A partir del “nosotros” y del “ellos” pareciera que dejamos de ser la sociedad que comparte territorio, cultura e historia para pasar a ser la comunidad que odia más de lo que piensa.

Miércoles 15 de julio de 2020. Antipatía, aversión; hostilidad, resentimiento, rencor, enemistad, rechazo. Repulsión, destrucción. Violencia.
Se conoce como odio a la antipatía o aversión hacia alguna cosa o persona cuyo mal se desea. El odio es sinónimo de hostilidad, resentimiento, rencor, que genera una profunda enemistad y rechazo hacia una persona; o grupo, o clase social.
A veces es un rechazo que queda ahí. Otras veces deriva en agresiones físicas, psicológicas o verbales, que devienen en delitos de odio, como el racismo, homofobia, xenofobia, etnocentrismo, intolerancia religiosa u otras acciones cometidos contra un grupo social que tiene determinadas características.
Los crímenes de odio son aquellos que se caracterizan por la intolerancia y la discriminación.
Para Aristóteles, el odio es un deseo de eliminar un objeto que es incurable con el transcurrir del tiempo. René Descartes observa al odio como la conciencia de que un objeto, situación o persona está mal, y por ende, lo más sano para el individuo es alejarse de ello.
Para la psicología, el odio es un sentimiento intenso que produce ira y hostilidad hacia una persona, grupo u objeto. Según el psicoanálisis, para Sigmund Freud, el odio forma parte del estado del yo que desea destruir la infelicidad que alguna situación o persona produce al sujeto.
Voy a generalizar: la sociedad argentina está dividida por sentimientos negativos hacia la otra facción, un sentimiento que el abogado y escritor correntino Jorge Simonetti asegura que nos paraliza, nubla el entendimiento e impide proyectarnos porque, en definitiva, se esparció por todos lados y sobre todo, a través de las redes sociales, como un virus verdaderamente contagioso.
El odio social no es nuevo en la historia del mundo. Para los argentinos contemporáneos nació con el Siglo XXI como odio político, donde el adversario dejó de ser el antagonista político para convertirse en el enemigo que ostenta comportamientos innobles y por lo tanto, hay que destruir.
A partir del “nosotros” y del “ellos” pareciera que dejamos de ser la sociedad que comparte territorio, cultura e historia para pasar a ser la comunidad que odia más de lo que piensa.
Lo rescata Luis Bruschtein en la nota de Página 12 sobre los actos anticuarentena de los odiadores seriales que, despolitizados, conciben al adversario como un delincuente, para desplazar a la política con la lógica de una guerra de exterminio.
El acto anticuarentena, la excusa, del 9 de Julio fue una convocatoria violenta, sin reclamos puntuales y con el odio puesto en el otro.
Se leyó: “Fase 1: fusilar a los políticos”.
“Fase 2: Fusilar a los sindicalistas”.
“Fase 3: Argentina empieza a despegar”.
Fue el 9 de julio de 2020. Pero el odio en Argentina hacia los sectores populares viene de lejos: en diciembre de 1828 Lavalle fusiló a Dorrego.
Domingo Faustino Sarmiento en 1845 fomentó el odio con Facundo, con aquello de civilización o barbarie. Cien años más adelante, cuando las multitudes populares peronistas llegaron a la Plaza de Mayo fue descripta como un aluvión zoológico de los cabecitas negras.
Después, las paredes vitorearon “Viva el cáncer”, para celebrar la enfermedad y la muerte de Evita; el bombardeo de los militares en junio de 1955 a la Plaza de Mayo, contra los propios argentinos; los Golpes de Estado, con la persecución, fusilamientos, torturas, proscripción.
Después vendría la yegua, la chorra, los KuKa, los Kaka, los planeros. Vendría Albertítere.
El 9 de julio de 2020, hordas de anticuarentenas se encontraron en las plazas y desde el centro del país, cuando no, pretendieron sostener que la cuarentena por la peste en una dictadura stalinista, un silogismo tan simplón que no resiste la inteligencia de un mono.
Remarca Bruschtein que reclamar por la libertad en relación con la cuarentena, un 9 de Julio, el día que los argentinos declararon su libertad frente a la corona española, es como si la corona española hiciera una marcha porque una manga de autoritarios coartó su libertad de tener a la Argentina de colonia.
Sí señor -dice-: la corona no tiene libertad para tener colonias subyugadas. Sí señor -insiste-: nadie tiene libertad para infectar a otro con una peste que le puede costar la vida. Si esta gente que usurpa el nombre libertario –como se conocía a los viejos y verdaderos ácratas– reclama libertad para contagiar al prójimo, es porque entiende la libertad como su libertad y como una forma de supremacía para subordinar a los demás.
Explica que No es contradictoria esa equiparación con la corona española y los próceres de la independencia. La corona española tenía un derecho que era su fuerza militar y usaba su libertad para subordinar la libertad de los otros.
Estos libertarios negativos –opuestos a la libertad– que marchan contra la cuarentena, piensan que frente a dos personas con derechos cuyos intereses colisionan, prevalece el derecho del más fuerte. No hay nada menos libertario que reivindicar la libertad del que tiene más fuerza para subordinar al otro.
Esa es la esencia del autoritarismo.
No existe libertad para contagiar la muerte.
Cuando el presidente Alberto Fernández, en su discurso del 9 de Julio dijo que venía a terminar con los odiadores seriales, no habló de coartar el derecho de odiar, como planteó la prensa de siempre, sino de reivindicar el derecho de la inmensa mayoría de los argentinos que quieren vivir en paz y en democracia, algo que el odiador serial, como actor político, rechaza.
Son dos derechos en pugna: el del que odia lo que la mayoría quiere y el de la mayoría.
Pero el odiador no debate, no confronta ideas, no ofrece con claridad una propuesta alternativa a lo que motiva su odio y por lo tanto, inhabilita el diálogo. El odiador serial promueve la violencia de los que lo acompañan y provoca la violencia de los que agrede.
La consecuencia directa del odio es, entonces, la violencia.