La cultura popular es sobre todo, rebelde, contestataria. Aunque anacrónica, emana desde abajo, de las bases, incluso desde aquellos mismos que son capaces de encolumnarse detrás de un sueño, sobre todo si es colectivo. La cultura popular que está arraigada en el fútbol es la que, sin explicaciones filosóficas, nos amasa como unidad.

Sábado 17 de julio de 2021. El fútbol es parte de la cultura popular, una cultura que tiene licencias para resistir, por ejemplo, los mandatos actuales del progresismo internacional que busca normalizar el mundo con nuevos paradigmas y desterrar aquellos anacrónicos machistas y patriarcales, relacionados casi siempre con el sometimiento, sexual por supuesto.
Licencia para resistir desde adentro, porque “el fútbol no”. O al menos, no todavía.
La cultura popular es sobre todo, rebelde, contestataria. Aunque anacrónica, emana desde abajo, de las bases, incluso desde aquellos mismos que son capaces de encolumnarse detrás de un sueño, sobre todo si es colectivo. La cultura popular que está arraigada en el fútbol es la que, sin explicaciones filosóficas, nos amasa como unidad, es la que tolera –dentro de su espacio- el “mirá que te como”, el “la tenés adentro, el “que la sigan chupando”, la de la lora, la de tu madre, la de “la que te parió”, como parte de esa cultura que por algo llamamos, de tribuna.
La cultura popular se apoya en el espíritu comunitario capaz de conformar una sociedad; viene de ahí. Ese espíritu comunitario fusionado que soñó con Ricardo Alfonsín en 1983 y que despidió a Néstor Kirchner en 2010 y a Diego Maradona en 2020. Política y deporte como resumen de una sociedad tremendamente popular como la Argentina, el país del fútbol; la Nación rebelde que le dirá “Pancho” al Papa Francisco pero que nunca, jamás, evocará a un “querido Rey”.
Rebelde, incorrecto, inadecuado, como un pueblo que convenció al mundo que se festeja un gol hecho con la mano y que, a lo Fontanarrosa, celebra las gambeta como pasos de danza y los revolcones exagerados para forzar un penal como escenas de teatro, manifestaciones otra vez populares, las mismas que convierten 90 minutos de juego en una guerra campal que firma el tratado de paz, minutos después, con la foto más icónica del fin de semana: el abrazo, o la risa profunda de dos ídolos tremendos de estos tiempos, charlando en la canchita después del partido: Messi y Neymar, con una frase que sintetiza absolutamente toda esta editorial: “Felicidades hermano hdp”; de vencido a vencedor, como saludo entre muchachos que juegan a la pelota, pero con los ojos del mundo, y del mercado, puestos en ese instante.
Después del gol y del pitazo, la cultura popular, a su escenario favorito: las calles de todo el país, la bandera atada hasta en el perro, las bocinas, los gritos desaforados, las lágrimas, los abrazos también en pandemia, sin barbijos, sin distancias, sin cuidados.
Y en segundo plano, un Presidente, un Macri y una Cristina, unidos en lo que la política no es capaz para perseguir juntos el sueño comunitario, pero unidos, si, en el sentimiento de aquella cultura popular que nos hizo reír o llorar como niños, o como hinchas, capaces de fusionarnos en el único espacio simbólico que pareciera que no tiene grietas, porque la celeste y blanca nos enloquece a todes.
Acá otra vez, donde analizamos todo, tenemos licencia para permitirnos rescatar lo más auténticamente genuino de la cultura popular de estas tierras: el choripán y la feijoada, con una aseveración también popular que titula, esta vez, esta editorial: choripán mata feijoada.
Y a llorar al campito.