Ayer, jueves, murió la monja Ivonne Pierrón. Las periodistas Patricia López Espínola y Liliana Díaz hicieron la primera nota de la monja Ivonne Pierrón viviendo en Misiones, hace varios años. Esta mujer que escapó de la dictadura “por milagro”, siguió su misión humanitaria en Pueblo Illia, en Dos de Mayo, donde dirigió un colegio secundario para los hijos de los productores. Ivonne, la monja francesa, falleció este 28 de septiembre en Misiones. Será sepultada en Pueblo Illia, donde eligió vivir sus últimos años. Fue compañera de las monjas francesas Alice Doumont y Leónie Duquet, desaparecidas durante la última dictadura cívico militar.

Por Patricia López Espínola y Liliana Díaz.

Radicada en Pueblo Illía, Dos de Mayo, se salvó milagrosamente de caer en manos de Alfredo Astiz, denominado “el ángel de la muerte”. “Astiz es un asesino, no era un capitancito más, sino un miembro de la CIA (Central de Inteligencia Americana). Yo miro siempre el futuro, pero no puedo olvidar lo que pasó con nuestros hermanos, con mis compañeras, una atrocidad que no se puede olvidar… Y veo que hay mucha debilidad en los políticos. Cuando una mano floja se perdona es porque hay complicidad o porque está fallando la Justicia. Esta búsqueda de desaparecidos en la Argentina es un dolor constante, porque para una madre es mucho más terrible tener un hijo desaparecido que muerto. ¿Dónde está? ¿Qué pasó? ése es el gran punto de interrogación que lastima el alma”, reflexionó.

DOS DE MAYO, Misiones. “No hay que callar la voz porque el silencio es la peor arma”, dice Ivonne, mientras hace memoria sobre de lo que pasó en la última dictadura y lo que sucede en estos días. “Es más fuerte el arma del enemigo para callar la verdad. Hay que fomentar estas charlas, que nuestra juventud sepa exactamente lo que pasó, pero en un contexto de reflexión desde el por qué pasó esto”, reflexionó.

Ante la importante participación e interés de los jóvenes por saber qué pasó en 1976 y en la dictadura, la monja señaló “ellos son los protagonistas y no nosotros los viejos. Tendremos que darle confianza a la juventud, apoyarlos, yo creo que es eso lo que tenemos que hacer”.

La religiosa también hizo una crítica con el papel de la Iglesia durante la última dictadura: “No hay que confundir lo que es la Iglesia con los hombres. Sabemos muy bien que hubo hombres de la Iglesia que estaban del lado del pueblo combativo que buscaba un país mejor, pero también hubo una parte de la Iglesia que se dejó llevar por las ambiciones. Creo que la Iglesia de ayer se dejaba llevar por el Gobierno y lo apoyaba; pero también había personas de Iglesia que cayeron, hombres, mujeres, catequistas y jóvenes que con su fe lucharon y dieron su vida por algo bueno”.

Más allá de todo lo que pasó, Ivonne, después de perder a sus amigas y compañeras, las hermanas Alice Doumond y Leonie Duquet, continúa la lucha por un país justo y donde reaviva esperanzas. “En este momento nuestro país parece estar resucitando. Pero el pueblo debe unirse para bien, tomar el compromiso real. Cada uno, en nuestros corazones debemos decir mañana quiero ser un buen argentino, porque o si no, nunca vamos a salvar al país”.

Vivir para contarlo

Monja

Ivonne Pierrón, la monja francesa que sobrevivió al genocidio de la dictadura militar, puede contar la historia: “Siempre hay alguien que sobrevive para hacerlo”.

Ivonne sobrevivió a sus compañeras Alice  y Leonie, secuestradas el 8 de diciembre de l977, sometidas a tormentos en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) y luego arrojadas al mar desde un helicóptero.

La responsabilidad de Alfredo Astiz, “El ángel de la muerte” en este caso es de público conocimiento.

Cuando le preguntamos a Ivonne ¿Cómo sobreviviste a la dictadura? Con la misma seguridad que habla de los años nefastos respondió “En toda lucha hay siempre un sobreviviente para contar la verdadera historia. Por eso estoy tranquila, y ya tengo un terrenito para mi tumba en Pueblo Illia. Me salvé porque yo no era tan santa como mis compañeras”.

Ivonne está viva y transmite su experiencia en primera persona, a los jóvenes del Bachillerato que creó para los hijos de los colonos en su Pueblo Illia, donde vive. Humilde y llena de vida, de contextura pequeña, pero gigante de alma, Ivonne transmite una dulzura tan grande y un fuerte respeto que su presencia no pasa desapercibida. Cuando Alice y Leonie desaparecieron, la Embajada Francesa la sacó de la Argentina en un avión, disfrazada de abuelita en silla de ruedas. Pero apenas terminó la dictadura, Ivonne volvió a su patria adoptiva: “Hace  más de 50 años que vivo en la Argentina… soy argentina”, sostiene.

“No hay que perder la esperanza, no aflojen y no se callen, pero hablen siempre con la verdad”, dice en su dulce tono francés, esta monja francesa que llegó a la Argentina en 1955, que se exilió en 1977 y que volvió a nuestro país en 1984 a quedarse para siempre.

“El miedo no nos paralizó”

Ivonne Pierron conoció a Alice y Léonie en la Casa de la Congregación a la que pertenecen, ubicada en el sur de Francia. “Cada año nos encontrábamos con nuestra familia religiosa en Buenos Aires, y durante días nos contábamos lo que hacíamos. Cada uno contaba lo que vivía en su ambiente con los campesinos, en las villas, con los jóvenes, con los ancianos… y después pensábamos cómo tomar posición y recrear el futuro, estando al lado de la gente. Nuestro deber deber era y es promover que todos somos iguales, defender la dignidad”.

Conscientes del peligro que corrían en la Argentina gobernada por Jorge Rafael Videla, las religiosas sabían también que la dictadura “no iba a parar así nomás. El peligro no tiene que ver con el compromiso real al frente de un pueblo. Yo había sido detenida un tiempo corto; tenía una vigilancia continua, salías y te paraban… pero la conciencia estaba, el compromiso estaba. Nadie se dejó paralizar por el miedo. Nunca pensamos en eso sino en trabajar fieles a nuestro compromiso real”.

Si bien nunca le vio la cara a Astíz, el marino que se hizo pasar por un familiar de desaparecidos y señaló a las monjas con un beso a la salida de la iglesia Santa Cruz de Buenos Aires, para individualizarlas y que las fuerzas represoras las pudieran secuestrar. Ivonne nunca confió en él, y supo que ese hombre nefasto con cara de ángel, “estaba preparado para la falsedad y para conquistar”; pero aún así, “ninguna madre pensaba en ese momento que pudiera ser un entregador”.

“Cada uno aporta su parte en la lucha”

Después de que sus compañeras de trabajo desaparecieron, la Embajada Francesa la sacó del país. “Era mejor estar afuera, organizar las denuncias. Desde París, trabajé con Naciones Unidas y el Parlamento Europeo para denunciar las violaciones a los derechos del hombre en el Cono Sur”, señala.

Y al preguntarle por qué volvió al país en 1984, esta monja chiquita, que calza alpargatas azules con suelas de goma, responde “La esperanza es la última cosa que tenemos que perder; da mucha fuerza para ir adelante. Desde entonces estoy trabajando con los agricultores en Misiones. La forma es ser uno más de ellos, el trabajo en común. Cada uno pone su parte en la misma lucha, en la misma vida, nadie manda a nadie, nadie es indispensable, todos somos protagonistas.

Creo que hay una voluntad de cambio, pero no podemos olvidar cómo quedó nuestro país. Uno no puede hacer de una cosa totalmente destruida un mundo nuevo. Hay que meterse en la realidad y trabajar. Nuestro país fue vendido, y el tema es cómo hacer para recuperar todo esto. En la selva lo vemos día a día. No es fácil, hay que poner mucha voluntad. El enemigo está bien atento desde afuera y adentro para retomar sus privilegios. Hay que enseñarle al pueblo, que abra los ojos y piense claramente, que no se deje engañar. Todas estas muertes van a servir para aclarar al pueblo, ojalá después de semejante desastre que vivimos, podamos ver  otro país”, afirma esta mujer sabia.

Ivonne y Sabato
Ivonne y Sábato Romano, en Pueblo Illia, el 16 de junio de 2005.
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