El esfuerzo de las naciones está puesto en alcanzar la inmunidad de grupo, de rebaño, lo que significa vacunar entre el 60 % y el 90 % de una población determinada. A pesar del frenético ritmo de vacunación mundial contra este mal, ese objetivo se enfrenta con el negacionismo antivacunas.

Miércoles 21 de julio de 2021. Detener la propagación del coronavirus exige no solo la aplicación masiva y global de vacunas, sino también de una potente contraofensiva contra los movimientos antivacuna.
Sí, hay personas que se oponen a las vacunas, con una particularidad que asombra: en su gran mayoría, los negacionistas de las vacunas son casi, casi, los mismos que los que dicen que la tierra es plana. Los antivacunas y los terraplanistas, en esta, están juntos.
La trama antivacunas se disparó en 1998, cuando un estudio publicado en la revista científica The Lancet vinculó las vacunas con el autismo. El artículo fue retirado por falta de rigor científico, pero el daño ya estaba hecho.
Ahora, ante el coronavirus, el esfuerzo de las naciones está puesto en alcanzar la inmunidad de grupo, de rebaño, lo que significa vacunar entre el 60 % y el 90 % de una población determinada. A pesar del frenético ritmo de vacunación mundial contra este mal, ese objetivo se enfrenta con el negacionismo antivacunas presente también en todo el mundo.
Estados Unidos alberga los grupos antivacunas más grandes y mejor organizados del mundo sobre el falso concepto de “libertad sanitaria” pero la tendencia se advierte en todo el planeta, bajo tres factores sinérgicos que reúne a los antivacunas.
El primero es el uso de las redes sociales, donde un estudio de Londres (del Center for Countering Digital Hate (CCDH) advierte que doce movimientos antivacunas tienen 58 millones de seguidores. Y que representan para las redes sociales un negocio muy fuerte, ya que las publicidades pagas destinadas a madres jóvenes a las que buscan como activistas, representan cerca de mil millones de dólares al año en publicidad y otros ingresos procedentes de esta “industria” de la falsedad.
El segundo factor es el brazo político y procede de la extrema derecha, los mismos que en las últimas elecciones presidenciales de los Estados Unidos difundieron información falsa sobre los comicios de ese país y ahora hacen lo mismo con las vacunas. Y se agrega a esta carrera, dicen los investigadores, la propia Rusia que ataca a las vacunas norteamericanas. Desacreditan esas para posicionar las propias.
El tercer factor que impulsa el éxito de estos movimientos es el agresivo proselitismo dirigido a grupos susceptibles como los emigrantes o las minorías étnicas.
En el universo de los antivacunas hay tres grupos: los que dudan; los que se resisten y los que rechazan las vacunas.
Los dos primeros pueden cambiar de opinión cuando se informan. Los negacionistas se niegan a considerar información sobre la vacuna, defienden premisas falsas de conspiraciones sin base y prefieren prácticas médicas alternativas.
No se vacunarán. Para ellos, la información científica carece de valor frente a la que aportan teorías conspiranoicas basadas en una oculta fuente de conocimiento pero que saben, dicen ellos, que los dueños del mundo van a reprogramar la mente de los ciudadanos para convertirnos en “conejitos de indias” de un experimento manipulador a escala mundial, cuando en realidad sus líderes –los de los antivacunas- amasan millones vendiendo pseudomedicamentos, libros o logran puesto político mientras sus seguidores dejan la vida frente a los virus.
Ahora, cuando la anticiencia se está acercando a niveles de amenazas globales similares al terrorismo, la seguridad cibernética y el armamento nuclear, parece que llegó el momento de que también la Organización de las Naciones Unidad entre en escena para evaluar el impacto total de la agresión contra las vacunas y proponga medidas duras y equilibradas, porque cada vez es más evidente que avanzar en la inmunización global va a requerir, también, de una contraofensiva global.