Fijate en el grupo de controles- le decía un amigo a otro, mientras miraba el celular, después de haber comido una picada acompañada de unas pintas de artesanales, en un bar posadeño, antes de subirse a un auto para volver a su casa.
Esas dos palabras enormes, multifocales, grupo y control, daban una sensación de terror a la noche.
Picada también tenía otras acepciones que iban a interferir la velocidad de las cosas, porque el plan de retirada de los muchachos iba a ser interrumpido, en una bocacalle, por el de otros que preferían disputarse el gran premio de la Rademacher. En Ensayos literarios, el Amauta (del quechua: hamawt’a, ‘maestro’) nombre con el que también es conocido en su país José Carlos Mariátegui, escritor, periodista, y pensador político peruano escribió: “La vida actual (Mariátegui escribe en 1924) tiene elementos físicos absolutamente nuevos, uno de ellos es la velocidad. El hombre antiguo marchaba lentamente, que es según Ruskin como Dios quiere que el hombre marche. El hombre contemporáneo viaja en automóvil y aeroplano” Si ese es nivel de velocidad que asombra a Mariategui en la década del 20’, imaginemos qué hubiera pensado si conocía el microchip, internet, viajes al espacio, trenes bala.
Según una publicidad de seguridad vial, una campaña de concientización hecha alrededor de 2015, no importa tanto cómo Dios quiere que un conductor marche sino cómo el auto (el Dios de los tuercas) te lo pide.
“Como diría el viejo Bugatti, con los coches se anda, no se para” justificaba alguien en la película neorrealista de los 60’ llamada Al final de la escapada.
Milan Kundera empieza su novela/ensayo La lentitud, con estas palabras: Mira todos esos locos que conducen a nuestro alrededor. Son los mismos que se muestran extraordinariamente cautos cuando asisten en plena calle al atraco de una viejecita. El hombre encorvado encima de su moto no puede concentrarse sino en el instante presente de su vuelo; se aferra a un fragmento de tiempo desgajado del pasado y del porvenir; ha sido arrancado a la continuidad del tiempo; está fuera del tiempo; dicho de otra manera, está en estado de éxtasis; en este estado, no sabe nada de su edad, nada de su mujer, nada de sus hijos, nada de sus preocupaciones y, por lo tanto, no tiene miedo, porque la fuente del miedo está en el porvenir, y el que se libera del porvenir no tiene nada que temer. La velocidad es la forma de éxtasis que la revolución técnica ha brindado al hombre.
Qué pasa si una furtiva gotita se cuela en la frente y hay que secarla, o un imprudente bicho se filtra y hay que rascarse. ¿Sueñan los pilotos de Fórmula uno con carreras de bicicleta en trazados improvisados subiendo de la calle a la vereda en el lugar que se les ocurra? La ejecución de la caja de cambios manual es un movimiento del brazo muy necesario para el desarrollo del cuerpo. Soltar, mandar la palanca hacia atrás con desprecio, con aprecio, con tres dedos, sentir la injerencia directa de tu mano en la mecánica del objeto inanimado en el que estás sentado en una pose ridícula volando por el aire, cambiando misteriosamente tus espacios ocupados en la tierra, cambiando a fuerte velocidad, huyendo ya que todo todo está más atrás que adelante.
-Así se maneja hijo- le dijo un espectador tuerca a su joven promesa en brazos señalando los autos que pasaban a gran velocidad por el innovador circuito callejero del obelisco. Era el comienzo del París-Dakar (carrera que ahora no se corre ni en París ni en Dakar, sino en Chile, Argentina, Perú, donde se venda mejor.) Unos pocos se quejaban de la decisión de cortar la 9 de Julio para despedir autos que parten hacia una carrera, llevándose los saludos, el casco y la certeza de que alguno no va a sobrevivir.
Cada vez surgen en el mundo, articulando el turismo con la contaminación sonora, más circuitos callejeros, para seguir a tu preferido con fascinación, a tu escudería con fanatismo: Roma, Valencia, Montecarlo, Punta del Este. ¿Posadas? La nueva costanera se rediseñaría para albergar el recorrido los motores histéricos. ¿Cuál es el exotismo de combinar calles y autos? Sacarlos de la pista. Desplazarlos de su centro de gravedad y que el espectador de televisión observe, y se entusiasme programando un viaje, los paisajes tras la estela de los autos. Mientras que el fenómeno demográfico urbano debería ser desparquizar las calles, peatonizar el mundo, las carreras en circuito callejero ponen la velocidad en las mismas curvas y rectas que transitan los taxistas todos los días, los colectiveros todos los días, los pasajeros todos los días, los ciclistas, los peatones, y los vecinos que no puedan pagarse una entrada al TC pueden sentir vibrar los motores en la puerta de su casa, como pidiendo un delivery.
El auto podía ser un objeto intrigante, una nave cercana, podía cautivar al hombre en 1915, pero más de cien años después el fenómeno continúa, el ritual de ir con la familia a comer un asadito al costado de la pista de carreras, aunque hagan tres grados bajo cero, escuchar rugir los motores en vez de la sutileza de algunos pájaros, vientos, descubrir sonidos perdidos. La música del motor. Algo llamativo: al observar una carrera de autos en el autódromo, generalmente no se ve ningún movimiento humano dentro de los rodados sino que apenas se distingue el resultado: si la rueda dobla quiere decir que las manos movieron el volante ¿ Le creo esto a la magia de la automancia? Yo solo veo un pedazo de chapa a lo lejos pintada con propaganda de una marca de teléfonos celulares y un número en la puerta.
El espectáculo reside en muchas partes, según el nivel de expectativa del tuerca, del ama-auto: en la pulcritud de la rutina, en el detalle de una frenada exacta, en alguna deficiencia, en la expectativa de ver algún desperfecto, algún choque o al menos un roce; en los sobrepasos, pirueta que todavía mantienen las categorías donde los autos son parejos, o en simple transcurrir y rodar.
“Dos de veinticinco mueren cada año, un trabajo de lunáticos” Dice la voz en off al comienzo de Rush, una película de 2013 sobre el emblemático campeón Niky Lauda.
El escritor J. G. Ballard, autor de El imperio del sol, Crash, La isla de cemento, entre otros, fue contundente sobre el material fundamental de su obra: “Puede que estas enormes intersecciones de hormigón (las autopistas) sean los monumentos más importantes de nuestra civilización urbana, el equivalente de las pirámides en el siglo XX. Pero ¿Queremos que nos recuerden del mismo modo que a los ejércitos de esclavos que construyeron lo que, después de todo, eran monumentos a los muertos?”
Cuando el otro joven dijo picada no se refería a la acepción más misionera de la palabra, no se iban por un caminito, tampoco enfocaban ligeramente hacia abajo, ni paladeaban una degustación de fiambres, sino que se refería a la inminente carrera corta y perversa con que le demostrarían al mundo de qué están hecho los fierros.

Por Santiago Morales

foto: Gustavo Castaing