Sin dudas, la ingeniería electoral recupera la idea de estabilizar la relación entre oferta y demanda de representación de identidades culturales. El riesgo es hacer de la complementación una sustitución, en donde lo político quede definitivamente desplazado por lo electoral. Lo político entendido como representación de las identidades culturales en pugna, y como administración legal de los antagonismos sociales. Lo electoral, por su parte, entendido como la fascinación pragmática por el triunfo a cualquier costo. Entre medio, una vieja adicción de la cultura política en Occidente: la de manipular las bajas pasiones de las masas y extorsionar a los rivales con información personal.

Por Kevin Morawicki (*)

Lunes 30 de noviembre de 2020. Miramos Misiones en el contexto de crisis de las democracias occidentales.
Algunos compañeros correligionarios ceden sus posiciones cada vez que se enfrentan a un tema de innegable existencia en la cultura política de nuestra provincia: la sospecha que la Ley de Lemas genera en muchos de nuestros conciudadanos. Una reiterada queja respecto del funcionamiento institucional relacionada con el sostenimiento del poder, en términos de un condicionamiento al libre juego de las fuerzas electorales democráticas. De modo que la queja alude a que la Ley de Lemas constituiría, en la práctica, una suerte de posición dominante en el mercado electoral. Un problema equivalente al que ocurre en las posiciones monopólicas dentro de la libre fluctuación entre la oferta y demanda, porque estaría caracterizada por las ventajas desproporcionadas de poder aumentar cuantitativamente la oferta electoral.
Ante estas quejas, las respuestas de nuestros compañeros correligionarios son, a veces, erráticas. Voces pronunciadas entre balbuceos e imprecisiones. También existen respuestas más perspicaces (voces cercanas a la Capital), que ensayan posiciones más osadas. Entre ellas, el recuerdo de que nuestra historia institucional está repleta de sistemas electorales que prescindieron de la Ley de Lemas y que no obstante tuvieron serios fracasos en materia democrática.

Inteligencia artificial e ingeniería electoral
Un creciente fenómeno político marca a fuego la época actual y, en el mismo movimiento, revive esta polémica. Hija intelectual de la Ley de Lemas es la construcción de propuestas electorales con identidades políticas alternas a la propia. Lo está ensayando Insaurralde en Lomas de Zamora (bastión histórico del Duhaldismo). Lo vienen ensayando, también, varias gobernaciones, ya sea apoyando a las terceras fuerzas o simplemente produciendo terceras fuerzas propias.
Antes de estos ardides realizados en estos tiempos digitales, la ingeniería electoral de masas estuvo en la cresta de la ola en los años 60. Su desarrollo tuvo una especial importancia en algunos laboratorios universitarios de los Estados Unidos. La reciente revolución en materia de recaudación y clasificación de información personal a escala mundial es un avance más en ese sueño americano que nunca descansa. Desde el punto de vista del conocimiento, estamos mentalmente en este interregno entre aquellos años 60 y este futuro recién desembarcado de inteligencia artificial jugando a la ruleta rusa de las estrategias electorales. Una locomotora impulsada a tracción digital que marcha a velocidades inconmensurables. Dos modelos de producción informática (Google y Facebook) han puesto a la dimensión cultural en el paroxismo de las políticas epistemológicas que buscan concretar un viejo sueño: perfeccionar un conocimiento que permita sostener en el tiempo el ejercicio del poder.
La cultura, en su sentido antropológico, fue especialmente estudiada por los psicólogos sociales que acompañaron la Alianza para el Progreso. Esa Alianza fue programada por el Departamento de Estado como estrategia continental del Gobierno de John F. Kennedy para contrarrestar el caldo de cultivo que la pobreza significaba para la insurgencia revolucionaria en América Latina. Verdaderos expertos en guerra psicológica que pretendían ayudar a las Embajadas Norteamericanas a construir una “revolución en libertad”, habida cuenta del cambio de poder estatal sucedido en Cuba el primero de enero de 1959. Esa tremenda apuesta política al conocimiento de la administración y manipulación de las masas es hoy día sacudida por la inteligencia artificial, desde el momento en que es puesta a producir los principales insumos para una política electoral.
En ambos casos, por debajo de los experimentos de guerra psicológica de los 60 y por encima del “big bang” en materia informativa que hoy vivimos, está la base piramidal de toda sociedad que es la cultura. Una cultura en frenética transformación de sus pasiones, miedos, euforias y felicidades. Hasta el punto de que los generales de alta jerarquía militar de los EEUU lo han dicho sin pelos en la lengua: la dimensión cultural y simbólica de las sociedades es el verdadero teatro de operaciones de la geopolítica mundial. Como bien lo entendió Marcos Peña sólo que de modo superficial, es la comunicación como territorio de batalla. La comunicación política que potencia y/o construye imaginarios colectivos, pero que no sustituye la materialidad de la vida cotidiana (como Peña le hizo creer a Macri). Polarización cultural e ingeniería electoral funcionan a la perfección en el corto plazo, es una inversión económica de rápida recuperación de lo invertido. Pero si sustituye a un plan político y se fascina por el símbolo (al estilo del pensador Duran Barba), comienzan a pasar cosas. Entre ellas, la pérdida de una reelección jugando de local.

Desgobierno del Pueblo
En tanto, ya no existe politólogo alguno que se anime a pronosticar la crisis terminal de las democracias occidentales: dominan en casi todo el mundo y cada crisis de representación política les permite salir robustecidas por el voto de las mayorías. La cultura de masas siempre fue débil ante la manipulación de las bajas pasiones, y la polarización extrema encuentra en esa manipulación el más poderoso de los caldos de cultivo. En la mayoría de los países de Occidente proliferan populismos de izquierda y populismos de derecha: una característica de las democracias actuales que preocupan a los intelectuales norteamericanos de extracción conservadora, no sólo a los liberales e izquierdistas. Verdaderos sistemas refinados de procesamiento de información personal que motorizan baterías de interpelaciones políticas que potencian identidades polarizadas.
El mejor caso de este fenómeno cultural y electoral de las democracias occidentales es Estados Unidos, que marcha hacia la definitiva oscuridad de sus batallas étnicas y raciales. Nadie podría decir que el sistema electoral de los EEUU brilla por su potencia democrática. Sufragio optativo, elección indirecta, campaña electoral con insultos y descalificaciones y elecciones cuestionadas por un Presidente en ejercicio. Un sistema electoral con el emblema bélico de eliminar discursivamente al opositor, a fuerza del desgaste refinado de faltarle constantemente el respeto, mas no fuera como una simple puesta en escena. La alternancia en el poder, esa cereza institucional de todo postre liberal, entre demócratas y republicanos, es relativa. Las grandes políticas en materia de Política Exterior y Seguridad Nacional exceden a cualquier gobierno de turno. En ese sentido, sería una democracia en la que el poder no sólo escasea en el pueblo sino que también trastabilla en la Casa Blanca, que es en definitiva un teatro de operaciones comunicacional. Por supuesto que la alternancia implica cambios de estilos y cuestiones importantes como el respeto formal a los tratados internacionales que mitigan la crisis mundial en materia ambiental. Pero los grandes trazos de las políticas nacionales exceden a los representantes políticos del pueblo. En este orden de cosas, un punto a favor de la institucionalidad norteamericana es que el lobby ejercido hacia los legisladores es legal. Nada mejor para la democracia que la verdad y, en todo caso, la franqueza. Está blanqueado que las leyes son consecuencia no sólo de lo “justo”, sino de la administración de demandas e intereses corporativos perpetrados por profesionales del lobby.
De modo que, por debajo de toda discusión sobre una Ley (de Lemas), subyace la pregunta por el poder de organización de todo grupo humano. ¿Se puede vivir sin Ley? Toda ley es, por definición, el proceso de disputa por lo que tiene que ser legislado en materia de asuntos comunes a todos. La Ley regula formalmente la tensión entre asuntos prohibidos y permitidos dentro de la esfera pública. Si algo interesante tiene el liberalismo como filosofía política es que no legisla la vida privada, (en la medida que sus ciudadanos respeten la integridad física, emocional, psicológica y espiritual del otro/a, por supuesto).

Democracia moral y amoral
Curioso fenómeno se cristaliza en el aparato psíquico de algunos de nuestros conciudadanos: no son conscientes del carácter amoral de muchos de sus actos. A partir de esta costumbre, el modo de ser en sociedad consiste en ubicar lo amoral (el Mal) en los demás y autoindultarse de culpa y cargo, dentro de una dialéctica amigos-enemigos. La lucidez abunda al momento de buscar la paja en el ojo ajeno, y es ciega cuando mira a uno mismo. La pregunta resuena cada vez con más fuerza en el belicismo de la vida social actual: ¿en serio creés que la estafa o defraudación al fisco es más grave que lastimar a la mujer de tus hijos?
Curiosa actitud de muchos de nuestros conciudadanos: arrojar la piedra y mantener, orgullosos de honor, la mano levantada. Es cierto que, en términos de cultura política, los correligionarios protagonizan este vicio, pero cierto es también que se trata de una práctica cultural ramificada en vastos sectores de la comunidad local, provincial, nacional y regional.
Es así que la democracia está bajo un gran desafío desde que sucediera el bombardeo del 11/9 en Estados Unidos. El aniquilamiento de las Torres Gemelas en el centro neurálgico del mundo, entendida como respuesta a los bombardeos norteamericanos en Oriente Medio, precipitó un desplazamiento cultural estratégico: la sustitución de lo político por lo moral. Proceso mediado por la interpretación política de las instituciones religiosas. Para unos, el Mal eran los grupos políticos del fundamentalismo musulmán. Para otros, el Mal era el desparpajo geopolítico con el que EEUU desplegaba su industria armamentística: los daños colaterales como eufemismo que permite renombrar la muerte de civiles, especialmente niños. Toda política, para consolidarse, tiene que ser también una política cultural. Y el pueblo americano tal vez podía soportar el daño colateral de una guerra santa que les permitiera sentir menos miedo, como el caso de las bombas atómicas arrojadas sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki como modo de terminar con el Monstruo Nazi. Pero su gente no podía soportar que la matanza de niños fuera el costo de ser un país árbitro del funcionamiento global. Unas décadas atrás, fue necesario prohibir la televisación de los ataúdes en los que regresaban los cadáveres de los jóvenes que peleaban en Vietnam, porque sensibilizaba de tal manera a las familias norteamericanas, que la racionalidad estratégica de esa guerra trastabillaba en sus bases de sustentación: la legitimidad en la opinión pública. Una democracia con la libertad de expresión restringida, sin embargo ninguno de nosotros nos animaríamos a negar el carácter democrático de los Estados Unidos.

Bendita estabilidad política
Como contrapartida y a pesar de la experiencia Trump, nadie niega tampoco que los EEUU poseen una estabilidad política que favorece los negocios, es decir la inversión, clave angular del funcionamiento capitalista. Estabilidad que depende más de la posesión y monopolización del instrumento de cambio a escala también global que de su sistema político de representación indirecta. Monopolización del dólar como moneda de intercambio global, y poder de fuego bélico superior a la sumatoria de todos las fuerzas armadas de las demás naciones. Difícil explicar esa estabilidad política con la sanidad de sus instituciones democráticas. Pero estabilidad al fin.
El caso de China y de Rusia: sistemas políticos vinculados a funcionamientos democráticos de partido único. Analizados en sí mismos, ningún sistema electoral parece ser mejor o peor que otro, al menos no con antelación a cada experiencia. Podría tratarse de una cultura política totalitaria pero que sin embargo satisfaciera económica y culturalmente a las grandes mayorías. Difícil decirle que no es democrático su gobierno a los cientos de millones de chinos que salieron de la pobreza. Es también inverosímil que critiquen ese trasfondo democrático los miles de empresarios que hacen negocios estatales con China, la locomotora actual del crecimiento mundial. Y, por supuesto, nada más confiable para un liberal que hacer negocios con la estabilidad política del Estado Chino. De facto, en Rusia fue necesaria la Perestroika y la Caída del Muro de Berlín para que emergiera una gran liga de empresarios millonarios que co-gobierne la administración del poder. Y que haga del desarrollo de sus empresas la posibilidad de dar trabajo. La generación de empleo como objeto principal de todo acto democrático de gobierno, a lo Juan Domingo Perón.

De la “complementación” a la “sustitución” de lo político por lo electoral
Este contexto mundial, especialmente de las democracias occidentales, es el telón de fondo de otro desplazamiento decisivo. La sustitución de lo político por lo electoral. Se trata del formidable despliegue de estrategias de ingeniería electoral al interior de las disputas de poder, un fenómeno que tiende a reemplazar la práctica política entendida como representación y canalización democrática de los múltiples antagonismos sociales. Minorías y antagonismos que buscan desesperadamente una identidad política que los represente, como si fuera la desesperada búsqueda del amor de papá. ¿Se puede vivir sin el amor de papá, es decir sin que alguien ejerza el poder y nosotros nos identifiquemos con esa función?
Operación sustitutiva, entonces, y no complementaria: la ingeniería electoral (universitaria o callejera) ganando todos los espacios simbólicos de lo público. Es decir, el espacio digital. Quién lo hubiera creído: un teatro de operaciones digital. En fin: la importancia democrática de que todas las identidades sean reconocidas por el poder que regula la organización social de un pueblo, y que tengan representación política en los espacios de propiedad común. Lo público como espacio de posibilidad para la emergencia de los antagonismos sociales que, si no son procesados políticamente, pueden desencadenarse violentamente. Nada más antidemocrático que la negación y descalificación de las minorías y de la otredad.
Un proceso que se evidencia en el reemplazo de la noción de “rival” por la idea de “enemigo” que tiene que ser exterminado porque es el causante de todos los problemas. La teoría de la manzana podrida del cajón, el cáncer social que tiene que poder (Poder) ser extirpado, etcétera.
Sin dudas, la ingeniería electoral recupera la idea de estabilizar la relación entre oferta y demanda de representación de identidades culturales al interior de su sistema de política electoral. La democracia como la administración de los espacios comunes en los que se habilita a las identidades culturales en pugna a hacer y decir, y en donde su voz es reconocida antes de que sean necesarios mecanismos violentos de toma del espacio público.

Contrarrestar la hiperpolarización nacional
De modo que la Ley de Lemas seguirá siendo tema de interminables discusiones. Mientras tanto la estabilidad política de la Provincia de Misiones se gana el beneplácito de vastos sectores sociales, especialmente económicos. Representación política de todas las identidades culturales al interior de los espacios públicos misioneros, sumado a la estabilidad política que facilita la inversión. Algo que marca a fuego a la Argentina como país inviable. Argentina como unidad jurídico-política es un sistema que carece de la estabilidad necesaria para sostener en el tiempo las decisiones de fondo que regulan la macro y micro economía. Una guerra cultural que no por ser cultural es menos violenta. Ante lo cual se necesita una cierta estabilidad del sistema político provincial que pueda contrarrestar el escenario de belicosidad interna que vive la división nacional. Alguna compensación de esa inestabilidad de la hiperpolarización que impide la planificación y el desarrollo, como si fuera un poder aportar a la administración política del conflicto y a nuevos modos de seguir generando estabilidad social.
En fin, que las nuevas generaciones puedan recoger la posta heredada de poseer concordia social en tiempos difíciles, y lleven a Misiones a la definitiva victoria de una democracia entendida como una triple sustitución: la sustitución de la descalificación de la diferencia por el reconocimiento mutuo, la sustitución del juzgamiento moral por el respeto a las libertades individuales, la sustitución del trabajo que empobrece por un trabajo que alcanza para poder vivir sin lujos pero sin tristezas.

*Comunicador social. Ex Secretario Académico de la Maestría en Comunicación y Educación de la Universidad Nacional de La Plata.