El proteccionismo de Trump si marca cambios en el orden mundial, no debe interpretarse como el fin de la globalización, considera Cecilia Britto. La representante de Misiones en el Parlasur observa la falta de decisión política de Macri y Temer para liderar el fortalecimiento del Mercosur como espacio estratégico de nuestros países que, denuncia, se ven afectados por un proceso de neocolonialismo.

Posadas (Viernes, 27 de enero) Nuestros países están sufriendo un  proceso que nos prepara para nuevas formas de colonización sostiene la representante de Misiones en el Parlasur, Cecilia Britto. En un profundo y lúcido análisis de los cambios que se están produciendo en el orden mundial, tras el Brexit, la consagración de Trump y la alianza estratégica de China y Rusia entre otros factores, Britto condena la falta de decisión política de los gobiernos de Macri y Temer para liderar el fortalecimiento de un bloque regional.  Señala que es congruente con lo que expresan los dos gobiernos: “fieles exponentes de un liberalismo extremo, focalización de cada una de sus políticas al engrandecimiento de los intereses de las corporaciones. La instalación de un Estado que no regula la economía, sino que genera desde el Estado los instrumentos (Leyes, decretos, resoluciones, etc) para que las corporaciones direccionen la economía”. Entrevistada por este sitio, admite la dilución del sentido estratégico del Mercosur y de las instituciones como el Parlamento del Sur. Veamos:

Donald Trump le puso fin a la participación de EEUU en el Acuerdo Transpacífico, TPP, decisión que es coherente con su discurso proteccionista. ¿Este giro en la política exterior del imperio no obliga a las gestiones de Macri y Temper  a volver sobre sus pasos y tratar de fortalecer el Mercosur?

“Lo que acabamos de hacer es una gran cosa para los trabajadores estadounidenses”. Es toda una definición del presidente de Estados Unidos, Donald Trump. La pronunció tras firmar la orden ejecutiva mediante la cual retiraba a su país del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP). La decisión excluye a EE.UU de un tratado comercial creado e impulsado por su antecesor Barack Obama. El TPP con EEUU incluía 12 países que representaban el 40% del PIB mundial y un mercado con aproximadamente 800 millones de habitantes. El acuerdo integraba también a tres países latinoamericanos (México, Perú y Chile), junto a Canadá y a siete naciones de Asia Pacífico: Australia, Japón, Malasia, Vietnam, Brunei, Singapur y Nueva Zelanda. Para Trump, desde su campaña y desde una filosofía proteccionista extrema,  este tipo de tratados comerciales son lesivos para los intereses de los trabajadores estadounidenses. Sin dudas este giro afecta al resto de los miembros y veremos cómo queda en este nuevo contexto parado el Mercosur, sus desafíos y hasta su existencia.

 La retirada de Estados Unidos del TPP genera un territorio desconocido, y con certeza habrá ganadores y perdedores. La incertidumbre es global. Los otros países integrantes del TTP están analizando cómo seguir…  Peter A. Petri, profesor de Finanzas Internacionales en la Escuela Internacional de Negocios Brandeis, destacó que para avanzar se necesita  un cambio en la redacción del texto actual pues este exige que para su entrada en vigor el acuerdo debe ser ratificado por un mínimo de 6 países que representen el 85% del PIB combinado de todos los miembros. EE.UU por si solo representa el 57% del PIB de las naciones del TPP, en consecuencia esa ratificación no sería posible sin su participación. Por lo pronto el gran desafío es saber que harán los países que lo integraban y hacerlo funcionar sin EEUU. Otros especialistas ya vaticinan la muerte del tratado. Sin dudas las expectativas de los países que lo integran era entrar al mercado del gigante americano, algo que acaba de derrumbarse categóricamente. Es lógico pensar que se iniciará un proceso de acuerdos bilaterales entre esos países que integraban el TTP y que pueda ser esta la próxima geopolítica asociativa mundial. En estos términos lo anunció ya Peña Nieto Presidente de México y el ministro de Comercio Exterior de Perú.

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China sale ganando sin dudas, quien veía en el TTP un mecanismo que consolidaba el liderazgo estadounidense en Asia. Ahora sin EEUU, países como Australia, Japón, Malasia, Vietnam, Brinei, Singapur y Nueva Zelanda generan a China enormes expectativas comerciales y éstos necesariamente buscaran en el gigante asiáticos nuevas oportunidades. El multilateralismo pierde fuerza desde la crisis del 2008, el Brexit, otros innumerables factores y la irrupción de Trump en las principales decisiones globales  y es posible siga esta tendencia  en tanto se acelere paralelamente otra tendencia hacia un comercio y acuerdos de inversión bilaterales. Esto crea una oportunidad para que China lidere el establecimiento de un pacto comercial para Asia, una oportunidad que los líderes chinos ya están listos para aprovechar. Como resultado de ello, junto con su estrategia de “un cinturón, una ruta” y su creación del Banco Asiático de Inversión en Infraestructura, la influencia de China en la región se expandirá significativamente.

Mientras tanto, para los países como los de América Latina y tantos otros con posibilidades de desarrollo, la tendencia de alejarse del multilateralismo puede ser letal. Los países pobres y menos desarrollados que encontraron oportunidades para crecer y prosperar en el antiguo orden, tendrán que esforzarse para negociar de manera efectiva en una base bilateral. Ahora bien, es previsible pensar que Trump en su visión proteccionista no está dispuesto a trabajar asociaciones que generen oportunidades a otros países dentro del mercado norteamericano, al contrario, para Trump el mundo es una oportunidad para EEUU y trabajara en asociaciones bilaterales altamente beneficiosas para su país. Los mercados Comunes, los Boques Económicos, y todas las asociaciones integracionistas multilaterales y pluriculturales buscan beneficios comunes, reciprocidad como regla de oro. Pues este concepto y esta filosofía no existen en los EEUU de Donald Trump, quien lo expresó claramente que trabajara exclusivamente para el bienestar de los Norteamericanos.

Sin dudas hoy el Mercosur, como el mundo entero vive una incertidumbre absoluta. Es imposible ocultar que el proceso de integración regional viene atravesando una profunda crisis que ha erosionado su credibilidad. Hoy el Mercosur carece de sentido estratégico como política pública regional/multilateral. El Mercosur constituye un instrumento potencialmente importante para mejorar el desempeño económico y la integración a la economía mundial de los países que lo componen, pero necesita decisiones políticas sostenidas en el tiempo que no existen hoy, y tampoco se vislumbra que esa situación vaya a cambiar. Podemos indicar algunos factores principales que explican la crisis actual del Mercosur:  la erosión de los objetivos comunes que impulsaron a los Estados parte al construir este espacio común y a involucrarse en el proceso de integración regional,  la pérdida de foco y de capacidad para jerarquizar los problemas de política subyacentes. La progresiva dilución de una visión de proyecto común y de un continentalismo como proyecto de expansión, desarrollo y unidad. La pérdida de foco regional ha transformado la agenda de negociación del Mercosur en una mera agregación de demandas nacionales. La incapacidad para tratar una agenda de esta naturaleza ha afectado sensiblemente la credibilidad del proceso de integración regional. A estas abreviadas consideraciones es menester afirmar que los dos países más importantes del proceso de integración en el Mercosur, Brasil y Argentina hoy no tienen vocación ni decisión política de consolidar este Mercado Común. Países con presidentes extremadamente liberales, sin políticas económicas que den respuestas a los problemas más básicos de la sociedad, como Macri y Temer, quienes además enfrentan gravísimas crisis de índole política, económica y social que los incapacita para liderar procesos integracionistas en la América del Sur de este tiempo y de este nuevo orden mundial. Además, partamos que son presidentes que han decidido que las economías de sus países manejen las corporaciones y no el Estado…decisiones que confrontan con la consolidación de un modelo multilateral que necesita Estados fuertes con objetivos comunes, el diseño de un destino colectivo con un fuerte liderazgo que impulse la cooperación como herramienta vital. Sin dudas el Mercosur como fue concebido: un Mercado del Sur con objetivos comerciales, sociales, pluriculturales, potenciador de un espíritu latinoamericano potente, donde sus economías no estén sometidas al libre mercado, sino manejadas por sus Estados, y que juntos construyeran un espacio de poder interestatal, intergubernamental como herramienta de desarrollo de sus pueblos, hoy ese Mercosur transita su etapa más crítica, transformado casi en un espacio diplomático, con una identidad que se diluye cada día.

¿Es Trump un accidente o expresa junto al Brexit el agotamiento de la globalización con eje en el sector financiero?

Para contextualizar esta respuesta parto de una entrevista que hicieran a Blätter für Deutsche und Internationale Politik, el legendario sociólogo alemán Jürgen Habermas quien hablaba del “nuevo desorden global” y llamaba a la izquierda europea a preguntarse por qué el populismo de derecha está ganándose el favor de los desaventajados “para seguir el camino errado del aislamiento nacional”. Y habló de otras cosas, incluyendo “la movilización del resentimiento” que observaba en EEUU y que estaría “dando rienda suelta a las dislocaciones sociales”.  Sigue diciendo en la entrevista que en 2016 un fantasma recorre Europa y buena parte del resto del mundo. Un fenómeno de múltiples caras que repite el patrón de mirar hacia adentro, de buscar a las tribus y de levantar muros. Un escenario que ve campear a líderes de ocasión -uno de ellos jamás escogido antes para ningún cargo de votación popular- que empatizan con millones atacando a las élites, denunciando el establishment político-cultural, ninguneando el valor de la evidencia empírica y del trabajo intelectual, prometiendo empleo, control migratorio y renovada grandeza. Una forma que ha asumido este discurso ha sido la de tomar distancia del resto del mundo. Y hacer de la palabra globalización, por qué no, una mala palabra incluso para aquellos que parecían surfear alegremente esa ola.

Victorias recientes, como las del Brexit y de Donald Trump, pueden atribuirse a un extendido sentimiento de rechazo a la globalización. Tras la caída del Muro de Berlín estuvo “vigente” el famoso Consenso de Washington, que en realidad nunca existió”, plantea el cientista político Robert Funk, del Instituto de Asuntos Públicos de la Universidad de Chile. “Y en América Latina la izquierda veía esto como algo impuesto, donde a los países de la región no les quedaba otra porque se encontraban en procesos de democratización, necesitaban acceso a crédito internacional, a mercados, y por lo tanto tenían que jugar ese juego”. Hoy, agrega Funk, “la globalización significa distintas cosas para distinta gente. Y si uno mira la demografía de quienes votaron por el Brexit y por Trump (mayores de edad, blancos, más hombres que mujeres), lo que los cruza es el tema racial, en EEUU, y la inmigración en Gran Bretaña. Es decir, el temor al otro. Para ellos, la globalización significa eso: abrirse al mundo, aceptar a cualquiera. Pero la globalización no significa necesariamente lo que ellos creen”. De ahí que sólo algunos aspectos aparejados a la libre circulación planetaria de bienes, capitales y personas vengan al caso.

La idea de globalización que parece estar en crisis, propone por su parte el sociólogo Daniel Chernilo, “es más bien la idea del libre comercio, de disminución de barreras arancelarias y firma de tratados, no una idea más compleja que involucre tecnologías e intercambios culturales”. Añade este profesor de pensamiento social y político en la U. de Loughborough (Gran Bretaña) que “desde los 90 sabíamos que la globalización no significa menos nacionalismo, sino una transformación del nacionalismo” y que desde entonces se ven también expresiones antiglobales “para proteger identidades nacionales, religiosas y culturales o para proteger a los trabajadores”. Por otro lado, para Chernilo “la gente está reaccionando al fenómeno terrible de la desigualdad al interior de estos países y, dado que las élites políticas y económicas no pueden culparse a sí mismas, resulta más fácil echarles la culpa a los migrantes, pero las cifras no muestran que las causas de la crisis económica radiquen en los migrantes ni tampoco que éste agrave las crisis”. En este punto, su análisis se emparenta con el del economista y ex investigador del Banco Mundial Branko Milanovic, que publicó este año Global inequality. A New Approach for the Age of Globalization.

En cuanto a Washington, la historiadora Rosario Rodríguez Lewald evoca sus períodos de aislacionismo y sus apetitos hegemónicos para ampliar la perspectiva. La académica del Instituto de Historia de la UC recuerda, aparte de las entradas tardías a las guerras mundiales y la necesidad de generar alianzas en tiempos de Guerra Fría, la política unilateral neoconservadora que George Bush padre definió en 1991 al dar a conocer su estrategia de “seguridad global” para la década siguiente, “basándose en las teorías de grupos neoconservadores, en Samuel Huntington, en Francis Fukuyama y en Zbigniew Brzezinski”. Allí se define un nuevo orden basado en la cooperación entre las tres zonas más desarrolladas del mundo: Norteamérica, Europa (liderada por Alemania) y Japón, bajo la dirección política y militar de EEUU. Se exige, igualmente, la reformulación de la estrategia y del ámbito de acción de organizaciones de defensa como la OTAN.

Entonces, volviendo a la pregunta original la victoria de Donald Trump es un hecho político mundial de primera y enorme magnitud dentro de la gran globalización económica liberal que comenzó hace años. En todo el mundo desarrollado, la clase dirigente que ha apoyado esta globalización está siendo rechazada por una mayoría de personas que se sienten amenazadas y quieren más protección, trabajos mejor remunerados, o simplemente trabajos y más igualdad. El referéndum británico sobre la UE ya fue un hito importante dentro de este movimiento de gran calado. “Las mayores expectativas depositadas en los Gobiernos para que recuperen parte del control entregado a unos mercados globalizados darán forma al futuro de los mercados financieros. Traerán consigo políticas keynesianas, con el consiguiente aumento del déficit y la deuda pública. Por lo tanto, las políticas presupuestarias más expansivas caracterizarán la coyuntura económica en 2017”. Es evidente que el proceso globalizador está en crisis y sufriendo una transformación, pero es imposible pensar en el final de este nuevo orden global que vino para quedarse.

La economía internacional sigue siendo movida por China. Europa en crisis desde 2008, el Brexit y el proteccionismo en Estados Unidos. ¿Estamos asistiendo a un cambio de la hegemonía en el orden mundial?

China tiene hoy un ejército de más de tres millones de personas y cuyas armas crecen en cantidad y calidad cada día. Pareciera que este dato es suficiente para creer que se constituye como superpotencia global. Sin duda, el poder militar de China se hace respetar por su magnitud, pero si bien disuade a quien pudiera tratar de invadir el territorio chino, no infringe miedo alguno ante la posibilidad de ser atacado por ese vasto ejército que apenas se puede mover. Es imposible mover a tantos cientos de miles de soldados, y el desarrollo naval y aéreo de China todavía está lejos del de otras potencias militares occidentales. Así pues, China es una potencia militar que no asusta en Occidente. No es probable que China ataque nunca a Estados Unidos, a Europa o a Japón. Al menos militarmente.

El arma de poder de China es otra. Junto a la creciente importancia de los ciberataques, el arma principal que utiliza el gigante asiático para torpedear a sus adversarios occidentales es la economía, y más recientemente, las finanzas. En un mundo globalizado, liberalizado y dependiente del flujo del capital, poseer dinero y capacidad de moverlo es un factor estratégico. Las potencias se diferencian del resto de Estados precisamente en eso: tienen dinero y capacidad de moverlo. Una de las características de los actores que dominan el orden mundial es que tienen la posibilidad de prestar dinero. El Banco Mundial, el Banco Central Europeo, el Fondo Monetario Internacional o la Reserva Federal de Estados Unidos son los organismos que controlan la economía global. Aun así, el país con más reservas de dólares del mundo es China. Además, el hecho de aumentar sus reservas de oro y ser el mayor productor mundial de este preciado metal está otorgando más poder financiero a China, puesto que “quien tiene el oro pone las reglas”. El analista económico Bill Holter escribe para Global Research que cuando la bolsa china haga cotizar el oro más que las bolsas occidentales, las cajas fuertes de las economías occidentales quedarán vacías. “Seremos testigos no sólo del mayor desplazamiento de riqueza en la historia, sino también del mayor desplazamiento del poder, del poder financiero. China tomará el liderazgo y el poder, y hará difícil para cualquiera conseguir alcanzarle, posiblemente, durante varios centenares de años” añade en su análisis Holter. Su capacidad económica y sus intereses geopolíticos han hecho que el gobierno de Xi Jinping de el paso definitivo para convertirse en el banquero mundial. Actualmente China lidera tres macro-proyectos financieros que pretenden hacer sombra al mismísimo Banco Mundial y establecer un nuevo orden económico global en el que el centro de gravedad esté en Asia-Pacífico. Estos proyectos que se están desarrollando son el Asian Infrastructure Investment Bank (AIIB), el New Development Bank y el New Silk Road Fund. Tres iniciativas financieras que, de tener éxito, marcarán un antes y un después en la historia económica reciente. Con el Asian Infrastructure Investment Bank, China pretende extender sus brazos por todo el mundo, integrando a todos los países posibles en un nuevo “Banco Mundial” que de líneas de financiamiento a los países miembros. Por otro lado, a través de la insólita iniciativa del New Silk Road Fund, el gobierno chino intenta recuperar el espíritu de la Ruta de la Seda y conectar comercialmente China con Europa a través de Asia Central y también a través del mar. Finalmente, el proyecto que más repercusión ha tenido en los medios es el New Development Bank, promovido por los famosos BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica). Una breve y necesaria referencia al último conclave en  Pekín, permitió comprender el profundo cambio de clima que se está operando en la cuenca del Pacífico y en el resto del mundo frente a la vertiginosa evolución del equilibrio global de poder. El factor decisivo de ese reajuste es el colosal salto adelante -como decía Mao Tse-tung- de la economía china, que antes de 2020 reemplazará a Estados Unidos como primera potencia económica del planeta. En forma paralela, el régimen liberal-comunista de Pekín, que ahora preside Xi Jinping, pero que respeta la línea estratégica definida por Deng Xiaoping a partir de 1978, aceleró su empeño para extender su perímetro de influencia en los mares de China Meridional y de China Oriental. Además, intensificó sus esfuerzos para reforzar su arsenal. También es capaz de colocar un hombre en la Luna, posee una panoplia de misiles intercontinentales, tiene los medios y la tecnología para librar una guerra interestelar y rivaliza con la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) de Estados Unidos en materia de espionaje electrónico. China, dicho de otra forma, es ahora una potencia militar de primera magnitud, capaz de desafiar el poder sobre el Pacífico, algo exclusivamente reservado hasta hace poco a EEUU desde la Segunda Guerra Mundial.

En este escenario aparece otro gran actor del poder global, el presidente Vladimir Putin (Rusia), quien ve a  China como la tabla de salvación que le permitirá resistir el embargo aplicado por Occidente en represalia por el expansionismo ruso en Ucrania. Putin y Xi firmaron 17 contratos de cooperación económica y militar. El más importante prevé la exportación ilimitada de gas ruso, la construcción de un gasoducto financiado en gran parte por Gazprom y la creación de una línea de tren bala que pondrá a Pekín a 38 horas de Moscú. Además, Putin consiguió clavarle un cuchillo en el pecho a Estados Unidos al lograr que, en el futuro, los dos países abandonen el dólar y adopten sus respectivas monedas -el rublo y el yuan- para todos sus intercambios comerciales bilaterales, que prometen ser siderales.

El doble juego de China, legítimo desde sus intereses de gran potencia, quedó en evidencia en el brindis de Xi durante el banquete ofrecido a Putin: “Rusia y China deben resistir las presiones de Washington y permanecer unidas en el interés del mundo entero”. Esta nueva versión de equilibrio triangular entre grandes potencias, similar a la que conoció el mundo a principios del siglo XIX y en vísperas de la Primera Guerra Mundial, seguramente dominará el tablero estratégico mundial en los próximos años.

¿La debilidad intrínseca de los países emergentes y subdesarrollados no los obliga a asociarse en bloques?  En ese contexto, el Parlamento del Sur tiene la perspectiva de convertirse en la voz de los pueblos para expresarse desde el ámbito político en defensa de la Región. ¿Se animarán Macri y Temer a reactivarlo como parte de la diplomacia de nuestras naciones o primará la mirada partidista que opera en contra del rol del organismo?

El contexto descripto con anterioridad me hace pensar que es imposible que dos países como Argentina y Brasil  lideren ese proceso. La coyuntura gubernamental actual, las crisis profundas y especialmente lo que ambos presidentes representan: fieles exponentes de un liberalismo extremo, focalización de cada una de sus políticas al engrandecimiento de los intereses de las corporaciones. La instalación de un Estado que no regula la economía, sino que genera desde el Estado los instrumentos (Leyes, decretos, resoluciones etc)  para que las corporaciones direccionen la economía. El desprecio y cercenamiento de derechos elementales, la decisión política en el contexto de la visión del Estado donde la asistencia social, la redistribución de la riqueza y la accesibilidad de las mayorías a un nivel digno no son parte de la agenda política. Sin dudas ante el imperio de la filosofía liberal en su máxima expresión, medidas concretas que construyen una concentración escandalosa de la riqueza sin derrame social torna impensable un Mercosur que nació con otra filosofía y otros objetivos.

En esta dimensión, el Parlamento del Mercosur, el Parlasur, órgano que se constituye como la máxima expresión de la democracia de los pueblos latinoamericanos, donde debieran darse los grandes debates de la geopolítica mundial y especialmente la de nuestra América para buscar ese destino colectivo soñado, hoy agoniza como consecuencia de una estrategia planificada y ejecutada: la de callar las voces de los representantes de los pueblos latinoamericanos, con la gravísima implicancia que eso representa para los sistemas democráticos de la región. Si las expresiones liberales y de derecha en la América del Sur son capaces de anular el Congreso Latinoamericano no es un disparate pensar que en los Estados Parte se agudizaran estrategias de erosionamiento y deterioro de los parlamentos nacionales, última trinchera institucional de nuestros pueblos.

En el análisis macro lo que se pretende es ser conscientes del nuevo orden global, los principales actores del poder real, sus objetivos e ilimitada ambición de expansión. Países pobres, endeudados, anemizados por medidas que cada día precarizan sus vidas e instituciones democráticas están sin duda sufriendo un proceso que nos prepara para las nuevas formas de colonización que ya forman parte de las estrategias de las grandes potencias: nuestros recursos naturales en el foco central de esa nueva geopolítica mundial.

 

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