El ingeniero Aníbal Velázquez analiza el espíritu de época que subyace en las conciencias de los ciudadanos para decidir su voto. Sin caer en el facilismo de la condena al “sujeto mediático”, considera que la política y la militancia es el antídoto de la unidad emancipadora del pueblo. Rescata así la interpretación que hizo Rovira de realidad mundial en la que estamos insertos los misioneros y el estar junto a la gente de Passalacqua para frenar la ola amarilla en Misiones.

Posadas (Jueves, 26 de octubre. Por Aníbal Velázquez) Poco tiempo después de dejar la Presidencia de la Nación, Néstor Kirchner nos concedió una entrevista en “La Casa Cruz” como él la llamaba. No está él para desmentirla o confirmarla, pero tengo un testigo de fuste que presenció la misma. Entonces entre otras definiciones dijo “No se puede ganar las elecciones sin el peronismo y mi tarea será trabajar desde ahora por la unidad y los consensos”.

Ha trascurrido mucho tiempo, casi diez años, desde esos días hasta estas elecciones del 22 de octubre pasado y nos gustaría respondernos la pregunta de por qué el pueblo vota la derecha a pesar de las consecuencias que ello le acarrea.

Antes de hacer un repaso de algunos de  los que opinaron desde distintas áreas disciplinarias y científicas recordaremos lo que alguna vez dijera en una especie de aforismo poético César Vallejo: “los intelectuales son rebeldes pero no revolucionarios”. Asimismo la filósofa húngara, Agnes Heller, discípula  de Lukács en una entrevista al diario Página 12, con motivo de estar en la Argentina para recibir el título de Doctor Honoris Causa de la universidad de Tres de Febrero, asegura que “el intelectual puede utilizar su potencia para encender, avivar o empezar un debate público o luchar contra dictaduras”. En  nuestro caso solo pretendemos opinar.

En otras columnas ya hemos hecho referencia a Jorge Alemán y el manejo de la significación de las palabras y el lenguaje por parte de la derecha. También a José Pablo Feinmann en su definición de “sujeto mediático” arroja luz sobre lo que nos pasa. Ya alguna vez, arriesgamos en decir que la Renovación necesitaba de un nuevo lenguaje que lo identifique. En la era de la televisión, de las redes las sociales y los mensajes de textos, el lenguaje y la palabra potencian su rol disciplinador.

En su discurso de presentación de los candidatos para las elecciones últimas pasadas, el conductor de la Renovación introdujo el concepto de “realidad líquida”. Su significación no es menor. Si seguimos el pensamiento a lo largo de todos los discursos del Presidente de la Cámara en relación a los conceptos del sociólogo polaco Zygmunt Bauman podremos distinguir algunas ideas fuerzas que lo caracterizan. Los miedos presentes en las inseguridades que genera el permanente cambio. Los trabajos ya no son para siempre, un celular de lo más moderno comprado hoy y que nos hace creer poderosos será viejo en no menos de cinco nuevas versiones antes de que podamos aprender a usar todas las funciones que tiene el nuestro. La realidad líquida, el amor líquido, miedo líquido, vida líquida, parafraseando los textos del sociólogo, hacen lo que él expresa como motivaciones para el surgimientos de frenesí racista (Milagro Sala, mapuches), y  xenófobos (la Justicia convalidó el decreto del presidente Macri de expulsión de extranjeros). “La alternativa igualmente popular de recurrir a métodos neo-tribales como la búsqueda de chivos expiatorios o la intolerancia militante – salida de la política para retirarse tras los muros fortificados de lo privado- ya no resulta atractiva y, sobre todo, ha dejado de ser una respuesta adecuada a la verdadera fuente de la afección” (Modernidad Líquida, Z.B. Fondo de Cultura Económica, pag. 224 México. 2004). El antropólogo argentino que hizo una magistratura en la Universidad Nacional de Misiones, hoy profesor en la universidad de San Martín e investigador del CONICET,  Alejandro Grimson, en una entrevista con el periodista Martín Granovsky para Página 12, a la luz de la consolidación del gobierno de Cambiemos nos enseña que “Ganó porque pudo resolver la interpretación de las causas de los problemas y, para sus electores, consiguió quedar fuera de la responsabilidad … pudo imponer su interpretación sobre los problemas de la realidad” y la fragmentación de la oposición. Insiste en destacar que “en el voto se juegan emociones y bolsillo…”. Además, aun considerándose parte del Campo Popular, emite una crítica brillante hacia las expresiones de los que comunicaban para los llamados opuestos al gobierno.

En tiempo de “Modernidad líquida” no se sigue los designios de la razón, el pueblo es perceptible al lenguaje sencillo y persuasivo, sin cuestionar el valor de verdad. Ya el periodista Carlos D´Onofrio lo expresaba: cuando no hay utopías ni ideologías, sólo con el metro-bus y la bici-senda, que resuelven problemas elementales de los porteños, Macri ganó años en Buenos Aires. El miedo y la inseguridad taladran al sujeto líquido, por eso alcanza una actitud positiva y un lenguaje paternal que genera esperanza.  Y mucho más si al mismo tiempo se impone un consumismo, diríamos ontológico, que exacerba el individualismo y reduce los sueños a una viaje a DisneyAl mismo tiempoEl  doctor Gernont Ernst, médico y científico social noruego haciendo referencia al miedo social y la creación capitalista de enemigos abstractos como corrupción, falta de transparencia, desconfianza, crean una realidad paralela y apelan al imaginario del deseo y prometen los ajustes de ahora para el bienestar futuro y es a lo que los pueblos se aferran. No es tiempo de razonabilidad sino de esperanza. Por eso, si un mensaje nos transmite catástrofe y usan expresiones de enojo en su lenguaje es improbable que nos convenza: “veo muchos más preocupados por tener razón que por persuadir” decía Grimson.

Las palabras las definen ellos, los neoliberales, los medios que responden al poder y los poderosos, nos convencen de su valor de verdad, que es el de ellos (J.P. Feinmann) y nos persuaden desde la promesa futura. Es el mismo lenguaje que por miles de años usaron las religiones para “persuadir” a sus feligreses.

Una niña de dieciséis años le decía a su terapeuta, discípula de Lacan ésta, que ella quería crecer bien, casarse y tener hijos, tener una familia por lo menos por “seis o diez años”; “Amor líquido”. Las nuevas generaciones perciben que el permanente cambio es la nueva impronta de allí que radicalismo y peronismo suenan mucho más abstractos a sus oídos que a nosotros. Por eso el Ingeniero Carlos Rovira, desde su interpretación de la realidad actual (líquida) recurre a Bauman y nos entrega una consigna política contundente: “Renovación permanente”. Formarse, modernizarse y reinventarse para persuadir. Pero esta percepción ajustada del espíritu de época no se deja engañar como si fuera una imposición de la naturaleza, Rovira sabe que es política. Y aquí la Renovación en forma paralela, sin negar esa realidad fue consolidando su propia utopía que puede resumirse en la consigna “la verdad está en la gente”  trabajada con decisión por Hugo Passalacqua y su “estar junto a la gente”.  En este contexto no es casual que la Renovación haya mantenido un apoyo decisivo de los misioneros cuando en otras provincias la ola amarilla pudo montarse en el discurso de época.

Pero volviendo a la bajada de línea de Néstor con que iniciamos estas reflexiones, entendemos, o queremos convencernos para seguir viviendo, que la construcción de subjetividades útiles al poder, tiene un límite en la conciencia de los pueblos. Y allí está la tarea de la política. Las derechas, el capital concentrado, los ceos, podrán tener el control de los medios, poner a su servicio las redes e instalar interpretaciones sobre las verdades, pero no podrán engañar a todos todo el tiempo.  La realidad se impondrá tarde o temprano, pero es deber de la política, al tiempo de que va desnudando al rey, ir trabajando la unidad del pueblo.  Y así como Néstor en 2007 predicaba la unidad del peronismo en el proyecto de emancipación, Fidel, nos decía allá por los 70 que en la Argentina el pueblo es peronista.

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