El resultado del 11-A puso el mundo al revés. El Presidente juega al caos y Alberto Fernández a sostener la gobernabilidad. El candidato anuncia que no habrá rupturas porque no dan los tiempos históricos, es decir las relaciones de fuerza y pide moderación. Enfrenta el mismo desafío que las provincias en 2015 ante un gobierno del poder económico amparado en el entramado mafioso de servicios, jueces, y medios. La opción era ayudarlo a consolidarse democráticamente o arrinconarlo desde la calle y las mayorías circunstanciales en el Congreso. En este caso desde su matriz autoritaria Macri no hubiese dudado en gobernar por decreto y reprimiendo las protestas. Es el contexto para el debate electoral en Misiones donde la candidata del Frente de Todos exhibe como mérito no haber votado nada y denuncia a la Renovación de haber votado todo.


Martes, 27 de agosto de 2019. Las Paso fueron hace dos semanas, pero parece un siglo. No hace falta que vengan del FMI para comprender que hay un vacío de poder y se viven horas de incertidumbre en la Argentina. Un Macri que ya fue y un Fernández que todavía no es, genera complicaciones en la toma decisiones, más si el Presidente sigue envuelto en la retórica de la campaña como candidato. Sin embargo, el vacío no es político.
Rarezas de una ley electoral con pretensiones de imitar el funcionamiento de selección aplicado en los Estados Unidos: es el candidato que probablemente sea consagrado presidente el 27 de octubre, pero todavía desde el llano con el respaldo de casi 12 millones de votos, el que deba asumir “el sentido de la responsabilidad que no muestra el Presidente”, como sostenía un comunicado firmado por Alberto Fernández antes de que abran los mercados el 13 de agosto y en respuesta a la ya histórica conferencia de prensa de Mauricio Macri en la que acusó a los votantes por la inestabilidad financiera. Además de las palabras de Fernández dejaron en claro que “en las situaciones críticas es necesario dar certidumbre, en lugar de inventar culpables” y le pidieron al Presidente que hasta el 10 de diciembre debe tomar “medidas urgentes para arreglar el descalabro económico que generó en la Argentina”. El mismo reclamo que le hizo a los enviados del FMI ayer: junto al Gobierno tienen la responsabilidad de poner fin y revertir la catástrofe social arbitrando las políticas necesarias.
El Gobierno juega al borde del abismo con plena conciencia de que las situaciones de caos favorecen al poder fáctico. Y es la oposición que ya se percibe en la Casa Rosada la que se esfuerza en sostener la gobernabilidad del sistema.
La realpolitik y las convicciones
De allí el “dólar Alberto” a 60, las paces con el multimedios Clarín, mensajes explícitos dirigidos al poder financiero, como “no vamos a defaultear la deuda” y condenas al gobierno venezolano como “autoritario”.
Esa necesidad de sostener al Gobierno para que llegue a octubre, explica también la actitud de los aguerridos opositores que desde 2015 combinaban la calle con discursos encendidos en el Congreso, convertidos hoy en mensajeros de la paz.
El Frente de Todos entiende que hasta octubre son “tiempos de prudencia y cintura”. Y recomienda: “si todo se sigue haciendo bien el resultado será un cambio de gobierno y de rumbos, imprescindibles para recuperar la Patria. Y “haciendo bien” significa proceder con prudencia y cintura, sí que también con firmeza y claridad. O sea desoyendo exigencias infantiles o maximalistas o irritando al cuete a adversarios históricamente necios porque su esencia es clasista y racista”. El llamado a la moderación de Hugo Yasky que tiene doble representación: política como diputado y secretario general de la CTA, es paradigmático. El 16, cinco días después del urnazo decía en el primer Seminario sobre Resistencias Sindicales y Feministas: “sé que son momentos difíciles, que debemos enfrentar horas en las que a todos nos pesa sentir la crisis de nuestros hermanos trabajadores o jubilados, pero tenemos que tener claro dos cosas, nada nos tiene que correr del objetivo de llegar a octubre y sacar con los votos a esta lacra que nos gobierna. Nada nos puede correr. Y esa esperanza debe prevalecer sobre las penurias del presente. No nos tenemos que obnubilar ni pensar que ya está todo ganado, pero sí sostener este triunfo, porque la única salida posible es la salida política”.
Las “exigencias infantiles o maximalistas”, que ahora desde el kirchnerismo se ven como riesgosas porque “terminan haciéndoles el juego al macrismo”, son las mismas exigencias que planteaban cuando entre 2015 y hasta mucho después de la derrota de las legislativas de 2017. Entonces lejos del poder, defendían lo ideal y condenaban el pragmatismo de las oposiciones que se propusieron una actitud colaborativa para sostener la gobernabilidad.
Los fondos buitre, el kirchnerismo y Alberto
Vale recordar el debate por la deuda con los fondos buitre. Con media sanción, el 30 de marzo de 2016 se trataba en el Senado la iniciativa de derogar las leyes Cerrojo y de Pago Soberano y autorizar la emisión de deuda por 12.500 millones de dólares, con la que se facultaba al Ejecutivo a saldar la deuda con los fondos buitres.
Precisamente, bajo la consigna “No a los Fondos Buitre”, la militancia kirchnerista y sectores de izquierda convocaron ese día a una marcha al Congreso para impedir la derogación de la ley Cerrojo. Encabezados por La Cámpora, el Movimiento Evita y Nuevo Encuentro, y la adhesión de los partidos de izquierda la movilización rechazaba de plano la iniciativa del oficialismo, considerada en el marco del “plan de lucha contra el endeudamiento y el ajuste”. El motivo de la concurrencia será el de expresar que el “pueblo no está dispuesto a regalar la soberanía”.
La entrega de soberanía estuvo en la mayoría de las exposiciones de los diputados y senadores que se opusieron al proyecto. Es ilustrativo recordar la posición de Alberto Fernández al respecto que, enardeció al “campo nacional y popular”. Rescatamos del archivo una entrevista con el entonces jefe de campaña de Florencio Randazzo realizada un año después de sancionada la ley. Fernández le pide al periodista no mezclar las cosas y afirmaba que con la ley “no está en juego la soberanía”. E intentaba encuadrar el conflicto lejos de lo ideológico. “El tema de los buitres es una sentencia que debe ser cumplida”, insistía Fernández desde una perspectiva legal, recordando que “la Argentina perdió en tres instancias en un tribunal que el mismo país eligió” y que por eso “no queda mucho margen” para hacer otra cosa.
Ante los argumentos del periodista que recordaba el respaldo que tuvo la Argentina en los foros internacionales para limitar la especulación de esos fondos con las deudas soberanas, enfatizó: “estás equivocado, no estás votando en contra de la Patria, estás mezclando todo, no es un acto de traición”, sin desconocer y condenar el orden de las finanzas que habilitan estas especulaciones, diferenció entre logros declarativos y los compromisos concretos.
También le recordó al periodista identificado con el peronismo los cuestionamientos por el acuerdo firmado con el Club de Paris en el gobierno de CFK que reconoció una deuda por 9.690 millones de dólares cuando en realidad la deuda registrada era de 6.000 millones. Y destacó Fernández que los argumentos de entonces eran los mismos: abrir el país a las inversiones. No ocurrió en ninguna de las dos oportunidades.
Entrevista radial a Alberto Fernández 
Gobernabilidad y tiempos históricos
Después de hacer un repaso de todas las entrevistas que la prensa hegemónica le hizo a Fernández, Claudio Scaletta  en Página,  subraya que le inquirieron hasta el cansancio sobre la posibilidad de rupturas “con el orden establecido”. Y destaca que “quizá el cénit de la insistencia se haya alcanzado en la entrevista pública realizada el pasado jueves en tierras del grupo Clarín, donde con cierto patetismo se le volvió a preguntar a Fernández si caería en default, si intervendría en el Poder Judicial, si reinstauraría el Cepo, si amaba al régimen venezolano, si se pelearía con Estados Unidos, si intervendría el Indec. El candidato respondió una y mil veces no, que no habrá rupturas. Y hasta le tiró algunos centros a la ortodoxia económica, aunque situándose siempre en el lugar del pragmatismo”.
Y subraya que “podrá gustar más o menos, pero Alberto Fernández expresa algo que no fue suficientemente destacado: la vuelta a la política como espacio para dirimir el conflicto social, lo que hoy quiere decir el fin de esa confrontación que se denominó “la grieta”. No se trata del fin de la verdadera grieta, que es la lucha de clases, sino de la grieta que constituyó primero el eje de la guerra mediática contra el kirchnerismo y luego, el eje del modo de ejercer el poder del macrismo”.
“…La síntesis provisoria es que no habrá rupturas porque no dan los tiempos históricos, es decir las relaciones de fuerza, pero sobre todo porque lo que la sociedad parece necesitar después del trauma macrista es, precisamente, la vuelta de la política. Las rupturas demandarán algo más de tiempo para la construcción de consensos”.
La cercanía al poder, la posible y muy probable consagración de Fernández el 27 de octubre, ha instalado en el Frente de Todos un alto pragmatismo, abocado a sostener la gobernabilidad de Macri y prever su principal dificultad de gestión. Si el gobierno de Alberto avanza en mantener su disputa con el capital financiero internacional, es indispensable sumar en la gestión cuadros capaces de administrar los conflictos con frente externo. Es paradigmático el ejemplo que dio Néstor Kirchner cuando en 678 le preguntaron por qué había puesto en el Banco Central a Martín Redrado. “No lo iba a poner al flaco Kunkel”, respondió para ilustrar las condicionalidades que existen en el ejercicio del poder. No alcanza con el político que tiene respaldo en las mayorías para imponer políticas. Existen relaciones de fuerza y poderes establecidos con los que hay que convivir.
En síntesis se trata de defender la gobernabilidad como capacidad del sistema político de dar respuestas a las demandas sociales. No se refiere a la estabilidad de un gobierno, sino a la capacidad del sistema de sostener la paz social manejando con equilibrio los conflictos de intereses que existen en la sociedad.
La gobernabilidad que sostiene hoy Fernández, para llegar a octubre tiene condimentos que serán diferentes cuando en el ejercicio de gobierno tenga que administrar la necesidad inexorable de poner límites al poder financiero globalizado y responder a las demandas de sus votantes esperanzados en salir de la pobreza, en recuperar empleos, nivel de salario y jubilaciones, de modificar un modelo para pocos en uno de producción incluyente. No es posible establecer políticas de distribución progresiva del ingreso sin tocar intereses. La apuesta a la gobernabilidad tiene así sus tiempos históricos.
Las provincias en 2015 el mismo desafío
Poderes fácticos: financieros internacionales, bancos, exportadores, burguesía local, y el respaldo mayoritario en las urnas en noviembre de 2015, constituían un verdadero desafío a las provincias y sus gobiernos que se iniciaban en la era Macri. Un gobierno del poder económico que llegaba también amparado en el entramado mafioso de servicios de espionaje, jueces, y medios hegemónicos, necesitaba consolidarse democráticamente. Arrinconada por la calle y las mayorías circunstanciales en el Congreso, no dudaría en desempolvar su matriz autoritaria. Gobernar por decreto y con represión de las movilizaciones populares. ¿A alguien le queda dudas de la decisión de personajes como ministra Bullrich, la diputada Carrió y el juez Bonadío, de imponer el estado de sitio ante un eventual clima de inestabilidad política?.
No hacía falta la bola de cristal para afirmar que cualquier plan neoliberal en la Argentina termina agotándose a sí mismo. El mientras tanto era la cuestión. La opción era el caos o ayudar a la coalición de gobierno a mantener la institucionalidad. Hay un tiempo de maduración en la sociedad. En 2015 la idea de que Cambiemos representaba un cambio cultural y sus votantes un espíritu de época. Después del naufragio quedó al desnudo que era marketing pero había enamorado a ese tercio de la sociedad argentina que no es ni peronista ni antiperonsita. Recién después del naufragio la resiliencia como proceso comunitario y cultural rescató la memoria de las tradiciones populares que constituyen la columna vertebral del respaldo a Fernández el 11-A.
Es el contexto y las disyuntivas en el que hay que evaluar la actitud colaborativa que decidieron adoptar varias provincias y el debate que precisamente se está dando en Misiones para dirimir las bancas en disputa en la Cámara de Diputados de la nación. La candidata del Frente de Todos, ungida desde Buenos Aires, hace campaña poniendo en valor que nunca votó nada y condena a los diputados de la Renovación por haber votado todo. En esa simplificación, propia de la lógica de las redes sociales, se queda en lo fenoménico que esconde la esencia de la cosa en sí. El debate es más profundo.

Foto: diario Clarín