Dicen que para resolver un caso hay que ponerse en el lugar del asesino: ¿por qué querría yo matar a alguien? para quedarme con su novia, como en El cartero llama dos veces; para quedarme con su puesto de trabajo, como en La corporación; porque me pagan por hacerlo sin preguntar las causas, como en Últimos días de la víctima…Por Santiago Morales

Repaso 2018. Diciembre
Por Santiago Morales
1-POR QUÉ.
Dicen que para resolver un caso hay que ponerse en el lugar del asesino: ¿por qué querría yo matar a alguien? para quedarme con su novia, como en El cartero llama dos veces; para quedarme con su puesto de trabajo, como en La corporación; porque me pagan por hacerlo sin preguntar las causas, como en Últimos días de la víctima; porque mató a un hijo mío, como en La bestia debe morir; porque me molestaba en la escuela, como Carrie, o porque me siento inferior, como en Elephant; porque era mi abogado y me traicionó cuando tenía que defenderme, como en Cape fear; porque en el futuro será un criminal, como en Terminator; o porque simplemente era uno de los sospechosos de siempre.
No me imagino otros asesinatos que no sean en las películas que vi.
No me siento capaz de resolver crímenes verdaderos, aunque las películas reflejan la realidad, así que debería guiarme por esos casos, o por el sentido común.
Franck McCourt cuenta Crimen y castigo: un estudiante ruso, Raskolnikov, mata a una anciana, y después intenta convencerse de que tiene derecho a su dinero porque ella no le sirve al mundo para nada mientras que su dinero pagaría los gastos universitarios que a él le permitirían graduarse de abogado para ir por ahí defendiendo gente que haya matado ancianas por la plata.
Pero en la doctrina del gatillo fácil no hay tiempo de porqués, no hay tiempo de identificarse ni dar la voz de alto.

2- QUIÉN FUE.
Sin ser famosa como una gran novela de detectives, Lolita, de Vladimir Nabokov, tiene una de las mejores, sino la mejor, revelación oculta de un misterio en la literatura:
“-de veras quieres saber quién fue? Bueno, fue…
Suavemente confidencialmente, arqueando las finas cejas, y abultando los labios resecos, con cierto aire burlón, con un mohín, no sin ternura, en una especie de contenido susurro, pronunció el nombre que el astuto lector ha adivinado hace mucho tiempo.” (Que el lector, en literatura, es el detective, ya lo había sentido Piglia y algún otro antes.)
El gatillo fácil determina que no hay tiempo para saber quién fue. Si el asesino es presunto asesino; si el culpable yace ajusticiado con la mejilla aplastada en el asfalto, no hay tiempo de saber por qué. Culpa de quién. Desde cuándo. Cómo llegó hasta ahí. No hay tiempo de la máquina redentora ni de procesos ni experimentos naranja-mecánicos escuchando Wagner. No hay tiempo para la confesión de Jean Valjean, que robó un pedazo de pan para dar de comer a sus hijos y, viendo como culpaban y condenaban a otra persona, un inocente, por el crimen que él mismo había cometido, decide entregarse. No hay tiempo para la verdad ni para héroes. Hubieran linchado a ese otro y la justicia estaba hecha.
En el gatillo fácil no hay tiempo para policías cultos e inteligentes como en Pecados capitales, que para investigar un crimen acuden a la biblioteca. Lo descubren por su patrón de lectura. (No me juzguen por lo que leo). A través de datos espías del FBI, que controla todo lo que hace cada ciudadano. Qué lee, por ejemplo. Hoy por las redes sociales se conoce mucho sobre una persona, aunque un perfil implica solo una porción y no necesariamente verídica. Cuidado con los fake posteos, que pueden involucrarte en un homicidio. No hay instancia para la defensa. Ojo por ojo ataque por ataque.
Georg Lukács denunciaba “la glorificación de la omnisciencia de los personajes encargados de velar por la seguridad de la vida burguesa”
El libro Intimidad, de Hanif Kureishi, es el monólogo interior de un hombre que decide divorciarse. Sentado solo en la cocina de su casa repasa explicaciones a la crisis y busca causas y hace balances. En un momento de descripción del entorno familiar, habla de los vecinos, de los acontecimientos cotidianos acentuado lo negativo y recordando el robo a un transeúnte a dos cuadras: -No es un barrio seguro, me marcharé por la mañana-. Esta simple frase, irónica, es una demostración de lo que es el libro y ubica a La seguridad como excusa, como chivo expiatorio. La escena expone con maestría la ridícula justificación para tomar una decisión tan trascendental.
En política hubo situaciones electorales en las cuales se escuchó el mismo enredo: no es un país seguro, voy a votar a x candidato.
En todo el país proliferan las empresas privadas de seguridad. Butch Cassidy arroja la clave para entender esa expansión “Si me pagara lo que gasta para que no le robáramos, no le robaría!”

3- CÓMO.
El gatillo fácil produce la aniquilación de la palabra para defenderse, para aclarar algún error. Es que no hay tiempo. (ver Brazil, obra maestra del cine: El secuestro de un inocente en un mundo distópico manejado por la tecnología, Kafkiano, burocrático, donde las reglas y el orden no dan tiempo al pensamiento) Algunos incluso llaman “el verdadero juicio abreviado” a la mano propia. El disparo, la ejecución, se produce en el momento del titubeo: -pero…yo no soy…(ver La muerte, obra de Woody Allen, satirizando estos errores, la parca llega en búsqueda de un tipo que le prestó el departamento a un amigo, no hay vuelta atrás, ni explicación, adentro, arriba, a la barca)
Martín Kohan piensa que “Sin mediar palabra” es una fórmula límite para la sensibilidad social en lo que al problema de la inseguridad se refiere.
“Matar es siempre una cosa terrible y robar es siempre una práctica repudiable, pero a la luz de los relatos de los medios, se diría que se vuelven más graves todavía si se cumplen sin que nada se diga. La palabra no alivia ni exime, la palabra no salva ni mejora; su ausencia, no obstante, es sentida como un grado más hondo de la deshumanización y el destrato”.
Sobreviene la palabra como arma de defensa. El derecho al conocimiento de las causas, de las razones.
Parece haber un agravio aumentado cuando se asalta o cuando se tira “sin mediar palabra”; como si la anulación de ese hablante que es el otro anticipara o prefigurara, o incluso más: indujera la anulación del otro como tal.
Kohan recuerda otra vieja película de Woody Allen: “un robo fracasaba por una impensada razón: el ladrón pasaba su nota manuscrita al cajero y el cajero no reaccionaba porque no conseguía entenderle la letra. Una gran discusión general se armaba al respecto en pocos segundos y dejaba al frustrado ladrón un poco en segundo plano. Porque el lenguaje no asegura de por sí ninguna limitación a los conflictos, y en su afán de comunicación tiene a su vez sus propias limitaciones: el malentendido, la incomprensión, el puro equívoco. Y entonces es el mismo lenguaje el que se muestra capaz de suscitar conflictos, de alimentarlos y darles existencia”.

N de la R: El narrador posadeño, Santiago Morales, que publicó en editorial universitaria “DVDteca de Babel” y “Papeles de Recienvencidos” inició en noviembre publicaciones periódicas en Plural con reflexiones que en un diario de papel bien podrían publicarse en la contratapa. Admitimos ya entonces que en la web flotarán en el ciberespacio como las otras notas del sitio,  pero insistimos en rescatar su connotación.