El adversario no fue Alemania, que sólo pasó a representar al poderoso. Y Paraguay dejó de ser solamente Paraguay. Se convirtió, por una noche, en cualquiera de nosotros. «Paraguay somos todos», sentí.

Martes 30 de junio de 2026 (Raúl Puentes – Misiones Plural). Propongo una pregunta sobre identidad colectiva. Sobre memoria. Sobre la forma en que los pueblos proyectan, durante noventa minutos, conflictos que exceden completamente al deporte.
¿Los argentinos celebramos masivamente la victoria paraguaya o la eliminación de Alemania?
Sí, ambos. Hubo un fenómeno evidente en redes sociales, en medios y en conversaciones cotidianas en la Argentina que celebró como propio el triunfo de la selección masculina del fútbol paraguayo por sobre el seleccionado alemán. En las calles, en los hogares, en las oficinas de trabajo, en los bares, en los gimnasios y hasta arriba de un avión. Argentinos festejando, al borde la emoción, por la victoria paraguaya.
Veamos: ¿todos lo hicieron por las mismas razones? Seguramente que no. Hay acá un fenómeno que no tiene una sola respuesta. Me parece que detrás de esa alegría conviven varias capas históricas. Pero nuestras, profundamente nuestras.
La primera de esas capas es identitaria, de pertenencia: es una razón latinoamericana.
Europa conquistó América durante siglos. Organizó sus economías, extrajo recursos, definió jerarquías raciales, escribió buena parte de la historia oficial del continente y durante mucho tiempo impuso la idea de que el progreso siempre venía del Norte. O de ellos.
Aunque el fútbol nació mucho después, el inconsciente colectivo conserva esa estructura. En realidad, ahora sabemos que el fútbol nació acá, con los guaraníes, y que los ingleses lo reglamentaron, siglos después. Y se lo apropiaron, también.
PEro vamos a lo nuestro: cuando una selección pequeña derrota a una potencia europea, una parte del continente siente que, por un instante, el orden establecido se invierte.
No porque un gol cambie la historia. Sino porque la imaginación colectiva disfruta viendo caer al poderoso. Es un mecanismo tan antiguo como los relatos bíblicos de David y Goliat.
Hay una segunda capa, específicamente argentina.
Argentina nunca fue una colonia alemana. Ni Alemania representa un enemigo histórico comparable a otros procesos europeos.
Pero sí existe una memoria nacional construida alrededor de una tensión permanente con las grandes potencias. La dependencia económica. Las crisis financieras. Las negociaciones con organismos internacionales.
La sensación recurrente —acertada o exagerada— de jugar siempre un partido con reglas diseñadas por otros.
En ese contexto, cualquier victoria del «débil» adquiere una resonancia simbólica.
El adversario deja de ser Alemania. Pasa a representar al poderoso. Y Paraguay deja de ser solamente Paraguay. Se convierte, por una noche, en cualquiera de nosotros. «Paraguay somos todos», sentí.
Hay una tercera dimensión. Quizás la más profunda. Los latinoamericanos admiramos el talento pero desconfiamos del privilegio. Nos conmueve más quien llega desde abajo. El niño que jugaba descalzo. La madre que hizo sacrificios. El barrio humilde. La cancha de tierra. El colectivo, el «bondi», antes que el automóvil.
No es casual que Alfaro hablara de la tierra colorada. No estaba describiendo un paisaje sino construyendo un relato frente a las academias alemanas; frente a la tecnología; frente a las estructuras profesionales. Frente al poder económico.
Y del otro lado aparecía la infancia. La familia. El sacrificio. La identidad. Así, cada uno en una dimensión amplia.
Eso conecta con una fibra emocional enorme en América Latina. No porque Europa no tenga sacrificio sino porque nosotros contamos nuestras historias desde la escasez.
También existe una dimensión política que rara vez se menciona. El fútbol es uno de los pocos escenarios donde el dinero no garantiza el resultado. Claro que ayuda, muchísimo, pero no alcanza.
En la cancha, durante dos horas puede ocurrir algo profundamente democrático. El presupuesto más bajo puede derrotar al más alto. La organización puede vencer al talento. La disciplina puede superar al prestigio. La historia puede inclinarse hacia quien parecía destinado a perder.
Eso genera una satisfacción casi moral. Como si, por un instante, el mundo funcionara como quisiéramos que funcionara.
Hay además un elemento regional. Argentina y Paraguay mantienen una relación singular.
No solamente por la frontera. Millones de familias mezclan ambos países. Hay apellidos compartidos. Migraciones. Lengua. Trabajo. Música. Comida. Historia.
Historia, sí. Historia.
La Guerra de la Triple Alianza dejó una herida enorme en Paraguay y también una marca incómoda en la memoria argentina. Aún así, décadas después llegaron migraciones paraguayas que transformaron barrios enteros del país y entonces el Paraguay dejó de ser «el vecino» y pasó a formar parte de la vida cotidiana argentina.
Cuando Paraguay gana, para muchos argentinos no gana un extranjero. Gana alguien de la familia ampliada.
Sin embargo, tampoco alcanza esa explicación. Porque si Paraguay hubiese eliminado a Bolivia, probablemente la reacción no habría sido la misma.
El protagonista oculto del relato no es Paraguay. Es Alemania, el gigante; la potencia; es el equipo asociado durante décadas a la eficacia casi industrial; al orden, a la disciplina, a la maquinaria.
Derrotar a Alemania nunca parece un resultado cualquiera. Parece haber vencido algo mucho más grande que once futbolistas.
¿Es una revancha histórica? No exactamente: las guerras o las desigualdades económicas no se reparan con penales. La historia no cambia porque una pelota entre o salga.
Pero los símbolos tienen una potencia extraordinaria. Los pueblos necesitan relatos donde el poderoso pierda alguna vez. Necesitan comprobar que el destino no siempre está escrito por quien tiene más recursos.
Por eso el fútbol emociona tanto. Porque permite representar, sin violencia real, conflictos que la sociedad carga desde hace siglos.
Todo viene bien en esta reflexión, pero aparece una paradoja fascinante: Argentina quiere ser campeona del mundo. Eso implica, eventualmente, eliminar a Paraguay. Y, sin embargo, miles de argentinos celebraron la clasificación paraguaya.
No, no hay contradicción, porque existen dos identidades funcionando al mismo tiempo: la nacional y la latinoamericana. Cuando juega Argentina, predomina la primera. Cuando un país latinoamericano enfrenta a una potencia europea, muchas veces emerge la segunda. No siempre. No en todos. Pero con una fuerza suficiente para transformar una victoria ajena en una alegría propia.
Quizás la frase de Alfaro resume algo mucho más profundo de lo que parece: «No renegamos de nuestros orígenes». Esa frase no habla solamente del seleccionado paraguayo. Alfaro habla de América Latina. De un continente que durante siglos escuchó que debía parecerse a otros para ser moderno, exitoso o desarrollado.
Cuando un equipo construido desde la austeridad elimina a una potencia mundial, millones de personas sienten que, al menos por una noche, los orígenes no fueron un obstáculo sino una fortaleza. Y acaso allí reside el verdadero secreto del fútbol. No ofrece justicia histórica. No corrige las asimetrías del mundo. No redistribuye riqueza. No borra derrotas nacionales.
Durante noventa minutos —o ciento veinte, como esta vez—, les concede a los pueblos una experiencia infrecuente: la posibilidad de imaginar que la historia también puede escribirse desde abajo.
Tal vez por eso, cuando Paraguay eliminó a Alemania, una parte de la alegría que recorrió la Argentina no celebró solamente un resultado deportivo sino la vieja esperanza latinoamericana: que los gigantes también caen. Y que, cuando eso ocurre, los pequeños descubren que no estaban condenados únicamente a resistir. También podían vencer.
También podemos vencer.