formas de trabajo”.
El segundo es recordar que el trabajo es una relación, por lo tanto tiene que incorporar la dimensión del cuidado, porque ninguna relación puede sobrevivir sin cuidado: “Un trabajo que no cuida, que destruye la creación, que pone en peligro la supervivencia de las generaciones futuras, no es respetuoso con la dignidad de los trabajadores y no puede considerarse decente”.
Con ese marco conceptual, el Santo Padre sacudió a los delegados de la 109° Conferencia Internacional del Trabajo para que respondan al desafío al que nos enfrentamos: “Su responsabilidad es grande, pero aún es más grande el bien que pueden lograr”.
También solicitó a los dirigentes políticos y a quienes trabajan en los gobiernos que se inspiren siempre en esa forma de amor que es la caridad política: “Un acto de caridad igualmente indispensable es el esfuerzo dirigido a organizar y estructurar la sociedad de modo que el prójimo no tenga que padecer la miseria”.
En su mensaje, el Papa advirtió a los empresarios a que su verdadera función es “producir riqueza al servicio de todos”. “La actividad empresarial es esencialmente una noble vocación orientada a producir riqueza y a mejorar el mundo para todos”, aseveró. Admitió que en muchos rubros, la pandemia originó pérdidas y cierres. En esos casos, puntuó, resulta razonable la ayuda estadual.

La propiedad

Entonces, fue a fondo. Señaló que al abordar el derecho de propiedad es preciso saber que “el derecho previo y precedente es la subordinación de toda propiedad privada al destino universal de los bienes de la tierra y, por tanto, el derecho de todos a su uso”. “La propiedad privada -reiteró- es un derecho secundario, que depende del derecho primario, que es la destinación universal de los bienes”, destacó, contundente.
Como si esto fuera poco, Bergoglio invitó a los sindicalistas y a los dirigentes de las asociaciones de trabajadores a que se enfoquen en las situaciones concretas de los barrios y de las comunidades en las que actúan, haciendo frente a dos desafíos trascendentales:
El primer desafío es “la profecía, y está relacionada con la propia naturaleza de los sindicatos, su vocación más genuina. Los sindicatos son una expresión del perfil profético de la sociedad. Los sindicatos nacen y renacen cada vez que, como los profetas bíblicos, dan voz a los que no la tienen, denuncian, desnudan a los poderosos que pisotean los derechos de los trabajadores más vulnerables”.
El segundo desafío consiste en recordar que “Los profetas son centinelas que vigilan desde su puesto de observación. También los sindicatos deben vigilar los muros de la ciudad del trabajo, como un guardia que vigila y protege a los que están dentro de la ciudad del trabajo, pero que también vigila y protege a los que están fuera de los muros”.
Finalmente, el Papa aseguró a la Organización Internacional del Trabajo y a los participantes de su Conferencia Internacional del Trabajo que la Iglesia los apoya y camina a su lado: “La Iglesia pone a disposición sus recursos, empezando por sus recursos espirituales y su Doctrina Social. La pandemia nos ha enseñado que todos estamos en el mismo barco y que sólo juntos podremos salir de la crisis”.
Es preciso situar este potente mensaje al lado de las encíclicas Laudato Si y Fratelli Tutti, así como de sus homilías en Brasil (Hagan Lío) y en Bolivia (Tierra, Techo, Trabajo). Claro que hubo otros planteos significativos, pero allí pueden hallarse diseños a futuro de gran resonancia y al mismo tiempo, probable aplicación. Vale escuchar y comprender la búsqueda abierta por Bergoglio para toda la humanidad, aprovechando el rol extraordinario que le provee el poder emisor del Vaticano.