La estrategia de Bolsonaro con su desfile del 10 de agosto no implicó la amenaza efectiva de intervención, sino la simulación de una amenaza y un ensayo de esta capacidad de alineamiento con las Fuerzas. Del mismo modo, los objetivos del 7 de septiembre no son dar un golpe de Estado, sino medir fuerzas y conocer el alcance de su apoyo popular y, sobre todo, de su intervención en la policía militar.

Por Julia Almeida Vasconcelos da Silva *

Miércoles 8 de septiembre de 2021 (publicado en Le Monde diplomatique, edición Brasil). Los movimientos audaces necesitan demostraciones, medición de fuerzas y autoridad. Por lo tanto, no siempre parecen lo que realmente son. Cuando se planifican las acciones, se anticipa un movimiento con el objetivo de que, en el momento oportuno, se sepa exactamente la forma y las fuerzas que se reúnen.
El acto del 7 de septiembre tiene este carácter. Bolsonaro tiene como objetivo principal la movilización de su base social más cohesionada y, en particular, la de los oficiales de la policía militar, porque probar la fuerza y el tamaño del apoyo de este grupo armado al gobierno es de suma importancia para mantenerse en el poder. La manifestación del 7S comenzó a construirse a partir del conflicto en torno al voto impreso (Bolsonaro había propuesto adoptar boletas impresas para las urnas electrónicas, pero el 10 de agosto la Cámara de Diputados rechazó la propuesta) y del desfile militar ese mismo día en Brasilia, tras una escalada del discurso de amenaza de ruptura institucional por parte del gobierno.
El relato del voto con la boleta impresa y el discurso de amenaza a la democracia que viene presentando Bolsonaro tiene dos roles fundamentales. El primero, capaz de cohesionar al conjunto del bolsonarismo y, por lo tanto, más difuso entre su base leal, es la disputa por el concepto de democracia. Entre las estrategias fascistas del gobierno, disputar el significado de la democracia es esencial para justificar su escalada autoritaria (parece un disparate, pero no lo es). Bolsonaro apunta al Supremo Tribunal Federal, pero no sólo eso, su afirmación de que puede ser perjudicado en las urnas y de que hay un sector del Estado que se le opone y que no quiere más transparencia porque quiere dar un golpe es fundamental para la dinámica general de habilitar un discurso ganador. Es decir, logra construir una narrativa que da fuerza a la movilización permanente de su base social: si pierde las elecciones, es porque se las robaron y, si no hay elecciones, es porque no pudieron ser justas. La estrategia propagandística bolsonarista se ha centrado en este discurso, sobre todo a partir de la cuestión del voto en papel.

Demostración de poder
Para entender cómo se está construyendo esta narrativa, es esencial destacar que, efectivamente, Bolsonaro no luchó ni jugó todas sus cartas para aprobar la boleta impresa en la Cámara el 10 de agosto. No hizo una mesa de negociación, ni puso a disposición fondos para hacer tratos ni nada por el estilo. Bolsonaro sabe jugar con el centrão, y quien paga la orquesta, elige la música, tanto que tuvo importantes victorias haciendo estas jugadas. Así que no fue por falta de experiencia que fue derrotado, sino porque sus objetivos políticos eran otros. Nunca quiso negociar y sabía que no amenazaría ni ganaría el voto llevando un desfile militar a la Explanada (conocido como Operación Formosa). El verdadero propósito del desfile militar que realizó durante la jornada de la votación, por lo tanto, era construir una gran demostración de poder. Veamos.
Aunque la Operación Formosa ocurra con frecuencia, el día elegido (el de la votación en el Congreso), la unión del Ejército y la Fuerza Aérea, así como de la Marina, la participación del presidente y el paso por Brasilia fueron inusuales: fue transmutado y movilizado para este fin. El desfile nunca fue una amenaza real para la votación, pero necesitaba mostrar que esta amenaza podía ocurrir, necesitaba demostrar que hay dominio y voluntad para una alineación golpista. Tal vez esta fue la gran última prueba de Bolsonaro en las Fuerzas Armadas. Cuando se crea un escenario de simulación de amenaza militar y los tres comandantes en jefe, Ejército, Aeronáutica y Marina, acuerdan marchar junto a Bolsonaro en algo que representa una amenaza a otro poder (el Congreso), simbolizaban lo que Bolsonaro quería. El presidente daba muestras de que, si fuera necesario, tendrá el apoyo de las Fuerzas Armadas para más aventuras autoritarias. Cabe destacar que la ampliación de estos límites se viene construyendo desde hace meses, y tuvo como momentos importantes el cambio del ministro de Defensa en marzo de este año, junto a los tres comandantes militares, y la victoria de Bolsonaro con la no sanción al ex ministro de salud Eduardo Pazuello por su participación en la concentración de motos de Río en la que ninguno de los dos llevaba mascarilla. Estas interferencias lograron constituir un ensanchamiento de las fronteras con las Fuerzas y, en particular, el mensaje de que hay un alineamiento con Bolsonaro incluso en las amenazas a otros poderes.
En este sentido, es evidente que la estrategia de Bolsonaro con su desfile del 10 de agosto no implicaba la amenaza efectiva de intervención, sino la simulación de una amenaza y un ensayo de esta capacidad de alineamiento con las Fuerzas. Del mismo modo, los objetivos del 7 de septiembre no son dar un golpe de Estado, sino medir fuerzas y conocer el alcance de su apoyo popular y, sobre todo, de su intervención en la policía militar.
La mayor preocupación con respecto a la policía militar es que no hay ningún otro sector organizado que realmente “dispute” con el bolsonarismo este sector. Está claro que no hay homogeneidad entre la policía militar, y hay figuras que se oponen a Bolsonaro y que tienen una perspectiva democrática. Sin embargo, no hay nadie con un proyecto político de poder que pueda dar esta disputa. A lo largo de la República, la policía ya ha desempeñado el papel de ser una poderosa alternativa al poder central en las disputas oligárquicas locales, a través del mando de los gobernadores. La policía llegó a tener una fuerza militar correspondiente a la del ejército nacional. El motín de Ceará en 2019, con el fusilamiento de Cid Gomes, es un símbolo de la pérdida de influencia de los grupos locales sobre la policía.
Los objetivos del 7 de septiembre no son dar un golpe de Estado, sino medir fuerzas y conocer el alcance de su apoyo popular.
La dinámica de desguace de este sector, que realiza el trabajo sucio de control social, es uno de los principales elementos que condujo a este resultado. Esto es evidente en el caso de San Pablo: el control de los gobiernos estatales sobre la policía existe mientras el orden democrático esté vigente, pero no se manifiesta como una alineación orgánica o como una demostración de lealtad en cualquier situación. No es casualidad que la Asociación Nacional de Militares de Estado de Brasil emitiera una nota afirmando que están subordinados, sobre todo, a las Fuerzas Armadas, y no a los gobernadores de los estados (lo que es discutible desde el punto de vista de su norma de doble subordinación consagrada en la Constitución), en respuesta a una reunión convocada por el gobernador de San Pablo, João Dória, con otros gobernadores, que problematizó la participación de los policías militares en la manifestación del día 7.
Los propios sectores de la élite civil clásica han reducido mucho esta injerencia, y el bolsonarismo ha sido la principal estructura de cohesión de estos sectores en torno a un proyecto. Bolsonaro exalta y legitima las acciones cotidianas de estas fuerzas, incluso cuando son execradas por la sociedad. La disputa por las armas pesadas, la necesidad de una sociedad más militarizada, da fuerza y sentido ideológico a este sector, además de la promesa (nunca cumplida) de mejoras en las condiciones de vida. Sin embargo, el proyecto paralelo para mejorar estas condiciones, que son las milicias, ha ganado espacio y fuerza con Bolsonaro y es también un factor esencial en la radicalización de esta base de apoyo.
Esta preocupación se extiende también al conjunto de las Fuerzas Armadas. Hubo muchas disputas de sectores progresistas a lo largo de las décadas: el tenentismo, la infiltración de sectores comunistas que tenía como principal referente a Prestes, y más tarde Lamarca, entre otros. Sin embargo, las reformas llevadas a cabo por la dictadura cívico-militar pusieron fin a esta dinámica. Hoy vemos que las Fuerzas Armadas juegan un enorme papel en el gobierno de Bolsonaro, con control sobre la vicepresidencia, importantes ministerios y más de 6.000 cargos. La nota de amenaza del Ministro de Defensa Braga Netto firmada por los tres comandantes de las Fuerzas, el 7 de julio, tras la acusación de la implicación de los militares en la trama de Covaxin, es un gran ejemplo del control, la militarización y el sentido autoritario de la participación de los militares en el gobierno.
En general, Bolsonaro ha tratado de construir un discurso de endurecimiento antes y después de las elecciones. La narrativa que disputa es, o bien de endurecimiento porque no hay garantía de que las elecciones sean justas, o bien de intentar no reconocer la derrota electoral porque hubo fraude (ya que no aprobaron la boleta impresa). Aunque no aparezca en un primer momento, para Bolsonaro la batalla por el voto impreso tiene como objetivo de blindarlo de antemano y reunir las condiciones para dar pasos más autoritarios según el escenario electoral o postelectoral, y cómo empiece a cerrarse el cerco para él.
Está claro que hay innumerables sectores económicos, políticos y sociales que pueden interferir y cambiar la correlación de fuerzas de la escalada autoritaria de Bolsonaro, pero lo que debe llamar la atención es que, por primera vez en este periodo de gobierno, el presidente ha ensayado y reunido efectivamente fuerzas para enfrentar todas las alternativas posibles para su resultado. La declaración que hizo recientemente de que no prevé su derrota electoral es sincera. Sabe que ha infringido el Estado de Derecho por los posibles actos de corrupción, la implicación con las milicias y por su conducción de la pandemia. Bolsonaro caminará con su base social movilizada y acumulando fuerzas para dar los pasos que la coyuntura exija con miras a mantener su gobierno.
Finalmente, además de la base militar, llama la atención la adhesión de algunos sectores sociales, como los camioneros y los sectores evangélicos. La contradicción de experimentar el debilitamiento de la popularidad de Bolsonaro y la pérdida de algunos apoyos (o su debilitamiento) y, al mismo tiempo, lograr una primer gran movilización durante la pandemia, revela que la estrategia utilizada por su gabinete del odio y la máquina de fake news para crear un caos narrativo con disputas de la concepción democrática ha tenido efecto. Porque está claro que, a pesar de estar en un momento de debilitamiento, sigue teniendo relevancia social en su base más sólida.
Las manifestaciones del 7 de septiembre fueron movilizadas como nunca antes por el gobierno. Las amenazas de los grupos armados y la posibilidad de perder el control dan un tono más orgánico a una manifestación de perfil protofascista. Además de medir parte de su apoyo popular (que no es necesario que sea de una mayoría social, basta con que sea significativo), Bolsonaro quiere estar seguro, también centrándose en la policía militar, de que, si necesita apretar el botón, el engranaje estará en su sitio y tendrá la cadencia necesaria para sostener su mayor autoritarismo.

* Abogada. Máster en Derecho por la UFRJ y miembro de NEV/USP.