La reacción de miles de argentinos tras la final del Mundial abrió un debate que excede al fútbol. Esta reflexión del licenciado en Comunicación Social, Jorge Víctor Ríos analiza cómo las acusaciones de racismo que circularon durante el torneo despertaron una respuesta de orgullo nacional, qué argumentos se utilizaron para defender al país y por qué muchos de ellos terminaron reproduciendo las mismas formas de discriminación que buscaban refutar. La conclusión propone otra lectura: convertir ese orgullo en una oportunidad para revisar las propias prácticas y no solo para responder a las críticas externas.

Por Jorge Víctor Ríos, licenciado en Comunicación Social

Máscaras de cartón en 1992, caras pintadas en 2026: qué contestamos cuando el mundo nos acusó, y qué faltó contestar.

Jueves 23 de julio de 2026. Un día helado de julio de 1992, unas trescientas personas marcharon de Plaza de Mayo al Congreso. Las máscaras de cartón que se repartieron esa tarde no eran por el clima: mostrarse costaba el trabajo, la familia, a veces la vida. Una maestra explicó que iba enmascarada porque el sistema consideraba que una lesbiana no podía educar. A cara descubierta marchaban solo los organizadores: Carlos Jáuregui, Ilse Fuskova, Rafael Freda. Treinta y cuatro julios después, bajo otra llovizna helada, miles de argentinos fuimos a Ezeiza con el rostro pintado de celeste y blanco a agradecerle a un equipo que acababa de perder una final. La marcha del orgullo de 1992 le hablaba a la sociedad argentina; ¿a quién le hablaba, realmente, la otra marcha del orgullo, la del lunes pasado?
Durante el Mundial circuló con insistencia una frase con peso histórico: «campaña antiargentina». Por ahora la vamos a usar entre comillas, porque funde tres cosas verdaderas y distintas.
La primera son hechos: hinchas argentinos insultaron a un streamer negro en dos partidos, con gestos de mono incluidos y un «a casa, a casa, negro, tomátela, maricón» registrado en video, y la FIFA abrió una investigación; el principal asesor presidencial recibió la eliminación de Brasil con un «qué piedra se volvió ser negro, es culpa de Hollywood», y el enjambre propio lo defendió como humor; los cantos de 2022 y 2024 contra jugadores franceses existieron, y hubo disculpas; tras la final, un actor tan célebre como Samuel L. Jackson difundió que la Argentina es uno de los países más racistas del mundo. Sin estos hechos, nada de lo que sigue habría prendido.
La segunda es la ola que creció sobre esos hechos. María de los Ángeles Lasa, politóloga argentina, midió 40.000 publicaciones de X durante el torneo y encontró cinco narrativas dominantes: la trampa y los árbitros comprados, el racismo como esencia nacional, Malvinas, los nazis refugiados como origen mítico del país y una nueva, «el Israel de América Latina». Solo la primera habla de la cancha; el fútbol, dice ella, fue apenas la excusa. Su conclusión llama a esa conversación hostil, persistente y organizada, aunque en sus datos no aparece el organizador, y el consultor digital Lucas Malaspina coincide: la operación, hasta el momento, no está comprobada de manera concluyente. Alcanza con que el algoritmo pague mejor el odio al campeón que cualquier otro contenido, ahora con traducción automática que vuelve global una burla que antes moría adentro de cada idioma; una campaña sin cuartel general, coordinada por incentivos y no por órdenes. Por qué tanta saña, Lasa admite no saberlo, aunque hay una pista: parte del progresismo global nos usa como símbolo en disputas ajenas, y de ahí el «Israel de América Latina». Ser convertido en bandera de peleas que no son las propias: otra experiencia que los subalternizados conocen de memoria.
Mucho de lo que esta ola arrojó fue simplemente injusto, porque esencializar una nacionalidad entera es la estructura misma de la xenofobia, la ejerza quien la ejerza. Nombrar esa desmesura no obliga a absolver el racismo argentino, del mismo modo que reconocer el racismo argentino no obliga a convalidar la desmesura. La cuestión de la representación quedará para otra columna, pero la imagen del «argentino» que el enjambre increpa es probablemente la del porteño, minoría sobrerrepresentada interpelada a su vez desde Ciudad de México o Madrid: capitales discutiendo con capitales en nombre de países enteros.
La tercera es el uso doméstico del sustantivo, que renacionaliza la crítica: herencia de 1978, cuando una dictadura inventó la fórmula para fundir denuncia con traición. Hoy no requiere junta militar porque se opera desde cualquier teléfono.
A diferencia de Qatar, esta vez en el festejo no hubo copa pero sí miles bajo la lluvia esperando a un subcampeón, un «gracias» de ciento cincuenta metros pintado sobre el pasto de Ezeiza, hinchas jurando ante las cámaras que van a estar aunque llueva o pierdan. Un festejo sin título festeja la pertenencia misma; eso es lo que hace una marcha. Pero al subcampeón de 2014 también lo recibió una multitud, así que el rito solo no prueba nada. El índice real está en los teléfonos. Los carruseles, las historias y los memes de estas semanas no solo celebraban: muchos contestaban.
Si algo de lo que pasó en las calles tuvo un componente de respuesta a los ataques (y mucho de lo que circuló en nuestras pantallas lo tuvo, sin duda y no siempre para bien), el que nunca fue «el otro» de nadie (o al menos, nunca se percibió como tal) acaba de vivir lo más cercano, apenas comparable, a lo que otras personas, como las LGBTIQ+, viven a diario.
Miremos qué contestamos. «Fuimos de los primeros en abolir la esclavitud»: ni siquiera es exacto. La Asamblea del año XIII votó una libertad de vientres gradualista, Haití había abolido de un solo acto en 1804, y acá hubo esclavizados legales hasta la Constitución. Pero el problema no es la fecha. Esa frase es la primera oración de un relato cuya última oración conocemos de memoria, «por eso no hay negros»: la desaparición estadística y simbólica de los afroargentinos que los historiadores documentaron hace décadas. El relato es tan oficial que hasta un presidente de vocación progresista lo recitó en 2021, aquello de que los mexicanos vienen de los indios, los brasileños de la selva y nosotros de los barcos, y tuvo que disculparse.
«Tuvimos un INADI»: el pretérito confiesa solo. Se exhibe como credencial antirracista un organismo que el propio Estado disolvió con más festejos que resistencias en 2024, el mismo que documentó durante años, en sus mapas de la discriminación, exactamente aquello que el meme intenta negar.
Y hay una tercera respuesta que amerita la cita textual: «nos critican pero después vienen a estudiar a nuestras universidades y a atenderse en nuestros hospitales». La defensa contra la acusación de racismo ejecuta xenofobia adentro del alegato. Con puntería desplazada, además: los que acusaban eran un actor de Hollywood y un enjambre global de cuentas anónimas; el golpe aterriza en la estudiante boliviana y el paciente paraguayo, que no habían acusado nada, a lo sumo se habían subido a la ola. Herida desde arriba, respuesta hacia abajo. Y hay algo peor: el meme toma lo mejor que tenemos (la universidad y el hospital públicos y gratuitos) y lo convierte en frontera, cuando lo único que los vuelve motivo de orgullo es su universalidad.
Hubo otro reclamo en el corpus, más dolido que agresivo: la exigencia de solidaridad latinoamericana. ¿Cómo pueden ponerse del lado de Inglaterra (Inglaterra, con Malvinas en el medio) antes que del nuestro? El reproche resuena con algo conocido: es el que las luchas subalternizadas se hacen entre sí cuando la coalición no aparece, cuando cada grupo descubre que el de al lado no vino. Y la explicación también es conocida: la solidaridad horizontal se quiebra primero contra el hermano percibido como privilegiado (el gay cis blanco de la sigla conoce ese lugar), y la Argentina pasó un siglo cultivando esa percepción. Es difícil cobrar una solidaridad que nunca se depositó. Aunque el enjambre no fue monolítico: hubo influencers que incomodaron a sus propios compatriotas por la hipocresía del ataque y lo barato del estereotipo del argentino arrogante. Ese gesto importa porque es el único imitable del episodio: mirar a los propios.
Y sin embargo, del continente al cuerpo, algo pasó este mes que no conviene desperdiciar. Contestá rápido: ¿alguna vez dijiste «soy uruguayo» o «soy paraguayo» en el exterior por temor al rechazo o a la agresión? Ese gesto tiene nombre técnico. Goffman lo llamó administrar un estigma: decidir cuándo pasás desapercibido y cuándo no, y cargar la pequeña traición de cada vez que pasás. Todo esto le suena más que familiar a una persona LGBTIQ+, que tiene que desarrollar técnicas de camuflaje para sobrevivir, sacrificando la fidelidad a sí misma, o a una persona racializada cuando ve que las representaciones públicas reflejan a todos menos a ella.
¿Y la bandera del balcón, la cara pintada bajo la lluvia? Mostrarse como acto y no como inercia: visibilidad desafiante, la operación que otros inventaron antes. Días atrás la bandera era otra en esta misma columna (la de Malvinas en las tribunas) y el problema era conquistar la mirada del mundo: «ahora que sí nos ven», se tituló aquella entrega, prestándose una consigna del feminismo, como esta se presta una del orgullo. La lección de este mes completa la serie: que te vean no decide cómo te ven. Quienes inventaron la visibilidad desafiante lo saben desde la primera máscara, porque salir del clóset es también entrar en el estereotipo, y la disputa continúa adentro de la mirada. Pero es una batalla que simplemente hay que dar, y por eso los noviembres vamos a seguir viendo banderas multicolor.
Lo anterior se apaga con el teléfono y se apagará con el ciclo de noticias; un cuerpo no se desloguea. Nadie perdió el trabajo, la casa ni la vida por ser argentino este mes; a lo sumo se tuvo que bancar agresiones verbales y algunas no verbales. Pero, hasta donde sabemos, ninguna policía, ninguna iglesia, ningún consultorio se organizó contra la argentinidad. Si esto, un mes de memes siendo subcampeones del mundo, es lo más cerca que estuviste de esa experiencia, esa distancia es la medida exacta de tu privilegio. Comparar ya es igualar, dirá alguien, y tendrá razón si la analogía se usa para sentirse víctima. Por eso importa la dirección en que corre: no estuviste en el lugar del subalterno; probaste, durante algunas semanas, el retrogusto de un mecanismo que esta sociedad opera todos los días, cada vez que alguien dice «puto». Si reconociste el sabor tan rápido es porque la receta es casera. En la medición de Lasa había hasta un tópico menor burlándose del hambre, «Hambrientina»: el país entero tratado como nosotros tratamos al villero.
El orgullo de Jáuregui respondía a una vergüenza que nunca estuvo justificada: ser puto, ser torta, ser travesti no es una falta que haya que asumir. El nuestro responde a una acusación con núcleo verdadero. Por eso hubo más de un orgullo en estas semanas. El de los memes decía «no somos eso», y ya vimos cómo termina, cometiendo en el alegato lo que niega en el mundo. El de Ezeiza bajo la lluvia decía «somos esto»: necesario y mudo, porque afirma la pertenencia sin decidir su contenido. Y hubo un tercero, más raro, que decía «vamos a transformar esto»: el único que, herido desde arriba, se negó a responder hacia abajo, y el único que merece la palabra política del título. No fue un ideal de escritorio; tuvo ensayos: el funcionario de Deportes despedido en 2024 por sugerir que los cantos merecían disculpas, los influencers que incomodaron a los propios y se bancaron el hate. Por eso el nuestro no puede ser un orgullo de inocencia; solo puede ser un orgullo que debe, uno que afirma la pertenencia mientras rinde las cuentas pendientes.
Analizar a los acusadores es legítimo: quién habla, desde dónde, con qué categorías importadas que localizan mal un racismo criollo que, como enseña Rita Segato, tiene gramática propia. Acá el racismo habla en clasista («cabecita negra», «negro villero», un «negro» que se les dice a personas que ningún censo llamaría afrodescendientes): racialización de la pobreza, segregación negada. La del «acá no hay negros» y la de la fila de la guardia son dialectos de la misma lengua. Ezequiel Adamovsky acaba de reponerlo en plena tormenta: el racismo argentino existe y se mide en lo que padece un cuerpo, antes que en la foto de un plantel. Absolverse con los pecados del acusador es otra cosa.
El mundo nos prestó durante un mes los anteojos del subalterno, en dosis homeopática. Ahora que sabemos cómo pica una gota, imaginemos el mar. Devolver los anteojos sin haber mirado (hacia adentro) sería el verdadero desperdicio. De aquella generación del 92 quedó una enseñanza que hoy suena a programa: donde se educa para la vergüenza (o se opera para el estigma), el orgullo es una respuesta política. Si vamos a tomarla prestada, devolvámosla con intereses. El orgullo argentino se volverá político el día que alcance también, sobre todo, a quienes el meme corre de la fila y a quienes todavía necesitan máscara.
Ese día, el rostro pintado de Ezeiza y la máscara de cartón del 92 van a poder mirarse de frente.