El mundo guaraní ya no se circunscribe a la tierra y al monte pero tampoco se aleja. Pongamos en contexto la foto de la niña tomando agua del piso, que interpeló a la sociedad: “acá, esta foto dolorosa y en el sur, las dolorosas muertes de Santiago Maldonado y de Rafael Nahuel. Ese es el contexto donde hay que analizar esta situación”, dispara la ministra de Derechos Humanos de Misiones, Lilia Marchesini.

Por Raúl Puentes.

Posadas (enero de 2018). Aunque pasó el efecto mediático, la situación persiste. Hace pocas semanas, la foto de una niña Mbya Guaraní tomando agua de un charco, en la vereda de una plaza posadeña, dio la vuelta al mundo e interpeló a la sociedad.
Interpeló a los misioneros. E interpeló a los argentinos.
La ministra de Derechos Humanos de Misiones, Lilia “Ticky” Marchesini, admite el impacto que tiene esa fotografía pero insiste en ponerla en contexto: tiene que ver, dice, con la falta de políticas del Gobierno Federal respecto a la situación de la tierra y rescata, para el mismo contexto, la situación de conflicto en el sur del país, también entre pueblos originarios y la llamada sociedad blanca.
“La situación es una sola. En estos tiempos tenemos acá esta foto dolorosa y en el sur, las dolorosas muertes de Santiago Maldonado y de Rafael Nahuel. Ese es el contexto donde hay que analizar esta situación”, dispara.
“El problema de las familias que viven en las calles tiene que ver con la falta total políticas nacionales profundas en relación con la tierra. Al no existir territorios titularizados a nombre de estas comunidades, todas las condiciones de vida son precarias. Eso nos está pasando en todo el país y no sólo en Misiones. Por eso pongo en contexto a esta niña que toma agua del piso con la lucha y la muerte de Santiago Maldonado y de Rafael Nahuel. No tenemos una ley de propiedad comunitaria, que entró al Congreso Nacional en 2015 pero nunca se trató. Si estuviera aprobada quizás podríamos titularizar tierras a nombres de estos grupos. Tampoco tuvo continuidad la Ley 26.160, de comunidades indígenas que declaró la emergencia en materia de posesión y propiedad de las tierras que tradicionalmente ocupan las comunidades indígenas originarias del país, cuya personería jurídica haya sido inscripta en el Registro Nacional de Comunidades Indígenas u organismo provincial competente o aquéllas preexistentes, como tampoco tenemos previsto fondos para comprar territorios que no sean fiscales. Ese es el contexto donde se dan estos problemas”, insistió.
Duele la foto, tanto como las muertes por el reclamo de tierras.
Es que en el mapa nacional de los territorios originarios, la situación se repite. “Para construir viviendas de material, los programas establecen que las tierras deben estar a nombre de las comunidades y por lo tanto se termina recurriendo a viviendas más precarias que acarrean otras precariedades, como las del agua potable o de la energía eléctrica, que nos lleva a un cuadro de casi indigencia que se acrecienta con las políticas neoliberales”.
En el caso de Misiones, la provincia dispone de escuelas bilingües para que los guaraníes puedas completar sus estudios pero el fondo de becas nacionales para que estos chicos sigan estudiando es de dos mil pesos por año (poco más de cien dólares anuales) por cada chico, un monto con el cual es imposible sobrevivir.
La foto que impactó en el mundo se tomó un mediodía de diciembre, con temperaturas cercanas a los 40 grados. La niña estaba con su familia y sus hermanos, junto a otros integrantes de distintas comunidades guaraníes de la zona sur de Misiones, pidiendo a los automovilistas que paran en los semáforos de la avenida Bartolomé Mitre de Posadas. Esta postal se repite a lo largo del año, desde hace varios años. Vienen a vender limones o artesanías y a pedir monedas en los semáforos.
La Dirección de Asuntos Guaraníes, organismo que depende del Ministerio de Derechos Humanos de Misiones, en forma permanente levanta a los guaraníes que acampan en las plazas y las llevan de nuevo a sus comunidades. Esto pasó durante diciembre también con las comunidades que acamparon en el parterre de la avenida Mitre.
“Pero dos días después están de nuevo en la ciudad. La mayoría de los que vienen a Posadas son de la zona sur, las más próximas a la ciudad. Las que están en el monte, están más preservadas, porque todavía tienen algo de recursos naturales porque esto también hay que decirlo: les destruimos el ambiente; no les damos condiciones dignas de hábitat y les destruimos su propio sistema. Eso es también parte del problema”, admite la ministra Marchesini.

La nena iconográfica

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De la nena que tomó agua de un charco, en la plazoleta central de la avenida Mitre de Posadas no hay datos. Se mimetiza su identidad en un montón de niños de la etnia Mbya, del pueblo Guaraní, que permanecieron en el lugar por al menos dos semanas más después de esta fotografía iconográficas que dio la vuelta al mundo, por la crudeza que transmite. Después de la foto, incluso, fueron muchos más
Vienen de sus comunidades de origen a vender limones, dicen, en bolsitas que ofrecen casi al monto que el hombre de la ciudad les quiera pagar. En realidad, vienen a mendigar. Los padres esperan en las sombras de los árboles para mitigar los 40 grados de temperatura del verano local mientras los niños, demasiados pequeños, mendigan: caminan peligrosamente entre los autos, descalzos, pidiendo: “¿No tiene algo para dá?”.
La mayoría no alcanza siquiera la altura donde comienza el vidrio de las ventanillas de los autos a los que abordan. El asfalto arde. Sus pies están descalzos. Dos semanas después de aquella foto, es probable que la nena siga entre los niños que con la intermitencia de los semáforos, un rato piden y otro rato juegan.
Acá está, quizás, esta niña que la prensa mundial quiere identificar a cualquier costo. “Si hay que pagar, paguen”, desafían los productores periodísticos de esas grandes cadenas nacionales e internacionales que quieren un nombre para estigmatizarla de por vida, interesados en el tema solo por el impacto de una foto y no por el contexto de esta historia.
Acá están, en la misma plaza, como hace años, mostrando una situación cotidiana del pueblo guaraní y de muchas otras comunidades originarias de América Latina: transculturizados, porque ni se mimetizaron con el “hombre blanco” ni mantienen sus costumbres ancestrales. Optaron por salir de sus aldeas, donde la naturaleza (la selva propiamente dicha) antes de ser diezmada por las apetencias capitalistas, les proveía absolutamente de todo: cobijo, alimento, medicinas y las leyendas que sustentan sus creencias y su cosmovisión del mundo. Poco queda de todo eso.
Cuando vienen a mendigar a la ciudad, casi siempre se asientan en la intemperie, en campamentos improvisado sobre el parterre de la Mitre, unas de las avenidas más importantes de la ciudad de Posadas, capital de la provincia de Misiones, este distrito que tomó su nombre justamente de las misiones jesuíticas guaraníes que se establecieron en la zona en el Siglo 17, dentro del entonces imperio español, con el fin de evangelizar a los pueblos originarios.
Misiones tiene hoy poco más de 1,3 millones de habitantes, de los cuales, poco más de cuatro mil son guaraníes, asentados en las 118 comunidades dispersas a lo largo de las tres millones de hectáreas de superficie que tiene esta provincia. Los guaraníes que suelen venir a la ciudad a vender limones o pequeñas artesanías, son las que se ubican en el sur, más próximas a la capital y donde están las localidades más grandes y más pobladas de Misiones. El resto de los guaraníes prefiere mantenerse lejos de las ciudades y de sus pobladores, manteniendo algunas costumbres ancestrales y viviendo casi siempre dentro o muy cerca del monte.
La niña de la foto tristemente célebre es, quizás, de las aldeas del sur, las más cercanas a Posadas. Y su familia, parte de las familias que sobreviven de los planes de asistencia que entrega el Gobierno y de la venta de limones, plantas silvestres nativas y de mendigar. El guaraní no tiene el hábito del trabajo sistematizado ni capitalista, sencillamente porque nunca fue parte de su cultura ni de su idiosincrasia: la naturaleza siempre les proveyó todo y el concepto de progreso que maneja el capitalismo, como acumulación de bienes o propiedades no está dentro de sus perspectivas. No lo estuvo antes ni lo está ahora, por más que hayan pasado cinco siglos de adoctrinamiento y a la vez, de exclusión, por no insertarse dentro del modelo económico dominante. En ese contexto, no padecen su exclusión ni visualizan su pobreza.
Las comunidades guaraníes están lideradas hoy por un cacique de aldea, una suerte de alcalde de los asentamientos. Esos jefes conforman el Consejo de Caciques y tienen, como autoridades superiores, al Consejo de Ancianos de la Nación Mbya Guaraní, que funcionan en consonancia con la Dirección de Asuntos Guaraníes de la provincia de Misiones, una organización gubernamental que depende del Ministerio de Derechos Humanos de la Provincia.

Evasivos, para sobrevivir

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¿Qué hacía la niña ahí, con 40 grados de temperatura, pasado el mediodía cuando le tomaron la foto? Pedía limosna, como sus hermanitos y otros niños de su comunidad. Una semana después de aquella foto algunos periodistas comenzamos a tratar de ubicarla. Las dos semanas siguientes, permanecían en la plaza unos 40 chicos junto a cerca de 20 adultos guaraníes, acampando en la plaza. Entre ellos estaba la niña que nadie quiere identificar. Apelan a un recurso que siempre les fue de utilidad cuando hablan con alguien que no pertenece a su pueblo: no comprenden el idioma o balbucean respuestas que solo asienten las preguntas, sin escucharlas siquiera. Fue una manera de sobrevivir, sin generar conflictos. Y sonríen. Los guaraníes de esta plaza aseguran que están vendiendo limones pero ya no tienen limones para comprarles.
Al momento de esta nota el trato era siempre cordial, o evasivo. Mientras los adultos trataban de evadir el contacto, los niños seguían pidiendo dinero entre los autos, peligrosamente expuestos a la calle, en una avenida de tránsito rápido y con semáforos de cuatro tiempos.
Cuando deciden cerrar filas, es extremadamente difícil hablar con ellos.
-¿Se van hoy?
-Si.
-¿O se quedan hasta el fin de semana?
-Si.

La vieja postal

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El calor misionero se siente fuerte. El clima subtropical sin estación seca mantiene temperaturas altas en todo el año que se acentúan, lógicamente, durante el verano: por estos días el termómetro supera los 40 grados con casi diez grados más de sensación térmica: en Misiones hace calor, lo sabemos.
Si bien la plazoleta de la avenida Bartolomé Mitre es una de las más arboladas, la temperatura de la ciudad golpea igual. Los niños mendigan en las calles, descalzos sobre el asfalto que soporta el pleno sol durante todo el día. La ciudad, al igual que casi todo el norte argentino, tiene horario discontinuo de trabajo, justamente por el calor: de 7 a 12 y de 16 a 20 son los horarios comerciales tradicionales. Al mediodía, las familias regresan a sus casas y esta avenida que sirve de campamento para los guaraníes rodea al centro de la capital y por lo tanto, es una vía de ingreso y de salida del centro: por eso los guaraníes se ubican en los semáforos a mendigar.
El posadeño vuelve a sus hogares al mediodía e indefectiblemente se cruzará con los niños apostados en los semáforos. La gran mayoría de los automovilistas circulan con las ventanillas cerradas y los aires acondicionados prendidos, conscientes del intenso calor de afuera: es casi imposible no conmoverse con los guaraníes, lo más pobres de los pobres pobladores, pidiendo descalzos en el rayo del sol. Las más de las veces la estrategia funciona: las ventanillas se bajan y depositan dos, cinco o diez pesos en sus manitas pequeñas levantadas por sobre la altura de sus cabezas para llegar a la altura de las ventanillas. Los adultos les aleccionan que pidan dinero, pero depositarles un caramelo o galletitas dulces les arrancan sonrisas profundas y ojos de algarabía.
Hace calor. En la plazoleta no hay agua. En las inmediaciones hay locales comerciales y viviendas, pero pocos bares o restaurantes a dónde acudir por agua o a un baño. El chaparrón de un día miércoles, poco antes del mediodía, dejó pocos charcos de agua que se evaporan en cuestión de minutos. Una niña solo tuvo sed y la sació con lo que tenía cerca, como lo hace ante las vertientes del monte. Algunos vecinos se conmueven y otros están tan inmunizados que pasan sin verlos, acostumbrados a esta vieja postal.
Hace cerca de diez años, el Gobierno de la provincia disponía de albergues para alojarlos, pero nunca lograron institucionalizar la situación. Prefieren quedarse en las plazas y dormir a la intemperie, porque forma parte también de sus hábitos. Esos alberguen quedaron en desuso y hoy solo cuentan con un alojamiento frente al hospital central de la provincia, para cuestiones de salud.

La mirada diferente

Patricia Fernández es periodista, autora de la foto que tomó con el teléfono celular cuando regresaba a su hogar. El semáforo de la intersección de las avenida Mitre y López Torres de Posadas la detuvo y pudo entender la escena que estaban viendo en ese mismo momento, decenas de personas. La realidad estaba ahí, con ribetes cinematográficos.
Patricia vive en las inmediaciones y está acostumbrada a cruzarse con los guaraníes. Como algunos vecinos, muy pocos, suele acercarles algunas cosas que entiende que pueden utilizar.
Como miles de posadeños que circulan por esa entrada o salida de la ciudad, los ve a diario. Hay temporadas en que los guaraníes son parte del paisaje, pese a que con frecuencia, un ómnibus (minibús) de la Dirección de Asuntos Guaraníes se acerca a estos campamentos improvisados y los vuelve a sus comunidades, aunque al día siguiente están de vuelta.
Ese día, el miércoles 13 de diciembre, cerca de las 12.20, la periodista tomó la foto y atinó a compartirla en un grupo de whatsapp con colegas, quienes volvieron a compartirla para conseguir donaciones para estos chicos: no pensaron en el impacto de la noticia sino en buscarles donaciones: en poco tiempo lograron camionetas llenas de bidones de agua y unas paletas heladas, los populares picolé, para los niños. Recién después la fotografía comenzó un derrotero a través del mundo.
Desde el Gobierno de la provincia de Misiones pidieron a la comunidad que no los asistan, para desalentar la práctica de venir a la ciudad a buscar limosnas. Esta situación, que no es nueva, enfrenta en lo cotidiano a los propios guaraníes, donde los líderes de las comunidades no se sorprenden ni se escandalizan: “no son más de treinta personas que mantienen estas prácticas de más de 2500 familias dispersas en la provincia”, explicó el cacique Alejandro Méndez, de la comunidad Iraka Miri, ubicada al sureste de la provincia, del también pueblo jesuítico de Concepción de la Sierra.
El cacique Méndez, conocido vocero del pueblo guaraní, admite que parte de su pueblo está habituado a estas prácticas que si bien rechaza, entiende su origen, emergente de “un pueblo empobrecido desde hace 500 años”. Salir a pedir a las ciudades es la práctica de unos 20 ó 30 porque el resto de los guaraníes “estamos en nuestras comunidades trabajando o haciendo artesanías para vender”. También rechazó la metodología de utilizar a los chicos para pedir monedas que terminan en manos de sus padres.
En consonancia con el pedido de funcionarios del Gobierno de Misiones, el cacique Méndez también pidió a la población que tomen conciencia respecto a la situación: “si les siguen dando monedas a los chicos, los adultos no volverán a sus tierras a trabajarla”.

Cinco siglos igual

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Alvar Núñez Cabeza de Vaca, Segundo Adelantado, capitán general y gobernador del Río de la Plata, Paraná-guazú y sus anexos, fue el primer europeo que llegó a la zona, en enero de 1542 mientras realizaba una travesía desde el océano Atlántico hasta Asunción. Después vinieron los jesuitas y conformaron los 30 pueblos de la región. Ahí, o 225 años después, cuando Carlos III expulsó a los jesuitas de los dominios de España, comenzó el problema de la Nación Guaraní.
Lo dice el cantautor popular argentino, León Gieco, en la letra de Cinco Siglos Igual: “Soledad sobre ruinas, sangre en el trigo rojo y amarillo, manantial del veneno, escudo heridas. Cinco siglos igual.
Libertad sin galope, banderas rotas, soberbia y mentiras, medallas de oro y plata contra esperanza. Cinco siglos igual.
En esta parte de la tierra la historia se cayó… como se caen las piedras, aun las que tocan el cielo o están cerca del sol, o están cerca del sol.
Desamor desencuentro, perdón y olvido, cuerpo con mineral, pueblos trabajadores, infancias pobres. Cinco siglos igual.
Lealtad sobre tumbas, piedra sagrada. Dios no alcanzó a llorar, sueño largo del mal, hijos de nadie. Cinco siglos igual.
Muerte contra la vida, gloria de un pueblo desaparecido. Es comienzo, es final, leyenda perdida. Cinco siglos igual.
En esta parte de la tierra la historia se cayó, como se caen las piedras aun las que tocan el cielo o están cerca del sol, o están cerca del sol.
Es tinieblas con flores, revoluciones y aunque muchos no están nunca nadie pensó besarte los pies. Cinco siglos igual.

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