“El vicecentrismo existe”, sostiene el historiador y profesor de Derecho Político, Gabriel Rafart en una columna de opinión publicada hoy en el diario de Río Negro disparada por la nominación de Miguel Pichetto. Sostiene que “los vices son claves para conocer con precisión cuál es el tiempo que corre para ganar y luego gobernar”. Vale la pena rescatarla porque enfoca de una manera diferente la significación política de la conformación de una fórmula.

Por Gabriel Rafart*
Viernes, 14 de junio de 2019. En nuestro país se han ensayado diversas ingenierías para demostrar que el cargo es relevante y que la legitimidad popular es fundamental. Aporta al candidato cosas que no tiene, refuerza características o sirve como recambio ante una eventual crisis
Desde la elección del correntino Juan Hortensio Quijano hasta la del rionegrino Miguel Ángel Pichetto, como candidatos a vicepresidentes de Juan Perón y Mauricio Macri respectivamente, hubo un largo camino para reconocer la existencia del “vicecentrismo” en nuestra ingeniería institucional.
Es cierto que, siendo heredero de la tradición norteamericana, nuestro presidencialismo descuidó la importancia de la figura del vicepresidente. Igual que ocurrió entre los fundadores de la república del norte.
Sin embargo, a poco de andar, la Casa Blanca entendió que saber elegir un buen segundo podía ser clave para el futuro no solo de un partido y un gobierno, sino del país. Entre las presidencias modernas podemos mencionar la elección de Harry Truman para integrar la fórmula de los demócratas en su camino a la tercera reelección de Franklin Roosevelt.
A los cinco meses de esa elección Roosevelt muere y Truman asume la presidencia. En sus manos quedó el proyecto de la bomba atómica, la rendición de Alemania y Japón, la Guerra Fría con la URSS, la reconstrucción europea, etc. Hasta hubo una doctrina Truman. Uno de los dos vice de Richard Nixon, Gerald Ford, también asumió la presidencia para inmediatamente decidir el final de la guerra de Vietnam.
Ford arribó a la vicepresidencia por renuncia de Nixon y la aplicación por primera vez de una enmienda constitucional ratificada en 1967. Este dispositivo obliga al presidente a que, en caso de renuncia o muerte del vice elegido, debía designar un reemplazante que sería ratificado por el Congreso y no por elecciones generales.
En EE.UU. nuestro modelo institucional, la Casa Blanca entendió que saber elegir un buen segundo podía ser clave para el futuro no solo de un partido y un gobierno, sino del país.
Entre los latinoamericanos también las vicepresidencias importan. En Perú se cuenta hasta con tres vicepresidentes. En el resto de la región solo una, y durante gran parte del siglo XIX llegó a suprimirse el cargo por considerarlo fuente de disputa. En algunos casos siquiera debía contar con legitimidad electoral: podía ser impuesto por el Congreso.
En nuestro país se han ensayado diversas ingenierías para demostrar que es relevante y que la legitimidad popular es fundamental. Por ejemplo, en el segundo mandato de Perón se realizó una elección general exclusiva para designar el reemplazante del fallecido Quijano.
El vicecentrismo existe. Asume su vitalidad cuando se elige un candidato que selle una fórmula en una campaña electoral que se anticipa polarizada. Sin duda su figura no parece relevante en tiempos en que la gobernabilidad resulta “fácil”. Nada será igual respecto al primer tiempo del actual gobierno. Lo que viene contará con una agenda recargada.
Con ella se pretende superar tiempos pasados de “refundar” el país. Cualquiera de los vice elegidos para la próxima contienda, y más aquellos que queden si se avanza hacia una segunda ronda electoral, podrán ser actores cooperativos con su presidente o piezas disponibles para un recambio si un cataclismo político lo exige. La Argentina que viene estará en emergencia permanente, como desde hace años sostiene el filósofo político Hugo Quiroga, al tener dos proyectos antagónicos.
Los vice cuentan. Recuérdese que el mismo Perón fue vice de un régimen que estaba construyendo, paradójicamente desde una dictadura, el gran proyecto de democratización del bienestar. Setenta años después, sigue en entredicho lo que dejó aquel primer tiempo de Perón-Quijano, hoy con tres fórmulas presidenciales integradas por vices de estirpe peronista. Macri-Pichetto, Fernández-Fernández y Lavagna-Urtubey.
El protagonismo de los segundos y de dos de tres candidatos a presidentes da cuenta de que la vigencia de la maquinaria de relojería que es el peronismo, que si no es perfecta resulta muy difícil de destruir. Ese mecanismo continúa, contando horas y segundos con los vice como si fueran la manecilla del minutero, que al ser más larga pareciera ocupar toda la caja del reloj. Los vices son claves para conocer con precisión cuál es el tiempo que corre para ganar y luego gobernar.
Lo que aporta el vice
El vicecentrismo existe. El nominado aporta al candidato principal algo que éste no tiene. Territorialidad que necesita ampliarse, al porteñismo algo de provincialismo, el partido que no se tiene, votos para sumar a la aritmética electoral, recursos de negociación para una gobernabilidad que se anticipa compleja, dureza de carácter que falta, mujer si se es hombre, religión o agnosticismo que no se tiene, más comunicación y mejor palabra si no se sabe qué decir, más centrismo si el perfil es de derecha o izquierda, un brillo académico si se carece de títulos, etc.
También puede que se busque reforzar lo que ya está en la carnadura del candidato principal. Si se es promercado y se procura endurecer esa condición. O se quiere ampliar los rasgos xenofóbicos. O recuperar la senda de la “democratización del bienestar” y el desarrollismo mercadointernista. Parece que allí están los modelos en pugna. Cada vice elegido para las fórmulas en competencia en 2019 será pieza angular de estos modelos.
El destacado politólogo argentino Mario Serrafero, recientemente fallecido, insistía en que nuestro sistema político “gira en torno del liderazgo presidencial, pero la vicepresidencia no es una figura menor, pues es una institución cuya principal función consiste en actuar en época de crisis”.
La trayectoria de nuestros vicepresidentes, desde la recuperación de la democracia, ha demostrado que pueden entablar una relación de proximidad o distancia, de colaboración o competencia, de amistad o enemistad. Lo que queda claro es que el vicepresidente, ya sea en momento de candidato o de gobernante, nunca tendrá un rol insustancial.

*Historiador, profesor de Derecho Político en la Fadecs, UNC