La peña del título no existe, al menos no de manera formal. Pero la hemos vivido. La música convoca y diluye las fronteras. Dispara sentimientos y emociones y se funde en cualquier voz y en cualquier guitarra para afianzar los lazos, el arte y la hermandad de los pueblos. La peña espontánea de la primera noche del campus de guitarra, en el marco del décimo Festival Internacional de Cuerdas, disparó la magia de la que ya nadie se quiso bajar. Después vendrían los conciertos y las otras actividades, exitosas todas.

Por Raúl Puentes.

Hohenau (Itapúa, Paraguay). Un rato después del amanecer, el canto de los pájaros comenzó a mezclarse con el de las guitarras. Punteos lentos y armoniosos que salen de las sombras de los árboles le ponen música a la tranquilidad imperante. Pocos pasos y casi ningún movimiento en el paisaje; todo es intensamente verde, floreciente. El olor característico de la naturaleza se acentúa con la brisa fresca que interrumpe a veces este intenso calor. Es pleno verano.
Febrero es el mes de las guitarras en esta pequeña localidad del interior de Paraguay, muy cerca del río Paraná, en un Parque donde todavía queda algo de verde en medio de tanta producción agrícola. La pequeña Hohenau, en el interior del departamento de Itapúa, recibe tímidamente a artistas internacionales que llegan esta vez para el décimo Festival Internacional de Cuerdas, una propuesta de alto nivel cultural y artístico que desarrolla a puro esfuerzo el también guitarrista Vito Kruger y que este año repite, por octava temporada, el Campus de guitarra que se desarrolla en forma paralela al Festival.
El escenario para las clases es uno de los mejores que se pueda imaginar. El inmenso verde se interrumpe sólo con las edificaciones cubiertas con piedra laja, la misma con la que construyeron las reducciones Jesuítico Guaraní en los 30 pueblos de la región y que acá, como valor agregado, la obtienen de una cantera propia. En medio de este verde brotan nuevos artistas, mezclados con los maestros encargados de difundir los secretos de las cuerdas y arrancarles la timidez para que puedan echar a volar. Suenan, dispersos por el Parque Manantial y desde adentro de las sombras de los árboles, decenas de guitarras en manos de jóvenes curiosos, inquietos y sobre todo, talentosos.
Con este marco, hasta la crónica de este encuentro es particular, sonorizada suavemente con los clásicos de los compositores universales y, por supuesto, de los enormes artistas que salieron de esta región para reafirmar aquello de que la música no reconoce fronteras.
Acá todo sensibiliza, lo que se convierte en una trampa para escribir.

Anoche

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No importó el cansancio de una jornada agitada o de las horas de marcha para llegar. La primera noche, después de la cena y del encuentro de amigos –para muchos, grato reencuentro- bastó el sonido de una guitarra perdida en algún rincón para que un montón de caras sonrientes empiecen a sumarse, en silencio, con los ojos curiosos y el corazón inquieto de sonidos. Carraspea el jovencito un tango arrabalero y la peña de la amistad ya era incontenible.
Solo bastaron unos minutos para que ese rincón se vista de peña, espontánea, pero con la misma delicadeza que algún productor habría elegido las canciones. Dos tangos inquietaron la noche y como al pasar, un guitarrista llegó al fogón –sin fuego-, acompañando las canciones que sonaban. Salió de la misma oscuridad, con los ojos grandes y la sonrisa marcada. Es que llegaron sonrisas, guitarras y voces mientras la noche guaraní comenzó a regalar su encanto.
Pocas veces un silencio marca tanto respeto. Nadie interrumpió el sonido de las guitarras ni las voces que disparaban emociones, hasta que enseguida llegaron –como corresponde a un buen anfitrión- las guaranías en la dulce voz de Ceci, una gringa lugareña capaz de rescatar las mejores melodías de esta tierra romántica. El silencio de aprobación fue más fuerte. Los temas pedidos, un elogio a la cultura musical del Paraguay.
Algunos celulares encendidos, solo para hurgar en la red de redes las letras de estos clásicos que muchos no recuerdan completos, mientras esos dedos inquietos van rasgando esas canciones inconfundibles. Ni siquiera es medianoche pero el hechizo ya echó a andar.
Hay una brisa muy suave que trae el olor del monte cercano. Recién eran dos y si bien apenas pasaron unos minutos, hay cerca de 20 que empiezan a participar de la ronda latina y los clásicos de la música de nuestros países, después de ese exquisito compilado de bellas melodías en guaraní, trazados por este río Paraná, que corre acá cerca y que nos atraviesa a todos por igual, llevando y trayendo música.
Es evidente que algunos ya se habían acostado, pero aceptaron el reto del sonido y acá están. Se fueron ubicando en silencio donde había lugar, para escuchar, compartir, disfrutar. Me llama la atención este sinfín de aptitudes y de actitudes, que confirman que la música es una sola en las manos de este grupo de talentosos que no se achicaron y protagonizaron uno de los mejores espectáculos, como sólo los músicos gigantes lo pueden hacer.
Fue un discurso universal, clásico y popular, lleno de miradas y gestos para pasar la guitarra, la canción y el turno para tocar. El gesto que dispara el desafío, con la valentía de esperar no para ganar, sino para invitar a este duelo que incentiva a que la otra guitarra supere a la propuesta que acaba de finalizar, en un canto a la amistad propio de la música.
Hace un rato suenan voces y guitarras. La noche está fresca, en pleno verano. Me parece que la música abrió todas las puertas y hasta la noche misma se detuvo a escuchar.
Era sólo el primer día del Campus de Guitarra que tiene lugar como parte del décimo Festival Internacional de Cuerdas, que se desarrolló en Hohenau, Itapúa, Paraguay, del 23 al 26 de febrero de 2017.
Fue cuando la magia comenzó a rodar.

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