Como las Bronté, novelistas de la época victoriana; como Paul y Alexander Theroux; como en la película El ladrón de orquídeas (2002) como Lucía Pérez Campos, escritora posadeña, autora, entre otras producciones, del libro de poemas 24 perros, ópera prima de la editorial Raymond, y su hermano, Lucas Pérez Campos, dramaturgo, autor, entre otras, de la premiada obra de teatro La intensidad de la birra (que se volverá a presentar el sábado 22 de Julio a las 21hs en Sala Tempo) existen muchos ejemplos de hermanos que comparten el camino de las letras.

Numy Silva es una reconocida escritora del medio local ( su último libro se llama Crónica de un militante). Su hermano era el escritor Lincoln Silva nacido en Barrero Grande (hoy llamado Eusebio Ayala) Paraguay, en 1945 y fallecido en 2016, que vivió un largo exilio en Europa durante los años de la dictadura. En 2005 regresaba y le contaba al diario Abc: “Salí del país hará más o menos unos veintisiete años. Viví al comienzo en Argentina, donde publiqué mis novelas Rebelión después (1970) y General, General (1975). Después de esa experiencia, que fue agradable y al mismo tiempo un poco difícil, recorrí varios países de América, como México, Costa Rica, Panamá, y ejercí el periodismo en Argentina, al igual que aquí en Paraguay, porque siempre hemos tratado de combinar el ejercicio del periodismo con la literatura”. También relató que los motivos verdaderos que le impulsaron, y obligaron, a abandonar el país, fueron la imposibilidad de escribir, de desarrollar aquí los temas que a le gustaban. En su libro Rebelión después figura el tema de la tortura “que llegó aquí, en Paraguay, a paroxismos espantosos” opina, y agrega que en aquellos tiempos un libro como Rebelión le hubiera sido totalmente imposible escribir y luego publicar en un ambiente como el paraguayo, dominado por la dictadura de Stroessner. “Pensé que Buenos Aires era el lugar adecuado para esa experiencia, considerando también que el mundo editorial nuestro -creo que ahora se ha desarrollado mucho- en aquel entonces era muy pequeño, y la capital argentina me ofrecía más posibilidades de publicación.
Cuando comprobé que Buenos Aires, y la Argentina misma, era un lugar semejante al nuestro, decidí seguir mi exilio en otro lugar. Fue así como acepté una invitación de una universidad holandesa para quedarme a vivir allá con el estatus del exilio. Entonces, como escritor invitado. Diserté sobre la cultura de nuestro país y también sobre la realidad política. Pero lo que me resultó gratificante en Europa es haber podido participar de la incorporación, como docente, del guaraní al programa de estudios de la universidad de Leyden”.
“Yo creo que todavía tiene mucho sentido celebrar el triunfo de las corrientes democráticas y no olvidar que esas dictaduras duraron mucho tiempo. Sobre todo digamos la dictadura de Stroessner. Y ya que hablamos del tema, cuando me enteré de su caída, me pareció oportuno hacer una ligera revisión circunstancial de la dictadura del doctor Francia, porque si bien nadie puede cuestionar la importancia de Francia como dirigente revolucionario, personalmente pienso que la implantación de la dictadura perpetua no fue una decisión sobresaliente, sobre todo proviniendo de un líder que contaba con el respaldo mayoritario de un pueblo que veneraba nuestra independencia”.
Desde la prensa le preguntaron si existía algún paralelismo entre estas ideas suyas y las que expone Roa Bastos en Yo El Supremo, a lo que respondió que absolutamente nada. Muchos dicen que Lincoln Silva representa hasta la fecha la última expresión de la narrativa crítica del Paraguay iniciada hace un cuarto de siglo por Gabriel Casaccia y José María Rivarola Matto y seguida por Roa Bastos.
Benedicto Sanabria, héroe del libro General general, es ídolo de una tribu mítica de indios pocovíes que habita en el pueblo de Yaguarón. Un pueblo donde pasan cosas tan fantásticas como en el Macondo de García Márquez. En el Yaguarón de la realidad -porque un pueblo de este nombre existe- no hay indios pocovíes ni indios guaraníes ni indios de ninguna clase. Yaguarón es en el Paraguay un viejo pueblo famoso por su hermosísima iglesia colonial de estilo barroco, cuyo deslumbrante altar mayor es la admiración del turista. El protagonista, Benedicto Sanabria se llama General general, con doble alta jerarquía militar, por la admiración que suscitan sus grandes dotes de sabio, de taumaturgo, de filósofo, de redentor. A los indios pocovíes de Yaguarón, Sanabria les trasmitió, en guaraní, la Biblia, el Corán, el Talmud, y hasta las obras de Marx y Engels. El Manifiesto comunista causó un verdadero revuelo. A su última hija, que nació medio alelada, el cacique le puso el nombre de Plusvalía, por ser un castigo del cielo. Sanabria nacionalizó todas las teorías, todas las filosofías, y promulgó la idea de la superioridad nacional, por lo que muchos llegaron a creer que todo fue inventado por los paraguayos, desde la pelota de goma hasta la pólvora, el telescopio; en fin, la rueda, la matraca y los zapatos de tacos altos. “Después de todo, en el Paraguay no es difícil nacer loco. Desde el fin de la Guerra Grande, en un siglo de hambre y de verano, de explotación y catolicismo, que se haya afectado la cordura nacional en sus raíces, a nadie podría extrañarle” Y Agregó que el Paraguay llegaría a ser una potencia mundial el día que el petróleo fuese suplantado por la anilina. Sanabria se define como presocrático y esgrime este argumento: “En un continente en que todo el mundo está en la cárcel, nuestro futuro está en la presocracia; es decir, en el gobierno de los presos”.
General general, lleno de rupturas estilísticas, es una sátira bufonesca contra los políticos, contra los militares, contra los Estados Unidos, país que en sus dos novelas es blanco de múltiples ataques, y contra los revolucionarios paraguayos de muchos años a esta fecha.

 

 

 

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