En una nota publicada en Clarín, el senador misionero Humberto Schiavoni, del ala desarrollista del PRO, salió al cruce de los temores de la industria por el acuerdo Mercosur – Unión Europea. Afirma que el desarrollo nacional no puede utilizar las mismas herramientas de los años de Arturo Frondizi, ni la sustitución de importaciones sino que debe adaptarse al escenario de creciente globalización.

Jueves, 18 de julio de 2019. Por Humberto Shiavoni

Mercosur-UE: un acuerdo para promover el desarrollo

El acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea disparó, más allá de la letra chica, un debate conceptual sobre el modelo de desarrollo que puede permitir a países como la Argentina encarar una necesaria transformación estructural.
¿Puede hoy la Argentina, en un escenario de creciente globalización económica, comercial y financiera, encarar un proceso de desarrollo autónomo con la lógica de los años sesenta? La respuesta es obviamente negativa. El mundo ha cambiado drásticamente y la posibilidad de encontrar ventanas de oportunidad para un desarrollo sostenible requiere remover prejuicios y actualizar miradas.
El primer dato a tomar en cuenta es que el modelo de sustitución de importaciones con la política arancelaria como herramienta líder que tuvo auge en los sesenta y aún en los setenta no es hoy un camino idóneo.
La experiencia casi excluyente de búsqueda de un desarrollo integral en nuestro país la encaró el gobierno de Arturo Frondizi. Estableció prioridades a partir de cuestiones estructurales y coyunturales que tuvieron en cuenta las vulnerabilidades –especialmente la externa- que la Argentina registraba entonces. Los sectores prioritarios fueron acero, petroquímica, máquinas herramienta, infraestructura de transporte y comunicaciones y energía. Sobre esta base se asentaron y expandieron ramas industriales como la automotriz, textil, electrodomésticos y celulosa, entre otras. Distintos incentivos, entre ellos la política arancelaria, atrajeron capitales productivos y generaron una pujanza durante varios años, más allá del derrocamiento de Frondizi.
El contexto internacional es hoy sustancialmente diferente. La organización industrial ha cambiado, con localizaciones diversas de eslabones de las cadenas de valor, puesto que raramente un bien se produce íntegramente en un mismo lugar. En países de ingresos medios como la Argentina ya no es viable proteger masivamente a sus sectores industriales con el argumento de que necesitan condiciones especiales para afianzarse.
Por eso cobra especial relevancia la puesta en marcha del acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur. Supone la integración de un mercado de 800 millones de habitantes, casi una cuarta parte del PBI mundial, con más de 100.000 millones de dólares de comercio de bienes y servicios. Para la Argentina tendrá un enorme impacto favorable porque tenderá a aumentar las exportaciones de economías regionales, consolidar la participación de nuestras empresas en cadenas globales de valor, habilitará la llegada de inversiones, acelerará la transferencia tecnológica y le dará un carácter estratégico a la relación con Europa.
Está claro que la brecha de productividad con los países desarrollados es hoy elevada. Nuestro desafío es achicarla, fortaleciendo nuestra estructura productiva y situándonos en mejores condiciones para una integración comercial.
Sigue siendo el desarrollo económico y el valor agregado a la producción primaria lo que posibilita la acumulación, crear riqueza y elevar el nivel de vida de los habitantes.
Las políticas del Presidente Macri están logrando avances significativos en segmentos clave como energía, ferrocarriles, hidrovías, carreteras, puertos y aeropuertos, esenciales para dotar de mayor competitividad a la economía.
El imperativo es hoy potenciar la especialización exportadora. Generar divisas para no caer recurrentemente en crisis externas y acumular capital para producir y crear empleo. El viejo antagonismo entre librecambio y proteccionismo quedó superado por la realidad. En definitiva, los países que más crecen también son los que más comercian.
En un mundo cada vez más integrado, donde los acuerdos comerciales entre bloques y entre naciones son cada vez más amplios y elaborados, recurrir a instrumentos arancelarios como herramienta central de crecimiento industrial está fuera de época. Naturalmente hay sectores que demandarán estímulos y para eso hay otra extensa variedad de instrumentos: tipo de cambio competitivo, reembolsos, líneas de prefinanciamiento y crédito accesible en general. En paralelo, la implementación gradual del pacto con Europa garantizará un proceso de adecuación de la economía argentina a la competencia internacional.
En conclusión, el acuerdo con la Unión Europea presupone un incentivo para que la Argentina afiance sectores que son altamente competitivos, como el agropecuario y la agroindustria, los servicios tecnológicos y culturales y hasta segmentos de la industria automotriz. Pero también es una gran oportunidad para que aquellos que encuentran limitaciones en el mercado doméstico puedan animarse a una reconversión que les permita trascender las fronteras. Y a la vez acotará la volatilidad y la incertidumbre que han afectado negativamente a nuestro sector productivo en las últimas décadas. Un horizonte cierto, reglas claras e instituciones estables son condiciones insoslayables para invertir, producir, crear empleo y trabajar para una mayor equidad social.