Mientras que las plataformas acortan distancias, eliminan fronteras y permiten escuchar creaciones provenientes de países lejanos, una parte de los jóvenes en Argentina parecen estar haciendo el recorrido inverso. ¿Por qué después de años mirando hacia afuera, volteamos nuestra mirada a lo propio nuevamente?

Jueves 17 de septiembre de 2026 (Por Angeles Watters para El Grito del Sur). Peñas llenas de veinteañeros, artistas urbanos que incorporan chacareras, bombos y coplas, que deciden incorporar voces de artistas como Mercedes Sosa o volver sobre Atahualpa Yupanqui, caracterizan el nuevo escenario nacional. Nunca una generación tuvo tan fácil acceso a culturas extranjeras como hoy en día; sin embargo, muchos de estos jóvenes deciden descubrir y explorar sus propias raíces.
Cabe aclarar que las raíces de nuestro linaje son amplias y diversas y que el folklore nos permite recorrer cada una de ellas, sobre sus particularidades regionales, paisajes y memoria: la luna tucumana, la calle angosta de San Luis, los pisos de tierra de Santiago del Estero, las plazas de Córdoba. En la actualidad, conviven en una misma playlist distintos géneros y culturas. Estamos a un clic de trasladarnos a Puerto Rico cuando reproducimos un reggaetón, a Korea con el KPOP y a Estados Unidos con el hip hop. Durante años, lo novedoso pareció llegar desde afuera y lo local quedó muchas veces asociado a otras generaciones, a las provincias, a los actos escolares o a los discos que escuchaban los padres y los abuelos.
Pero algo empezó a moverse. El bombo legüero convive nuevamente con las bases urbanas; las chacareras aparecen ante públicos que también escuchan trap y reggaetón; las peñas dejan de ser imaginadas exclusivamente como espacios de gente grande. Artistas como Milo J hicieron posible que el folklore dialogue con géneros impensados y Cazzu volvió sobre sus raíces jujeñas y latinoamericanas en Latinaje. Una generación que, después de crecer culturalmente conectada con todo el planeta, parece haber empezado a preguntarse de dónde viene.
No obstante, hablar de un regreso implica analizar este fenómeno desde una perspectiva urbana y porteña. En muchas provincias de nuestro país, el folklore nunca dejó de existir, de estar presente, de formar parte de la vida cotidiana, no solo de los adultos, sino también de los chicos. Niños que desde pequeños compiten en certámenes, asisten a festivales, escuchan el bombo y la guitarra a diario. Lejos de desaparecer, el folklore siguió trazando su camino y desarrollándose por fuera de los grandes centros urbanos como Buenos Aires.
“En el interior no sorprende el interés generacional”, explica a El Grito del Sur Lucio Nicolás Poclava Martínez, licenciado en Folklore de la Universidad Nacional de las Artes (UNA) y docente de danzas. Según señala, en provincias como Salta o Jujuy los jóvenes crecen atravesados por estas expresiones y reconocen al folklore como parte de su identidad desde muy chicos. La novedad, para él, aparece con mayor fuerza en Buenos Aires y en los grandes circuitos urbanos, donde estas prácticas comienzan nuevamente a ganar visibilidad.
Esta continuidad también se desplaza a las aulas. El Departamento de Folklore de la UNA reúne carreras dedicadas específicamente al estudio de estas expresiones y, de acuerdo con Lucía Florencia Conde, licenciada en Folklore y secretaria de Desarrollo y Vinculación Institucional del Departamento, alrededor del 75% de sus estudiantes proviene de las provincias. “El interés siempre existió”, sostiene. Muchos llegan a la universidad después de haber comenzado a bailar, cantar o tocar instrumentos desde la infancia. Lo que sí observa en los últimos años es un crecimiento en el volumen y una mayor diversidad en la procedencia de quienes buscan formarse profesionalmente.
Pero a diferencia de lo que muchos creen, el estudiar folklore no se resume únicamente a aprender danza. La carrera combina danza, música, pensamiento latinoamericano, investigación y análisis político y social. Conde lo define como una “cultura viva”: no una postal congelada del pasado, sino un conjunto de prácticas y sentidos que se transforman junto con las sociedades que los producen.
Pero si el folklore nunca dejó de existir entre los jóvenes, ¿por qué puede vincularse con algo antiguo? Para Conde, parte de la explicación está en la manera en que históricamente fue transmitido, muchas veces quedó “congelado en la efeméride”, reducido a la escarapela, la chacarera del 25 de Mayo o el acto escolar. En lugar de presentarlo como una cultura en movimiento, se lo enseñó como algo que debía preservarse intacto.
Damián Lemes, cantautor y arquitecto gualeguaychuense, quien con su canción “La Yuyera” ganó el Rubro Canción Inédita en el Pre Cosquín 2026, vuelve sobre esta idea: “tradición en movimiento”, no pensar la tradición como algo encapsulado en el tiempo, sino como algo que muta y se enriquece, como algo dinámico, pero al mismo tiempo respetando lo que nos antecede.
Quizás lo que está cambiando no es la presencia del folklore, sino la imagen mental que se crea en los jóvenes cuando hablamos de él. El término ya no solo evoca a un gaucho, un zapateo o un acto escolar. Hoy en día este género convive y se mezcla con otros ritmos urbanos, se fusiona con una base de trap y ya no se percibe como algo antiguo.
Sin embargo, Damián nos advierte que estas combinaciones de géneros no son algo novedoso, es algo que ya hemos presenciado en el pasado. Los Nocheros crearon un folklore mucho más eléctrico, siendo un grupo salteño con alto impacto en la tradición e historia folklórica.
Lucio insiste en que lo que está sucediendo es algo bueno porque diferentes artistas introducen nuevos géneros y ritmos, lo cual permite que los jóvenes se introduzcan en esta tradición. Poclava también entiende a este fenómeno como parte de una dinámica que se repite a lo largo del tiempo: “resulta importante también entender que es todo cíclico, esto ya sucedió con Mercedes Sosa, en los ´90 con Los Nocheros, La Sole con su poncho. Luego esto se interioriza y la gente se acostumbra”.
Para Conde, estos cruces no amenazan necesariamente la tradición. Todo lo contrario: “Una tradición sólo está viva si cambia, si se transforma”. Desde esa perspectiva, cuando Milo J incorpora un bombo, una vidala o una copla a lenguajes cercanos al trap y al R&B, no estaría desdibujando el folklore sino haciendo algo que el género hizo desde sus orígenes: tomar una memoria colectiva y expresarla con las herramientas de su presente.
Lo que para algunos puede comenzar como una canción descubierta a través de Milo J o Cazzu puede terminar abriendo la puerta hacia algo que estaba mucho antes que ellos: una cultura transmitida entre generaciones. Quizás por eso, Lemes prefiere explicarlo desde un lugar menos racional: “Hay algo muy poético: músicas que nos conocen desde antes. Cuando las escuchamos por primera vez, algo distinto vibra en nuestra sangre y nos emociona. Lo mismo pasa cuando estamos lejos: el desarraigo se vuelve emoción al escuchar un sonido de nuestra tierra lejana. Me gusta pensarlo así”.
Tal vez el fenómeno no consista entonces en elegir entre lo extranjero y lo nacional. Los jóvenes pueden escuchar un dembow dominicano, un reggaetón puertorriqueño y una chacarera santiagueña dentro de la misma playlist. La diferencia es que, entre todos esos géneros disponibles, algunas piezas contienen historias y símbolos capaces de hacernos preguntar: ¿de dónde venimos? En un mundo donde casi todo parece estar a un clic de distancia, lo cercano vuelve a adquirir una fuerza distinta: la de recordarnos de dónde venimos.

N de la R. La autora de la nota escribió folklore con k. Misiones Plural varió la escritura de esa palabra en el título y optó por el término castellanizado, es decir, folclore, con c. En el cuerpo de la nota mantuvo su redacción original.