Myriam Duarte desarrolla su columna en Plural TV, el programa de Canal 4 Posadas, que aborda a través de distintos columnistas temas relacionados con los derechos humanos, la identidad, la deconstrucción de los estereotipos heredados de una sociedad patriarcal y por lo tanto, injusta. En este desarrollo, sobre el proceso que naturaliza los mandatos sociales, tiene una mirada crítica pero a la vez, optimista.

Viernes 23 de julio de 2021. “Venimos de un proceso biológico que, por el cambio de las condiciones de vida del ser humano, va mutando a procesos que se convierten en sociales, a parte de la constitución de la cultura. Acá también hablamos de cultura en sentido antropológico, esto es, todo lo que el ser humano construye, como aquel ambiente ya no natural donde nos criamos y vivimos los seres humanos. Por eso es importante comprender que estamos inmersos en un ambiente cultural, social, donde todos somos parte de esa cultura, y por lo tanto, revisar la cultura siempre es importante porque hay muchísimas cosas que se dan por naturales cuando no lo son. Venimos de procesos naturales, biológicos, a un proceso social. Y como es social, tiene formas distintas en todo el mundo. Hablamos de culturas y sociedades a través del tiempo, y en un mismo tiempo, en distintos lugares del planeta”, propone Myriam Duarte a través de su columna en Plural TV de Canal 4 Posadas.
Retoma, en ese sentido, los temas de sus exposiciones anteriores relacionados también a la cultura, un concepto que se construye para todos pero, por sobre todo, para las infancias. Se naturaliza lo cultural y a partir de esa naturalización, se va transmitiendo a las nuevas generaciones. “Por lo tanto, los niños también van creciendo con ciertas certezas que cuando se empiezan a revisar, no lo son tanto”.
Desde esos tópicos propone revisar cómo se construye ese concepto de cultura, y a partir de dónde. “Esto, de lo cultural que se naturaliza, que me parece que es el nudo de la cuestión: de por qué hay gente que se violenta tanto con el uso de una letra (por la E en el llamado lenguaje inclusivo), que era el origen de nuestra columna”, recuerda.

Cultura prehistórica
El planteo de Duarte va a los orígenes, ya que de cierta manera “lo que tiene que ver con la división de las funciones en la sociedad tiene un origen prehistórico, básicamente, donde sí tiene que ver con una cuestión biológica y de supervivencia de la especie. Biológica en el sentido de que, como sabemos, el cachorro humano es uno de los cachorros más vulnerables frente a las inclemencias de la naturaleza y si bien todos los mamíferos necesitamos ser alimentados en nuestra primera infancia, también es cierto que esa etapa del ser humano es mucho más prolongada que en otras especies, y las necesidades de cuidado son mucho mayores también. Y por supuesto, en la especie humana como en casi todas las especies, hay unos cuerpos que tienen la capacidad biológica de gestar, de parir y de alimentar a las crías. Entonces, esto genera una división de las funciones sociales. Por supuesto, en instancias donde el ambiente era mucho más agresivo para el ser humano, o para casi cualquier especie”.
Además, irrumpe otra necesidad: el alimento, y la necesidad de recolectarlo por los individuos un poco más grandes. Recolectado o cazado, pero conseguido por otra parte de esa comunidad que tenía por función proveer, alimentar. Traer de afuera.
“En una etapa de ese proceso de hominización -cuando el ser humano pasa de una instancia de vida más animal a empezar a tomar ciertas decisiones que lo llevan a vivir en sociedad. Se disparan un montón de cuestiones, como esta división social de las funciones que va estableciendo líneas claras de cuáles son las funciones sociales, que se atribuyen a unas y otras personas de acuerdo a sus habilidades y también a las posibilidades de su cuerpo” y, aparece la agricultura como otro proceso para el desarrollo humano: deja de estar pendiente de lo que le provee el ambiente para generar su propio alimento y con esta acción, descubre que puede acumular alimento.
En cada proceso empiezan a especificarse otras funciones, “como son esas personas con cuerpos, con condiciones de gestar, parir, amamantar y alimentar a las crías. Los que cumplen esa función más cercana durante la primera etapa de la infancia son, principalmente, las mujeres. Y empiezan a hacer esas tareas más de cuidado dentro de lo que es, en el transcurso del tiempo, el ambiente hogareño; en primera instancia lo empiezan a hacer los grupos, luego los clanes, y después la familia”.
Por eso expone que la humanidad viene de un proceso biológico que, por el cambio de las condiciones de vida del ser humano, va mutando a procesos que se convierten en sociales, a parte de la constitución de la cultura en sentido antropológico: lo que el ser humano construye, dice, aquel ambiente “ya no natural donde nos criamos y vivimos los seres humanos. Por eso es importante comprender que estamos inmersos en un ambiente cultural, social, en el que todos somos parte de esa cultura, y por lo tanto, revisar la cultura siempre es importante porque hay muchísimas cosas que se dan por naturales cuando no lo son. Venimos de procesos naturales biológicos a un proceso social. Que por esta razón tiene formas distintas en todo el mundo. Hablamos de culturas y sociedades a través del tiempo, y en un mismo tiempo en distintos lugares del planeta”.

Aprendizaje permanente
Myriam Duarte desarrolla su columna en Plural TV, el programa de Canal 4 Posadas, que aborda a través de distintos columnistas temas relacionados con los derechos humanos, la identidad, la deconstrucción de los estereotipos heredados de una sociedad patriarcal y por lo tanto, injusta. En este desarrollo, sobre el proceso que naturaliza los mandatos sociales, también recuerda que en estos procesos de discusión sobre lo que pasa con los seres humanos, “con nuestra individualidad, con nuestros cuerpos, con nuestra forma de vivir, el afecto, la sexualidad y demás, entendamos que estamos todos en un proceso permanente de aprendizaje. Y que el ser humano ha pasado por muchísimas instancias de la cultura que lo han marcado, en formas más benévolas en algunos casos y en otros, en formas muy dañinas”.
Aún así, a través del tiempo, el ser humano aprendió otras formas que antes no se veían como posibles o como naturales: “hablamos en estas últimas instancias de cosas que resultan hoy tan obvias o tan simples como que una mujer pueda ir a una universidad y alcanzar una titulación universitaria, o que pueda abortar, o que tengan derechos sobre los hijos, o que haya derechos y responsabilidades compartidas dentro de las responsabilidades parentales”.
Y recuerda, que solo ayer (ayer significa pocas décadas) en la Argentina de la presidencia de Raúl Alfonsín (año 1985) las mujeres pasaron a compartir la patria potestad. Recién ahí alcanzaron el derecho sobre los hijos, compartido entre mujeres y varones. “Esa figura de la patria potestad hoy cambió, pero sigue siendo compartida. Y en muchos lugares del planeta todavía no se llegó a esa instancia. Estamos hablando de una serie de procesos que a lo largo del tiempo van teniendo mutaciones, pero que están asentados también en cuestiones netamente culturales y ya no biológicas. Respecto a todo esto podemos hablar no solamente de que las mujeres puedan acceder a ciertos roles en la educación, sino también a ciertos roles laborales a muchos lugares donde no estaba permitido ni era una opción”.
Recordó, en ese sentido, historias como las de Margaret Ann Bulkley, una mujer que se vistió de hombre para estudiar medicina en la universidad de Edimburgo y pasó a ser conocida como varón, bajo el nombre de James Miranda Stuart Barry, para estudiar y después ejercer como médico cirujano del ejército británico en las colonias.
En casos como este, recuerda Duarte, la academia científica, en lugar de revisar las cuestiones que hacían que una mujer no pudiera, en ese momento, hacer una carrera universitaria, prefieren ocultar o negar. Esta situación, aunque recatada como ejemplo, termina siendo una muestra de toda la sociedad. “A esto nos referimos cuando hablamos de conceptos como el cisgénero, por el solo hecho de ser mujer.
En este marco rescata la importancia de revisar qué partes de nuestra cultura todavía tiene ese sesgo, “donde algunas personas, acorde al sexo o al cuerpo con el que nacieron, o al género con el que se asumen, pueden o no pueden realizar determinadas actividades”.

Matrimonio igualitario y adopción
“Hace poco celebrábamos el aniversario de la ley de matrimonio igualitario en la Argentina, una ley que discutió, incluso, si esas personas –una vez casadas- estaban o no en condiciones de adoptar; una discusión, a mi criterio, violenta. Porque se planteaba en ese momento si el hecho de que dos personas del mismo sexo pudiera adoptar niños, llevaría a influir sobre esos niños, de alguna manera, en términos de sexo y género”, recordó.
Y trajo a colación un dato que no se difunde en esos contextos: “sabemos que más del 80%, en algunos casos hasta el 92%, de lo que son abusos sexuales en las familias ocurre en familias que son, supuestamente, heterosexuales y, por lo tanto, no hay ningún tipo de condicionante que pueda establecer una linealidad en cuanto a estas cuestiones. Ahí hay responsabilidades de crianza que son exactamente las mismas para progenitores, para padres biológicos, como para aquellos que toman la decisión de adoptar”.

La posición ideológica
En ese contexto, insiste Myriam Duarte, está reforzada la construcción de algo que es cultural como si fuera natural. Y también tiene que ver con esto de la división de los sexos y de los géneros y qué es lo que está permitido o admitido; o no. “Si dos mujeres son pareja y contraen matrimonio, tienen un vínculo civil y deciden adoptar tienen menos complicaciones que dos varones; y esto tiene que ver con asociar los roles de la mujer a la crianza, al cuidado; que siempre también estuvieron muy instalados en roles laborales, por ejemplo”, donde la docencia, la enfermería, el cuidado, la limpieza, la crianza o la atención de ancianos o personas discapacitadas son mejores si están en manos de mujeres. “Se propende a pensar que las mujeres tenemos mejores condiciones para realizar estas tareas, cuando en realidad son condiciones aprendidas a muy temprana edad, condicionadas por nuestro sexo”.
De manera contundente habla de revisar “revisarnos” todo el tiempo sobre las decisiones que tomamos basadas verdaderamente en una lógica que tiene que ver con lo mejor para las personas que intervienen en esa situación, o tienen que ver con preconceptos, prejuicios y mandatos arrastrados de generación en generación. “¿De dónde salen?”, se pregunta.

Pero es optimista:
-¿Vamos a poder desarmar pronto todo esto?
-No sé si pronto, pero creo que sí. Argentina es una de las sociedades más avanzadas en esta materia, y creo que las decisiones han llegado a una enorme profundidad en nuestro país, en las nuevas generaciones. Creo que sin ninguna duda estamos a la vanguardia en estas discusiones.