Axel Kicillof emerge como el principal desafío político al liderazgo de Cristina Kirchner, cuya centralidad, según el autor de este artículo de opinión, se sostiene más en la excepcionalidad judicial que en la disputa interna del peronismo.
Por Gustavo Matias Terzaga
Viernes 25 de septiembre de 2026. Pura demagogia; es al vesre. El dispositivo político que rodea a Cristina hoy x hoy funciona mejor en clave de conflicto y excepcionalidad, más que en condiciones de normalidad política y amplitud. En el marco de una lógica política donde la fractura social ha devenido en identidad política de los extremos y fidelización interna; la situación de proscripción y persecución judicial refuerza su centralidad, ordena la tropa, pone la consigna en la mano, elimina la discusión interna y desplaza cualquier debate estratégico hacia un eje moral lateral y binario de defensa o traición. Si bien hay millones que la aman, a Cristina ya no le interesa el desarrollo de la política de representación popular, ni mucho menos un proyecto nacional y federal. No lo tiene.
En este contexto, su liderazgo aparenta fortalecerse al volverse moralmente incuestionable, cuando en los hechos ya ha dejado de serlo hace rato. En cambio, en un escenario sin esa presión, previo a la confirmación de su condena—con Cristina plenamente habilitada y su espacio obligado a disputar poder en términos estrictamente políticos— reaparecen las preguntas incómodas como el balance económico de su gestión (2011/2015), el impuesto a las ganancias, quebrar con el Movimiento Obrero, subir a Macri al cuadrilátero, el boicot a Scioli, explicar la herencia fallida del gobierno kirchnerista de los Fernández, los resultados electorales y las estrategias bajo su comando, las trabas a la renovación de liderazgos, el dedo, el haber perdido en PBA con un energúmeno de apellido Bullrich, la calidad de sus candidatos, o porqué no fue ella como primera candidata, etc. Es decir, vuelve la política en su sentido más exigente. Y ahí, la centralidad ya no está garantizada por la excepcionalidad, sino que debe revalidarse en la crítica, el diagnóstico y la competencia. En ese plano, hoy por hoy, Kicillof saca evidentes ventajas. Decimos con esto, la propia Cristina banaliza su proscripción, y no nosotros, porque el verdadero problema de Cristina no es judicial sino político, y se llama Kicillof.
A río revuelto, ganancia de pescadores. Dicho en términos más duros; la excepcionalidad y la fragmentación la protegen; la normalidad política y la unidad la exponen. Así, la proscripción de Cristina no sólo constituye un infame ataque judicial y político impulsado por sectores oligárquicos. En un plano más profundo, produce además un efecto de congelamiento del tiempo político del propio campo nacional y popular que Cristina bien sabe capitalizar, porque interrumpe el desarrollo de la experiencia política del peronismo y de amplias franjas del pueblo argentino, forzando una regresión al cierre del ciclo kirchnerista en 2015, con todas sus contradicciones aún sin resolver y con su sistema de representaciones todavía sin actualizar. Bajo la lógica de su infalibilidad, esa es la intención.
En lugar de avanzar en una discusión profunda sobre estrategias de unidad, de fortalecimiento de nuevos liderazgos, de reconstrucción del tejido organizativo, de apertura democrática interna, de recuperación de la calle política y de nuevos horizontes de sentido para las mayorías, Cristina impone y nos lleva una y otra vez a un escenario de resistencia identitaria, a una lógica de repliegue, señalamiento y división. Así, se interrumpe la posibilidad de una síntesis superadora y de una maduración política que permita ensayar nuevas formas de representación popular, surgidas no de la negación del pasado reciente sino de su asimilación crítica pero superadora. Así es la lógica del poder a esas escalas.
Cristina presa y proscripta no es, en última instancia, un hecho penal o político aislado, sino la consecuencia histórica de haber sobreestimado el alcance transformador de un ciclo que, como venimos diciendo, no logró alterar de fondo las estructuras del poder antinacional. Entonces, si aquella etapa relativamente virtuosa no logró debilitar las bases materiales del poder antinacional, no se advierte qué sentido estratégico tiene insistir en su perpetuación.
Por eso la resistencia es tan intensa. No se trata de diferencias tácticas, sino de una decisión política; preservar el control antes que habilitar un recambio que, aunque necesario para el conjunto, implica resignar centralidad. Lastimosamente, Cristina no asumió ni una cuota de responsabilidad política ni un mínimo de generosidad histórica para corregir el rumbo de un daño que arrastra desde 2015. Si esa lógica persiste, como sucede, el tiempo hará lo suyo sin contemplaciones y terminará erosionando su propio lugar en la historia.
En ese cuadro, y más allá de simpatías o diferencias, Axel Kicillof aparece hoy como la única referencia con base, construcción, gestión y proyección suficiente para ordenar una alternativa competitiva de cara a 2027, capaz de frenar la continuidad del experimento liberal más extremo y, eventualmente, superarlo con un programa de gobierno. Esperemos que no llegue de rodillas.

