La Argentina enfrenta un escenario de pérdida de competitividad turística marcado por el aumento de costos, la presión impositiva, las tarifas de servicios y las dificultades de conectividad. Pero reducir el problema al precio deja afuera otros factores que determinan la capacidad de los destinos para atraer visitantes, diferenciarse y sostener su actividad. Esta es la primera nota de una serie sobre competitividad turística en la Argentina. La segunda parte analiza el contexto internacional y la comparación con Brasil; la tercera, la concentración empresarial y financiera detrás del negocio global del turismo.
Por Oscar Alejandro Degiusti, licenciado en Turismo
Jueves 24 de septiembre de 2026. La palabra «competitividad» se repite en cada rueda de prensa del sector turístico, casi siempre como sinónimo de «precio». Pero el concepto es más amplio y más resbaladizo de lo que parece y, antes de repetirlo, conviene preguntarse qué significa realmente y qué hay, en concreto, detrás del reclamo empresarial.
En los últimos meses, el turismo argentino atraviesa un momento marcado por dos palabras que repiten analistas, empresarios, profesionales y funcionarios por igual: crisis y competitividad. Ambas funcionan como una instantánea del presente de la actividad, pero también como un diagnóstico cómodo que muchas veces evita preguntas más incómodas.
La «crisis» del sector —menos turistas, estadías más cortas, menor rentabilidad de empresas y destinos— suele explicarse, sin mucho matiz, como consecuencia de «haber perdido la competitividad». Vale la pena desarmar esa frase.
Qué es, en rigor, una crisis
Según la Real Academia Española, una crisis es una «reducción en la tasa de crecimiento de la producción de una economía, o fase más baja de la actividad de un ciclo económico», y propone como sinónimos «cambio, mutación, dificultad, depresión, recesión». En un sentido más amplio, es un cambio profundo, brusco e inestable en una situación o proceso, que trae consecuencias importantes y un alto nivel de incertidumbre: un momento de inflexión en el que las cosas pueden mejorar o empeorar. No es, en principio, un estado permanente ni irreversible.
La competitividad, en cambio, tiene un origen más específico: como concepto de gestión, remite a la década de 1980 y a Michael E. Porter, quien la asoció a la capacidad de una empresa para generar valor añadido para sus clientes o alcanzar menores costos que sus rivales. Aplicado a destinos turísticos, Hassan (2000) la definió como «la capacidad para crear e integrar productos con valor añadido, que permitan sostener los recursos locales y conservar la posición de mercado respecto a los competidores». Es decir: no alcanza con tener atractivos; hay que poder convertirlos en una ventaja sostenida frente a otros destinos.
El Foro Económico Mundial propone medir esa competitividad a través de un conjunto amplio de variables: infraestructura y conectividad, atractivos turísticos, precios, sostenibilidad, entorno y gestión del lugar. Y la literatura especializada distingue, en general, dos caminos para construir ventaja competitiva: por costos (precios más bajos) o por diferenciación (un producto más singular o de mayor calidad). En la práctica, ningún destino elige uno solo: los dos enfoques conviven, aunque en la Argentina el debate público se concentra casi exclusivamente en el primero.
Esa es la primera distorsión que vale la pena señalar: cuando se habla de «pérdida de competitividad» en la Argentina, casi siempre se habla, en realidad, de costos. Es un recorte legítimo —y el que más impacta al bolsillo del turista y del empresario—, pero es solo una parte del problema.
Los números no mienten
Antes de entrar en el debate de costos, conviene mirar los números que lo motivan. Durante 2025 viajaron al extranjero 18.838.900 argentinos, mientras que ingresaron al país 8.775.600 visitantes de otros países —de los cuales 5,68 millones fueron turistas y el resto, excursionistas—. La diferencia: un déficit de más de 10 millones de personas.
Según el último informe de la Balanza de Pagos, el turismo receptivo captó USD 4.852 millones en 2025, mientras que los argentinos gastaron en el exterior USD 12.072 millones, con un saldo negativo de USD 7.221 millones en el turismo internacional.
Entre enero y julio de 2026, la llegada de turistas receptivos sumó 3.364.100 personas (+7,6% interanual), mientras que los egresos totalizaron 7.080.800 turistas (-13,6% interanual). Esa dinámica permitió reducir el déficit acumulado un 26,7% frente al mismo período del año anterior y consolidó una tendencia a la baja en la salida mensual de residentes. Aun así, el gasto de los visitantes internacionales en 2025 se ubicó un 33% por debajo del nivel de 2019, en parte por las dificultades de conectividad aérea y los costos operativos de los operadores internacionales.
Conviene incorporar un dato de contexto que suele faltar en el debate: la Argentina tuvo déficit en su balanza turística durante 42 de los últimos 49 años. El desequilibrio actual no es una anomalía coyuntural, sino la continuidad de un patrón estructural que antecede largamente a esta gestión de gobierno y a la anterior.
En el frente hotelero, 2025 tuvo picos de ocupación de entre 70% y 80% en las principales temporadas, pero ya en las vacaciones de invierno se notó la baja de turistas nacionales en varios destinos, tendencia que se profundizó en el verano y en julio de 2026. El movimiento no bajó tanto como se redistribuyó: estadías más cortas, reservas de último momento y un cuidado mayor sobre los consumos.
Como resumió Daniel Prieto, presidente de FEHGRA, en el encuentro de Hotelga: «El comensal y el turista argentino no dejaron de salir. (…) Se decide más tarde reservar un hotel, se gasta menos por persona en los destinos y el ticket del restaurante o del bar es más chico». Fuera de temporada alta y de los fines de semana largos, la demanda no logra cubrir el 40% de la oferta disponible.
Vale una aclaración metodológica que suele pasarse por alto: la ocupación hotelera sirve para comparar el movimiento turístico dentro de cada destino, pero no para comparar ingresos de turistas entre destinos distintos, porque la cantidad de plazas disponibles varía mucho de uno a otro. Un 40% de ocupación en Bariloche equivale, en volumen absoluto, a un 80% de ocupación en Puerto Iguazú. Es un matiz que cambia por completo la lectura de cualquier «buena» o «mala» temporada.
El precio de ser «caros»
Si algo queda claro al revisar los costos es que el problema empieza antes de llegar al destino y no se limita a la tarifa hotelera. Hay que analizarlo desde el mismo momento en que el turista abandona su residencia habitual.
Conectividad aérea. En el turismo internacional de largo alcance, el transporte aéreo es esencial, más aún en un país tan extenso como la Argentina, donde recorrer distintos paisajes suele exigir varios trasbordos internos. Y la Argentina tiene uno de los pasajes aéreos más caros del mundo, un costo que golpea sobre todo al turista nacional.
La política de «cielos abiertos» —pensada para eliminar restricciones de rutas, frecuencias y precios, atraer nuevas compañías y mejorar la conectividad— hasta ahora se tradujo, sobre todo, en firmas de tratados y en vuelos hacia destinos que ya eran rentables. En muchos destinos turísticos importantes, la conectividad sigue siendo un déficit considerable.
A esto se suma un factor externo: el conflicto en Medio Oriente entre Estados Unidos e Israel contra Irán, que, al dificultar el transporte de petróleo, elevó los precios del combustible y, con ellos, los del transporte aéreo global.
El dólar. El tipo de cambio funciona como un termómetro casi inmediato de la demanda: atrae o desalienta visitantes e impulsa en las zonas fronterizas lo que podríamos llamar «el turismo y el excursionismo de supermercado».
La apreciación del peso en 2026, combinada con una recuperación incipiente del turismo receptivo que todavía no equilibra los egresos, generó lecturas muy distintas entre los actores del sector. Daniel Scioli, secretario de Turismo, Ambiente y Deportes, respondió a las críticas sobre el encarecimiento del país con una frase que resume el debate: «La Argentina no es un país caro, es un país valioso», para plantear que conviene dejar de pensar los destinos solo en términos de precio.
Es un argumento razonable en el plano conceptual —las variaciones cambiarias influyen sobre todo en el turismo regional y mucho menos en los turistas de largo alcance—, pero no alcanza para explicar la magnitud del reclamo empresarial, que apunta a otro lado.
Impuestos y tarifas de servicios. Es, probablemente, el frente donde más consenso hay dentro del sector. Aldo Elías, expresidente de la Cámara Argentina de Turismo, sostiene en cada oportunidad que tiene que la carga tributaria y los costos de electricidad y agua inciden directamente en la tarifa final de los hoteles y, por lo tanto, restan competitividad.
Los números respaldan el reclamo: durante el gobierno de Javier Milei, la electricidad para el sector comercial subió, de forma acumulada, entre 500% y más de 900%; el gas, un 2.185%; y el agua, un 525%. En la Patagonia, los establecimientos más grandes pagan facturas de electricidad de hasta 60 millones de pesos mensuales, y los hoteles más chicos superan los 15 millones. En Villa La Angostura hay hoteles que pagaban 1,5 millones mensuales de gas y ahora reciben facturas de entre 7 y 9 millones. Según cuentan, hay establecimientos que directamente apagan las piscinas climatizadas para que la operación siga siendo rentable.
A esto se suma el reclamo sobre costos laborales, que Elías resume con una cifra concreta: «aquella empresa que paga 100 millones de pesos de sueldos, paga 50 millones más de cargas sociales».
Y Solange Lerea, de la AHT de Puerto Iguazú, agrega un dato relevante: aunque los hoteles de cuatro y cinco estrellas tuvieron buena ocupación, eso no se tradujo en mayor rentabilidad. La estrategia, según explica, pasa por «mejorar la relación costo-ingreso», bajando especialmente los costos laborales y energéticos.
El IVA. Es un capítulo con historia propia. En 1998, la Argentina registró el primer antecedente en América Latina de un régimen de devolución del IVA para productos de origen nacional, a través del sistema Tax Free de Global Blue, que dejaba afuera del beneficio a los artículos importados.
En 2017, el entonces ministro de Turismo, Gustavo Santos, presentó en FITUR Madrid el reintegro directo del 21% del IVA por alojamiento y desayuno a turistas extranjeros. Extender ese régimen a otros servicios turísticos —no solo al alojamiento— es un reclamo habitual del sector, que lo plantea como una herramienta directa para estimular el consumo en destino.
Dicho de otro modo: es la disyuntiva entre ofrecer un producto 21% más barato o 21% más caro frente a la competencia regional, algo que no depende del tipo de cambio ni de las tarifas de servicios, sino de una decisión de política fiscal.
La pregunta que falta hacer
Toda esta acumulación de costos explica el malestar del sector, pero no cierra la discusión sobre competitividad. Quedan preguntas abiertas que conviene no saltear: ¿un destino competitivo es el resultado de empresas y prestadores competitivos o es una variable más entre otras? ¿Una gran ventaja comparativa —como las Cataratas del Iguazú— estimula a los prestadores a diferenciarse o les permite relajarse porque el atractivo ya «vende solo»? ¿Es realmente la competitividad el principal atributo que motiva un viaje?
La respuesta, como suele pasar, no es lineal. En general, la competitividad de un destino depende de dos frentes que rara vez avanzan al mismo ritmo: por un lado, la intervención del Estado en lo que le compete —infraestructura, seguridad, accesos, comunicaciones, conectividad—; por el otro, la responsabilidad de las empresas y prestadores —calidad, transparencia, responsabilidad empresarial—.
Contar con una ventaja comparativa superlativa puede disimular ciertos déficits propios del producto en el mercado interno, pero resulta mucho más difícil sostener esa ventaja en el mercado internacional, donde la comparación es contra el mundo entero.
Hay, además, un dato que conviene no perder de vista y que matiza buena parte del reclamo empresarial: las variables de costo pesan mucho en la competencia por el turista internacional frente a otros destinos del mundo. Pero, entre los destinos argentinos, todos comparten, en general, la misma estructura de costos —el mismo tipo de cambio, la misma presión impositiva, las mismas tarifas de energía—, así que ahí la disputa no es por precio, sino por volumen de visitantes.
Dicho de otro modo: la Argentina puede perder turistas frente a Brasil por una cuestión de costos, pero Mar del Plata no le gana ni le pierde visitantes a Bariloche por esa misma razón. El aumento de turistas internacionales, de hecho, no alcanza a compensar la contracción del consumo del turista argentino en sus propios destinos nacionales.
La estructura de costos que encarece el producto turístico argentino —tanto para el mercado interno como para el internacional— es real, está documentada y tiene responsables identificables: tarifas de energía, presión impositiva, costo del combustible y tipo de cambio.
Pero reducir toda la discusión sobre competitividad a esa lista de costos es, en el mejor de los casos, una simplificación. En el peor, una forma de no mirar el resto del tablero: un mundo que también está compitiendo por el mismo turista y que atraviesa su propia crisis.
Esta es la primera nota de una serie sobre competitividad turística en la Argentina. La segunda parte analiza el contexto internacional y la comparación con Brasil; la tercera, la concentración empresarial y financiera detrás del negocio global del turismo.
