El 16 de septiembre de 1976 comenzó en La Plata una serie de secuestros de estudiantes secundarios que se prolongó durante varios días. Seis jóvenes permanecen desaparecidos y cuatro sobrevivieron a la detención clandestina, las torturas y la prisión. La mayoría militaba en organizaciones estudiantiles y políticas. Algunos habían participado en 1975 de la movilización por el boleto estudiantil, pero los testimonios de los sobrevivientes y las investigaciones posteriores permiten comprender aquellos secuestros dentro de la persecución política desplegada por la dictadura.

Miércoles 16 de septiembre de 2026. La madrugada del 16 de septiembre de 1976, grupos represivos llegaron a distintos domicilios de La Plata para buscar a estudiantes secundarios. Los jóvenes fueron trasladados a centros clandestinos de detención y sometidos a torturas.
María Claudia Falcone, Francisco López Muntaner, María Clara Ciocchini, Horacio Ungaro, Daniel Racero y Claudio de Acha permanecen desaparecidos.
Emilce Moler, Patricia Miranda, Pablo Díaz y Gustavo Calotti sobrevivieron.
Con el paso de las décadas, el episodio quedó instalado en la memoria argentina como “La Noche de los Lápices”. El nombre terminó asociado al reclamo por el boleto estudiantil secundario, pero las investigaciones históricas y los testimonios de los propios sobrevivientes permitieron ampliar esa explicación.
No se trató de un hecho aislado. Los secuestros formaron parte de la represión desplegada por la última dictadura contra militantes políticos, sindicales, sociales y estudiantiles.

El antecedente del boleto estudiantil
Durante 1975, estudiantes secundarios de La Plata participaron de movilizaciones para reclamar un boleto estudiantil con tarifa reducida. La campaña obtuvo resultados y el beneficio comenzó a aplicarse ese año.
Varios de los jóvenes secuestrados en septiembre de 1976 habían participado de aquellas movilizaciones.
La relación entre ambos hechos quedó instalada desde los primeros relatos sobre la Noche de los Lápices. Sin embargo, uno de los principales testimonios posteriores introdujo una precisión decisiva.
Emilce Moler, sobreviviente y entonces militante de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES), explicó que la movilización por el boleto había ocurrido en 1975 y que durante su secuestro los represores no le preguntaron por ese reclamo. Según su testimonio, la persecución estuvo vinculada con su militancia política.
La Universidad Nacional de La Plata también señala que los jóvenes secuestrados tenían militancia política y estudiantil. La mayoría pertenecía a la UES, mientras otros estaban vinculados con la Juventud Guevarista.
El boleto, por lo tanto, forma parte de la historia, pero no alcanza para explicar por sí solo la represión.

La persecución ya había comenzado
La violencia contra estudiantes y militantes políticos platenses no comenzó el 16 de septiembre. Durante los meses anteriores al golpe del 24 de marzo de 1976 ya se habían producido asesinatos, amenazas y persecuciones contra militantes de organizaciones políticas y estudiantiles.
Después del golpe, la represión adquirió una escala sistemática.
En La Plata operó una estructura represiva integrada por organismos de la Policía de la Provincia de Buenos Aires y sectores del Ejército. La investigación histórica de la UNLP ubica los secuestros de los estudiantes dentro del denominado Circuito Camps.
Ramón Camps estaba al frente de la Policía bonaerense. Miguel Osvaldo Etchecolatz dirigía la Dirección de Investigaciones de esa fuerza. Ambos terminarían condenados por delitos de lesa humanidad cometidos durante la dictadura.

La madrugada del 16
Durante la madrugada del 16 de septiembre fueron secuestrados seis estudiantes.
María Claudia Falcone y María Clara Ciocchini fueron secuestradas en un domicilio de La Plata. Francisco López Muntaner fue secuestrado en su casa. Horacio Ungaro y Daniel Racero fueron capturados en sus domicilios. Claudio de Acha también fue secuestrado. Los seis permanecen desaparecidos.
La Secretaría de Derechos Humanos de la Nación identifica a esos seis jóvenes como las víctimas que continúan desaparecidas dentro del grupo tradicionalmente asociado con la Noche de los Lápices.
La secuencia continuó después de aquella madrugada.
El 17 de septiembre fueron secuestradas Emilce Moler y Patricia Miranda. El 21 de septiembre secuestraron a Pablo Díaz. Gustavo Calotti había sido secuestrado el 8 de septiembre.
Por eso, cuando se habla de “La Noche de los Lápices”, conviene entender que la expresión resume una serie de secuestros producidos durante septiembre de 1976 y no solamente una operación ejecutada en una única noche. La propia UNLP utiliza esa perspectiva al reconstruir los hechos.

Quiénes eran
Los jóvenes pertenecían a distintas experiencias políticas y estudiantiles. La mayoría militaba en la Unión de Estudiantes Secundarios, organización vinculada al peronismo revolucionario. Otros tenían vínculos con la Juventud Guevarista.
No eran un grupo homogéneo. Tenían diferentes historias familiares, recorridos políticos y niveles de participación. Lo que los vinculó fue su condición de estudiantes y, en varios casos, su participación en organizaciones políticas y estudiantiles.
Ese aspecto quedó parcialmente desplazado por el relato construido en los primeros años de la democracia.
La recuperación de las trayectorias políticas de las víctimas no busca justificar los crímenes. Permite, por el contrario, comprender por qué la dictadura identificó como enemigos a jóvenes que participaban de organizaciones políticas.
La represión no necesitó que los estudiantes hubieran cometido un delito para secuestrarlos.

Los centros clandestinos
Después de los secuestros, los jóvenes fueron llevados a centros clandestinos de detención vinculados con el Circuito Camps.
Entre esos lugares estuvieron Arana, el Pozo de Banfield y el Pozo de Quilmes.
La Secretaría de Derechos Humanos documentó que el Pozo de Banfield funcionó como centro clandestino de detención, tortura y exterminio y formó parte del Circuito Camps. La misma fuente señala que por ese lugar pasaron alrededor de 350 personas durante la dictadura, muchas de las cuales permanecen desaparecidas.
Los estudiantes fueron sometidos a torturas.
Los cuatro sobrevivientes pudieron reconstruir posteriormente parte de aquella experiencia.
Los seis desaparecidos nunca volvieron a sus casas.

Los cuatro sobrevivientes
Gustavo Calotti fue secuestrado el 8 de septiembre de 1976. Su secuestro ocurrió antes de la fecha que quedó asociada al nombre de la Noche de los Lápices, pero su caso integra el grupo de diez estudiantes tradicionalmente identificado con el episodio.
Emilce Moler tenía 17 años cuando fue secuestrada el 17 de septiembre. Patricia Miranda también fue secuestrada ese día. Pablo Díaz fue detenido el 21 de septiembre.
Los cuatro pasaron por centros clandestinos y posteriormente recuperaron la libertad. La Secretaría de Derechos Humanos de la Nación los identifica como los cuatro sobrevivientes del grupo.

Pablo Díaz y el Juicio a las Juntas
La historia adquirió una dimensión nacional durante el Juicio a las Juntas, en 1985.
Pablo Díaz declaró ante la Justicia y relató los secuestros, las torturas y el cautiverio sufrido junto con otros estudiantes.
Su testimonio fue decisivo para que la sociedad argentina conociera públicamente el episodio.
Durante años, Díaz quedó instalado como “el sobreviviente de la Noche de los Lápices”. Esa formulación, sin embargo, generó posteriormente una discusión entre los propios protagonistas.
Díaz había sido el único sobreviviente que había permanecido con algunos de los jóvenes desaparecidos en determinados momentos del circuito represivo y quien luego llevó su testimonio al juicio. Pero Moler, Miranda y Calotti también habían sobrevivido a los secuestros y a la detención clandestina.
La propia UNLP documentó posteriormente esa diferencia y reconoció a los cuatro como sobrevivientes.

La historia que llegó al cine
En 1986, un año después del Juicio a las Juntas, María Seoane y Héctor Ruiz Núñez publicaron el libro La Noche de los Lápices. Ese mismo año Héctor Olivera estrenó la película basada en el episodio.
Ambas obras tuvieron una enorme influencia en la construcción de la memoria social sobre los estudiantes desaparecidos. El relato puso en primer plano a los adolescentes, el reclamo por el boleto estudiantil y la figura de Pablo Díaz.
Con el tiempo, sobrevivientes e investigadores señalaron que aquella representación había simplificado parte de la historia política de los jóvenes.
Los estudios académicos posteriores no cuestionaron los secuestros ni las desapariciones. Analizaron, en cambio, cómo la sociedad argentina fue construyendo diferentes relatos sobre el episodio después de la dictadura. La UNLP y trabajos académicos publicados por instituciones universitarias estudiaron especialmente la relación entre memoria, militancia política y representación pública de los hechos.

La reapertura de los juicios
La historia judicial atravesó distintas etapas.
El Juicio a las Juntas de 1985 permitió condenar a integrantes de las tres primeras juntas militares.
Después llegaron las leyes de Punto Final y Obediencia Debida y los indultos, que durante años limitaron las investigaciones y el juzgamiento de numerosos responsables.
La situación comenzó a cambiar en 2003, cuando el Congreso declaró la nulidad de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida. En 2005, la Corte Suprema de Justicia declaró su inconstitucionalidad.
Las causas por delitos de lesa humanidad volvieron a avanzar. Uno de los procesos centrales fue el juicio por el Circuito Camps.
La investigación alcanzó a numerosos centros clandestinos de la provincia de Buenos Aires y permitió establecer responsabilidades de integrantes de la estructura represiva.
El caso de Francisco López Muntaner llegó nuevamente a juicio.
En 2022, el Tribunal Oral Federal 1 de La Plata condenó a prisión perpetua a Miguel Osvaldo Etchecolatz y Julio César Garachico por homicidios, privaciones ilegales de la libertad y tormentos. Entre las víctimas estuvo Francisco López Muntaner.
La sentencia constituyó una nueva instancia judicial de reconocimiento de la responsabilidad de integrantes de la estructura represiva por crímenes cometidos contra uno de los estudiantes desaparecidos.

Pablo Díaz, 46 años después
En diciembre de 2022, Pablo Díaz terminó la escuela secundaria. Tenía 64 años.
Había quedado con materias pendientes después de su liberación y las amenazas que sufrió durante los años posteriores a su secuestro dificultaron su regreso a las aulas.
Terminó sus estudios mediante el programa FinEs y aprobó Matemática, la última materia que debía.
“Ellos rindieron conmigo”, dijo entonces, en referencia a sus compañeros desaparecidos.
La Provincia de Buenos Aires documentó aquella experiencia y recogió sus declaraciones sobre el significado personal de terminar la secundaria casi medio siglo después de haber sido secuestrado.
La frase condensa una dimensión humana que los expedientes judiciales difícilmente pueden transmitir: los estudiantes de 1976 tenían una vida antes de convertirse en nombres de una causa, fotografías de un acto escolar o rostros de una película.
Eran estudiantes. Tenían familias, amigos, compañeros, discusiones políticas, proyectos y una vida cotidiana que la represión interrumpió.

Qué ocurrió con los seis desaparecidos
María Claudia Falcone, Francisco López Muntaner, María Clara Ciocchini, Horacio Ungaro, Daniel Racero y Claudio de Acha continúan desaparecidos.
La Justicia pudo establecer que fueron víctimas de la estructura represiva que operó en La Plata y que estuvieron detenidos clandestinamente.
En el caso de Francisco López Muntaner, la Justicia estableció en 2022 responsabilidades penales concretas por su privación ilegal de la libertad y los tormentos sufridos.
La ausencia de los cuerpos constituye, hasta hoy, una parte fundamental de la historia.
El Estado conoce parte del recorrido de esos jóvenes dentro del aparato represivo, pero no existe una reconstrucción completa y judicialmente establecida del destino final de cada uno de ellos.
Por eso “desaparecido” sigue siendo la condición correcta para referirse a ellos.

La memoria se convirtió en política pública
El 16 de septiembre adquirió con el tiempo un lugar específico en el calendario educativo. En 1998, la Ciudad de Buenos Aires incorporó la fecha como Día de los Derechos del Estudiante Secundario.
En 2014, el Congreso Nacional sancionó la Ley 27.002 y estableció el 16 de septiembre como Día Nacional de la Juventud, en conmemoración de la denominada Noche de los Lápices. La norma también dispuso que el sistema educativo incorporara la fecha al calendario escolar.
La fecha dejó así de ser solamente una conmemoración construida por familiares, sobrevivientes y organizaciones de derechos humanos y pasó a integrar formalmente las políticas educativas nacionales.

Medio siglo después
En 2026 se cumplen cincuenta años del golpe de Estado y de aquellos secuestros.
La Universidad Nacional de La Plata y sus colegios preparan actividades conmemorativas durante este año. El Colegio Nacional de La Plata incluyó la Noche de los Lápices entre los acontecimientos que aborda en sus actividades de memoria y derechos humanos.
La revisión de estos cincuenta años deja una conclusión documental concreta: la Noche de los Lápices no fue solamente el episodio de una noche ni puede explicarse únicamente por el reclamo del boleto estudiantil.
Fue una serie de secuestros producidos en septiembre de 1976 contra jóvenes que, en su mayoría, participaban de organizaciones políticas y estudiantiles.
Seis continúan desaparecidos. Cuatro sobrevivieron y pudieron contar lo ocurrido. Uno de ellos, Pablo Díaz, llevó su testimonio al Juicio a las Juntas y contribuyó a que la historia ingresara en la memoria pública argentina.
Emilce Moler, Patricia Miranda y Gustavo Calotti también sobrevivieron y, con sus propios testimonios, permitieron ampliar y discutir aquella primera reconstrucción.
Cincuenta años después, esa discusión no cambia el hecho esencial: el Estado secuestró ilegalmente a aquellos jóvenes, los llevó a centros clandestinos, los torturó y, en seis casos, los hizo desaparecer.
Lo que cambió durante estas cinco décadas fue la posibilidad de conocer mejor quiénes eran.
La historia comenzó con sus nombres.
La investigación, los testimonios y los juicios permitieron reconstruir sus militancias, sus vínculos, sus recorridos por los centros clandestinos y las responsabilidades de algunos de los represores.
La memoria, mientras tanto, convirtió el 16 de septiembre en una fecha que cada generación vuelve a interrogar. Ese proceso todavía continúa.