trabajadores sociales

“Cabe caracterizar al trabajador social como un actor político (en tanto opera sobre lo social), que pueda estar en condiciones de asumir análisis críticos (de la política social, de las instituciones y de su propia práctica) y desplegar acciones concientizadoras acerca de los procesos de carácter estructural que afectan particularmente a los sectores sociales tradicionalmente más vulnerados. En un sentido amplio, toda práctica social es una práctica política”, sostiene Norberto Alayón en reflexiones sobre el rol profesional.

Por el Profesor Norberto Alayón, Facultad de Ciencias Sociales (UBA)

En el mes de agosto de 1990 se llevó a cabo, en Buenos Aires, el XI Simposio Internacional de Trabajo Social, organizado por la Federación Internacional de Trabajadores Sociales (FITS). En dicho evento disertó el reconocido intelectual brasileño Paulo Freire. Paralelamente ofreció una charla abierta para estudiantes y profesionales, la cual se llevó a cabo el 9 de agosto en el Aula Magna de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires.
Después del golpe militar que se produjo en Brasil en 1964, instalando en la presidencia al Gral. Castelo Branco, Freire se exilió en Bolivia en septiembre de ese año. Acaecido otro golpe militar en Bolivia, que impuso como presidente al Gral. René Barrientos, se trasladó a Chile en el mes de noviembre, pocos días después de haber asumido la presidencia de ese país el demócrata cristiano Eduardo Frei. Trabajó en educación popular hasta principios de 1969 (antes de la elección del gobierno popular de Salvador Allende), asesorando al Ministerio de Educación, al Instituto de Desarrollo Agropecuario y al Instituto de Reforma Agraria. Muchos años más tarde fue Secretario de Educación de Sao Paulo, Brasil, por el Partido de los Trabajadores.
En la conversación informal expuso, ante la pregunta de un colega de Chubut acerca del rol del trabajador social, resaltando lo siguiente: “cuando me preguntan sobre el rol del trabajador social en uno u otro campo, se corre el riesgo de pensar que haya un rol universal del trabajador social. La cuestión es que el trabajador social como cualquier educador es un ser -como cualquier hombre y cualquier mujer- histórico, haciéndose y rehaciéndose en la historia, social y no individualmente. El trabajador social es, justamente por ser un trabajador social, un político, lo sepa o no. Ahí no cuenta la subjetividad del trabajador social, lo que cuenta es la objetividad de su práctica. La práctica del trabajador social es política, independientemente de que el trabajador lo sepa. Lo bueno es que lo sepa. La respuesta sería: depende de la opción política del trabajador social, depende de la competencia científica y técnica del trabajador social, depende de la coherencia que el trabajador social tenga en su acción en función de su opción política, depende de los límites institucionales, políticos, culturales y económicos, etc. a los que el trabajador esté sometido. Esto significa que la respuesta al mismo tiempo es difícil, porque no hay una sola, sino que hay diferentes hipótesis. Sin embargo, creo que deberíamos decir que una de las tareas básicas del trabajador social, si este trabajador o educador social es progresista, es plantear, tantas veces como le sea posible, al grupo de obreros o a la comunidad en general, la cotidianeidad misma, la experiencia cotidiana de los grupos para que, tomando su propia experiencia cotidiana en la que se constituye su saber como sentido común, puedan descubrir o hacer otra lectura más crítica de su cotidianeidad, iluminando con esta lectura crítica la razón de ser de su situación opresiva.”
Y agregó: “Hoy, en la conferencia del Congreso, decía que una de las tareas de los trabajadores sociales progresistas en este fin de siglo, es desarrollar prácticas desocultadoras de lo real y nunca ‘ocultantes’. Esto es, una práctica de develamiento de la ideología que nos domestica, para que, aclarando la penumbra que esta ideología genera, podamos iluminar la realidad concreta que necesitamos transformar.”
Reflexionar, conjuntamente con los sectores populares, sin pretensiones paternalistas ni “iluminadoras”, acerca de los orígenes de la pobreza, de la vulneración, de la discriminación, en suma de la injusticia social, que predomina en el funcionamiento de nuestras sociedades, puede significar una contribución sustancial de la práctica de los trabajadores sociales que potencie la inescindible dimensión política de esta profesión. Es desde esta perspectiva, que cabe caracterizar al trabajador social como un actor político (en tanto opera sobre lo social), que pueda estar en condiciones de asumir análisis críticos (de la política social, de las instituciones y de su propia práctica) y desplegar acciones concientizadoras acerca de los procesos de carácter estructural que afectan particularmente a los sectores sociales tradicionalmente más vulnerados. En un sentido amplio, toda práctica social es una práctica política.
Por otra parte, sobre las organizaciones gremiales de los docentes, destacó un aspecto crucial que no suele ser tenido suficientemente en cuenta. Afirmó que “un sindicato de educadores tendría que tener momentos de grandes peleas por reivindicaciones salariales, pero jamás reducir su lucha a esto. Un sindicato de educadores tendría que preocuparse también por algo que es fundamental y que es la formación permanente de sus cuadros. Es importante no dejar la formación permanente -que ni siquiera es permanente- de los educadores, en manos del Estado burgués. Debe entrar en ese campo y preocuparse por esas cosas, que yo creo que son fundamentales y hasta ahora han sido abandonadas.”
La debida capacitación de los docentes, en sus distintos niveles, también constituye un aporte estratégico para contribuir a identificar y comprender rigurosamente el sistema social vigente y, a la vez, ir apuntalando los cambios que conduzcan hacia un orden social más justo y equitativo.

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