Agosto del 2019. Contra todo pronóstico de analistas, periodistas, politólogos y políticos, el 2001 está de vuelta. La economía real ya fue devastada. La crisis de deuda y el consiguiente default amenaza con llevarse puesto el sistema financiero. La realidad de miles de argentinos –escondida por la asistencia social- pone en jaque la paz social. Como ya sabemos, ésta secuencia terminará impactando en el sistema político.

(*) por Hugo Bernardo Escalada
Viernes, 30 deagosto. “Que se vayan todos, que no quede ni uno solo” era la consigna que más se escuchaba aquellos 19 y 20 de diciembre de 2001, cuando el pueblo argentino, luego de una larga noche neoliberal, le decía basta a una clase política corrompida que en una década dilapidó gran parte del capital social acumulado durante un siglo.
Un 20 de diciembre Fernando de La Rua, entonces presidente de la República Argentina, huía en helicóptero por los techos de la Casa Rosada, mientras un pueblo entero, tomaba las riendas de su destino como nación enfrentando la represión de un Estado de Sitio declarado que no pudo frenar la rebeldía popular.
Desde aquel entonces, las cosas no fueron igual en Argentina. Aunque algunos se fueron, otros se quedaron e, incluso, muchos otros políticos volvieron, lo cierto es que en Argentina, esas jornadas históricas deberían haber marcado un fuerte llamado de atención para cualquiera que detente el gobierno en el país. Desgraciadamente 18 años después estamos ante un escenario que se aproxima cada vez más a esos años de crisis y por ello creo conveniente repasar el pasado para entender el futuro.
¿Fue un reclamo de mayor democracia o un estéril grito de antipolítica?.
Fue un debate sobre el frontal repudio a los partidos y su ejercicio del poder que mostró la gente en las calles, con la cacerola y a los gritos. “Que se vayan todos, que no quede ni uno solo”, se coreaba en todas las protestas, en alusión, claro está, a los políticos. La consigna aglutinadora del descontento social fue expresión de la crisis de representatividad de Argentina pero además: ¿fue injusta, reduccionista o destructiva?.
Los caceroleros no eran un manifiesto de la antipolítica, por el contrario, la frase intentaba expresar la exigencia de la “apertura del juego democrático”. Si lo escuchabas (el que se vayan todos) suelto parecía infantil, sin objetivo ni dirección pero tenía que ver con un modelo económico y político que no daba para más.
Los analistas sociales Federico Schuster y Fortunato Mallimaci discrepaban por esos días, sobre la pertinencia de la consigna. Al primero le parecía “justa, entendible y justificable”. Al segundo, “confusa y simplificadora de una realidad compleja en un momento crítico”. Ambos coincidían en que expresaba el hartazgo y la falta de credibilidad en la clase política y en que era difícil prever qué sector iba a explotar su poder de convocatoria. “Estábamos en una situación negativa de desmovilización, ahora podemos mirar el lado positivo”.
Mallimaci, menos esperanzador, vislumbraba el fantasma de la cultura autoritaria de la sociedad argentina. “No veo que la consigna incluya a los empresarios, a los dirigentes sindicales y religiosos que también fueron parte de este sistema. Creo que puede llevar a más o menos democracia, y que hay un grupo de gente que anima la consigna para alentar el descreimiento de la política partidaria y dejarnos a merced de los `virtuosos no contaminados` que pueden encarnarse en algunos comunicadores sociales, militares o empresarios”.
Para el sociólogo no se trataba de destruir la representación sino de reconstruirla. La historia muestra que ese tipo de experiencias (las asambleas) son importantes al principio, como espacio de creación, pero que para que haya participación masiva hay que buscar representantes, si no se canaliza en una estructura más tradicional es puro romanticismo.
Carlos “Chacho” Alvarez fue uno de los que se fue. Pero su renuncia a la vicepresidencia de la Nación tampoco fue aceptada por los caceroleros. “Es uno más de la partidocracia asquerosa”, decían.
“El rechazo es contra la corporación política y creo que la respuesta es llamar a elecciones sin listas sábana”. ¿Quiénes reemplazan a los que están si todos se van? Los asambleístas reconocían que el futuro era incierto, apostaban a que de los barrios pudieran salir nuevos dirigentes que acompañen “al puñado que se puede salvar”, especulaban con que las comisiones barriales pudieran ser el prototipo de un organismo de control, reconocían que si se devolvían los ahorros algunos vecinos perderían interés por la movilización pero, sobre todo, rescataban que algo nuevo estaba surgiendo.
“Veo que en las asambleas hay mucha gente de mi generación participando activamente. Somos parte de los que fuimos desaparecidos o eliminados como personas en la dictadura y estuvimos todo este tiempo hechos unos burgueses de mierda. Ahora queremos construir nuevos caminos y eso es algo rico”, sintetizaba Susana, una vecina del Cid Campeador.
Agosto del 2019. Contra todo pronóstico de analistas, periodistas, politólogos y políticos, el 2001 está de vuelta. La economía real ya fue devastada. La crisis de deuda y el consiguiente default amenaza con llevarse puesto el sistema financiero. La realidad de miles de argentinos –escondida por la asistencia social- pone en jaque la paz social. Como ya sabemos, ésta secuencia terminará impactando en el sistema político.
No se aprendió del pasado. No se quisieron ver las señales de alerta que pululaban por todas partes. Ahora sólo resta esperar a que la sociedad esté varios pasos delante de su clase dirigente y pueda pacíficamente amortiguar lo que viene.

(*) Abogado, diputado MC