La ruptura de Mario Pegoraro con el bloque de la UCR esta semana, desnuda la profunda crisis de significación del partido. Los directivos que manejan el aparato partidario se mueven en función de cargos y no les tiembla el pulso para dilapidar el capital simbólico que distinguía a los radicales de otros partidos. El doble discurso y comportamiento dual queda en evidencia en la “suspensión” de Pegoraro por jugar con Macri cuando a Losada y Escalada los habían expulsado por oponerse a la alianza con Macri.

Posadas (Viernes, 20 de septiembre) Para entender las razones por las cuáles Mario Pegoraro armó un bloque propio en la Cámara de Representantes de la Provincia es necesario hacer un poco de historia reciente. Pegoraro demostró valentía cívica el año pasado cuando aceptó integrar la fórmula de candidatos de la alianza Cambiemos. Como muchos afiliados, interpretaba que era el mandato de la Convención de Gualeguaychú. A pesar de que todas las encuestas daban por lejos ganador al Frente Renovador, no dudó en sumarse y poner el cuerpo al desafío. La movida era empujar diputados y consagrar a Humberto Schiavoni al Congreso para que ocupe la presidencia de la Cámara de Diputados. De una familia con reconocida tradición radical, Pegoraro, que no tiene el tono discursivo que es un valor en sí mismo en la lógica de las asambleas del ucerreísmo, tuvo sin embargo más lucidez que sus correligionarios. Gualeguaychú puso a la UCR en una encrucijada de caminos que parecen no tener salida. La alianza con Macri los ata inevitablemente a la suerte de su gobierno, pero con un dilema paradojal. Si Macri tiene éxito, la UCR se convertirá en un apéndice del PRO. Si Macri fracasa, la UCR se verá condenada como el partido maldito que no sabe gobernar. Así y todo, los directivos de la UCR local festejaron y tiraron cohetes de felicidad.
Pero apenas semanas después, sorpresivamente los dueños del aparato que maneja el comité decidieron romper la alianza y presentar lista propia en los comicios provinciales. Que no era una cuestión de principios quedó claro cuando llegaron al Poder Judicial para colgarse de la boleta de Macri. No le hacían asco a cuestiones doctrinarias. Era una mera especulación por los cargos. Hernán Damiani estaba convencido de que ganaba una banca en el Congreso. No hizo más que perjudicar las chances del PRO y se convirtió en el responsable directo de que la Renovación haya consagrado los cuatro diputados nacionales que renovaba Misiones. Los cómplices de la movida, González, Pastori, Bordón y los tres ángeles del Concejo, no se dieron por aludidos. Son hoy los principales demandantes de cargos nacionales en los organismos que tienen delegaciones en la provincia. Damiani por ejemplo es un ñoqui VIP en la delegación de esa entelequia denominada Plan Belgrano.
Pero lo más insólito es que los directivos de la UCR, después del fracaso electoral responsabilizaron de la derrota a Pegoraro. Es conocida la capacidad oratoria de los abogados ucerreístas para convertir verdades a medias en grandes mentiras. Todavía parece de antología la sanción por el comportamiento ético del único dirigente que acató la línea bajada en Gualeguaychú y que jugó en un lugar donde sabía que iba a perder. No les tembló la verba para “suspenderlo” en el ejercicio de su radicalismo. No casualmente hasta después de cerrar las listas del año que viene. Cae de maduro que temen ocupe uno de los lugares que se tienen reservados.
Hugo Escalada, en la sesión de anoche en el parlamento, cuando se conoció la decisión de armar un bloque propio, se solidarizó con Pegoraro y marcó con ironía la coherencia de los directivos de la UCR. “A nosotros (Escalada y María Losada) nos expulsaron por oponernos a la alianza con Macri, a vos te expulsan por aliarte a Macri”. Pero más allá de las chicanas, estas actitudes de los directivos de la UCR que han convertido el partido en un grupo de presión y agencia de colocaciones, han dilapidado el capital simbólico de la UCR. Nacido en las tradiciones morales y de tolerancia cívica del krausismo que referenciaba la toma de decisiones en Yrigoyen y en Illia, el radicalismo en la Argentina remitía a las garantías democráticas. La consagración de Raúl Alfonsín en 1983 se debió en parte a esta herencia. La UCR era la contracara de la violencia de la dictadura, de la burocracia sindical y de la utopía armada de los 70. UCR era sinónimo del derecho en democracia.
Los atropellos que se vienen perpetrando en el partido desde hace más de veinte años cuando se apelaba al fraude patriótico para bloquear el ascenso de Tulo Llamosas, y las eternas judicializaciones de las elecciones internas donde siempre se denuncian volcadas de padrones, las expulsiones por pensar distinto de dos diputados y hoy la soledad de Pegoraro, la falta de solidaridad interna con el diputado que se bancó casi un año los destratos y ninguneos de sus pares, constituyen una larga lista de ejemplos de la sangría que sufre la UCR. Pueden ganar cargos a costa de dilapidar ese capital simbólico que recibieron como herencia de hombres como don Mario Losada, pero como esos hijos pródigos, están despilfarrando sin justificación el patrimonio, que insistimos es simbólico y por eso casi imposible de reparar.

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