(Una historia real).

Por Andrea Reyes

Miércoles 24 de marzo de 2021. La memoria me remonta a la biblioteca de mi mamá…a una niña de doce años leyendo un libro, curiosamente forrado con papel araña de color verde. Me recuerdo adolescente, sentada en el piso con las piernas cruzadas (no precisamente haciendo yoga) en el medio de ese paraíso literario.
¿Qué leía la niña? Nada más ni nada menos que “El Ché Guevara y la revolución cubana”.
Nunca olvidaré los cambios de color en el rostro de mi madre, cuando me vio tan ensimismada en el relato. Con aparente calma balbuceó – Hija, ¿Qué lees? ¿De qué trata?… ¿Sabes qué? Hay novelas más interesantes aquí… fíjate, para tu edad.
La verdad, ella no había visto los “marca páginas” en los textos de Henry Miller o Jorge Amado o sino caía de bruces, desmayada, ahí mismo (el doble turno en la escuela no le daba tiempo a escudriñar las elecciones literarias de su hija, si tenía un libro en las manos, todo estaba bien).
Pero con el tema del Ché y la revolución no se jugaba, ni se leía, era la época oscura del gobierno militar argentino.
Así que en medio de una conversación sobre los vecinos que habían sido visitados en la semana por un Ford Falcon verde y sacados por la fuerza de su casa…el libro terminó pasando en segundos a manos de ella y desapareció como por arte de magia.
Justicia fue, que los mencionados vecinos, después de semanas, volvieron, ya más apaciguados (y con algunos moretones) a su hogar.
Y el libro, que nunca terminé de leer, quizá siga enterrado en el patio, bajo el cedro.