Diez mil jóvenes reunidos en una asamblea provincial constituyente de la fe en lo colectivo es la verdadera significación política del acto del Brown el viernes pasado. Más allá de los discursos y los nombres, es la materialización de la real representatividad del movimiento renovador misionerista.

Posadas (lunes, 24 de julio) De aquel joven con toda la ilusión, convencido que no todo estaba perdido porque venía a ofrecer su corazón, como lo expresaba Fito en 1985, de aquel joven perdido en caos social de fin de siglo, que entendía con Vicentico que los caminos de la vida no eran lo que esperaba, no eran lo que creía y menos los que imaginaba, ese joven que descubría después de poner en juego su corazón, que los caminos de la vida son muy difíciles de andarlos y de caminarlos para encontrar una salida, a este joven de hoy, el joven sin tiempo con la fe recuperada en las misas del Indio, persuadido ahora que, cuando la noche es más oscura se viene el día en su corazón. Diez mil jóvenes dispuestos a robarle el gorro al diablo para ver ondeando sus banderas.
La parábola de Fito, Vicentico y el Indio puede explicar la profunda significación política de la contundente manifestación protagonizada el viernes por diez mil jóvenes renovadores reunidos en asamblea provincial.
Más allá de los discursos, de la presencia de los candidatos y el Vicegobernador, el dato sustancial es la convocatoria, son ellos, los diez mil sub-35. Son almas que juntas están derrotando la prédica disolvente del poder fáctico que sólo puede sobrevivir dividiendo y destruyendo la fe en cualquier acción colectiva. ¿De dónde este ánimo, esta credibilidad?
Uno de los organizadores descubre la clave cuando twitteó en el hashtag (etiqueta no casualmente colectiva) #Renovados “Gracias A @rovira_carlos por diseñar y construir el espacio político más importante de la historia misionera”.

Conocer para querer y creer

Volviendo a la párabola, Fito Páez lanzó el tema “Yo vengo a ofrecer mi corazón” en 1985. Trascendió, en su conmoción, al mundo rockero porque eran los mejores años de la democracia sustantiva que impulsaba Raúl Alfonsín. La derrota de la dictadura y sus cómplices civiles no sólo se palpó en el pronunciamiento popular del 30 de octubre de 1983, sino fundamentalmente en la generalizada participación de los jóvenes en la política. Un país mejor era posible defendiendo desde cada lugar la participación democrática en la toma de decisiones. No todos los jóvenes que se movilizaban de a miles se sumaban por un cargo, al contrario la mayoría hizo carne el compromiso con el otro. El tema de Fito coincide con la consagración del alfonsinismo en todo el territorio nacional. Su impronta se impuso, puede decirse, cuando del otro lado el peronismo se vio obligado a copiar las reglas de juego democráticas para no perder representatividad. Los jóvenes masivamente ofrecían su corazón porque parecía que no todo estaba perdido. Pero llegó el asalto a la ilusión.
La caída del club de deudores en América Latina aisló a la región sometida a la furia de un poder financiero en evolución a su estadio neoliberal, la rebelión de los carapintadas, las huelgas salvajes de la CGT, el golpe de mercado. El joven iluso junto a los ministros del gobierno democrático hablaba con el corazón y le respondían con el bolsillo. Alfonsín, no quiso, no pudo, no supo.
La hiper, los asaltos a los supermercados, el Consenso de Washington aceitado y en vigencia, disciplinó a toda la sociedad y arrojó a los jóvenes de la política. No va con ellos el sálvese quien pueda. Todavía a esa edad lo colectivo es natural. Y pasó lo que pasó. Ni moneda quedó. Después del caos del 2001 Vicentico resumía en los caminos de la vida, que no eran los que esperaba y mucho menos los que imaginaba, la sensación generalizada de la juventud de no tener salida. Se fueron muchos. Nadie tenía trabajo.
¿Cómo volver a creer? Hay muchos que desconfían. Los medios concentrados tiran pálidas como método y operan sobre las subjetividades para hacerlos individuos, ni siquiera las personas del humanismo cristiano. Se agitan teorías del péndulo, que la Argentina está condenada a oscilar entre gobiernos neoliberales y gobiernos populistas, que siempre terminan, las dos experiencias, la de derechas y las de izquierdas, ahogadas por el factor externo.

¿Cómo recuperar la credibilidad?

El Indio, que escribe sin tiempo da misas para la común-unión de los que quieren creer. Hay jóvenes que el viernes se mostraron dispuestos a robarle el gorro al diablo y levantar las banderas que guardan nombres en sus corazones.
El diablo es lo porteño, se puede decir breve y atrevidamente. Robarle el gorro demandó rupturas. Son las formuladas por el movimiento renovador cuando irrumpió en la escena política provincial haciéndose cargo de las herencias, de las luchas populares del siglo XX y de las luchas populares desde 1810, que en Misiones fueron derrotadas por el centralismo porteño pero quedaron silenciosamente subyacentes en la constitución del misionero. Las luchas de los pueblos originarios mantienen su impronta que dialécticamente es asumida en los desafíos ontológicos de los inmigrantes que llegaron a estas tierras en búsqueda de la libertad perdida.
Es la verdadera significación de la asamblea de la juventud. No quieran dar nombres. Que nadie quiera facturar. La ilusión del joven que llegó a ofrecer su corazón hoy tiene asidero en la amplia participación que se abre en el movimiento renovador que expresa esa identidad asociada a lo colectivo.

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