En Iguazú, el número de visitantes crece hacia una masificación descontrolada mientras el gasto promedio se mantiene desde hace un par de años. Con este esquema de masividad y recesión de gasto se volverá muy difícil sostener este destino emergente y mucho más difícil todavía fortalecer este destino como sustentable y sostenible en el tiempo.

Por Jorge Posdeley, Magister en Turismo.

Posadas (Martes 7 de agosto). La temporada turística invernal 2018 llego a su final en el país (cinco millones de turistas con un gasto total de 23.000 millones según el diario La Nación) y en Misiones, Iguazú resultó ser nuevamente uno de los destinos de naturaleza elegido masivamente en el país. Este dato -a priori- es un dato alentador porque señala el paulatino recupero de unas de las actividades económicas más importante de la provincia y quizás la única actividad que más mano de obra aporta al sector de los servicios. Sin embargo esta situación nos debería ubicar frente a una alerta, a un llamado de atención que será mejor prevenir que curar, porque de la masividad extrema hay sólo un paso para llegar a la turismofobia.
Como es costumbre, la metodología que se utiliza desde tiempos inmemoriales para medir el éxito de una temporada en destino, o para ranquear lugares más visitados para después ubicarlos en una prestigiosa escalas de preferencias nacional e internacional, son indicadores construidos sobre la base de la cantidad de visitantes.
Todavía los organismos de aplicación y las diferentes cámaras y asociaciones nacionales, provinciales y locales utilizan antiguos y desacertados indicadores, construidos sobre la cantidad de visitantes.
Parece que cuanto más turista recibe un destino, este es el lugar más preferido y es el más importante de cara a otros destinos competidores. Está claro que los números, lo primero que miden, es la gestión institucional y el resultado en cantidades es la escala que mide y referencia a la sociedad el resultado de la responsabilidad pública, resultado que muchas veces es avalado por la súper estructura turística, situación que demuestra compromiso de cooperación tanto horizontal como vertical entre el sector público y lo privado, como modelo de gobernanza de los destinos.
La Confederación Económica de Misiones (CEM) también acostumbrada a presentar informes cuantitativos, publica en su web institucional un informe de temporada donde sostiene que la actividad creció –en el país-, un 2.2 por ciento pero resalta que el consumo turístico, en esta temporada, fue moderado y que el gasto turístico aumentó un 31.2 por ciento.
Resalta también en el informe que la temporada invernal para Misiones “resultó positiva” y con buen movimiento. Estima la fuente que ingresaron a la provincia unos 140.000 turistas, con una gasto promedio de $ 805.
Este informe indica, claramente, por un lado el crecimiento de la actividad medida únicamente por el número de visitantes y como referente de crecimiento de aceptación del destino en los mercados nacionales y regionales, pero habrá que prestarle mucha atención al otro número del informe, al dato del gasto promedio. Este es uno de los indicadores claves: el número de visitantes crece en cantidades hacia una masificación descontrolada y el gasto promedio es el mismo o casi el mismo que hace un par de años atrás; esta situación de depreciación del gasto promedio en destino de los visitantes debería ser, quizás, el más preocupante, porque define a priori una pronta reconversión del destino. Con este esquema de masividad y recesión de gasto se volverá muy difícil de sostener este destino emergente y mucho más difícil aún fortalecer este destino como sustentable y sostenible en el tiempo.
La necesaria reconversión de nuestro principal destino turístico es el desafío a corto plazo, la situación de un escenario de masividad ya no causa sorpresa a nadie. La situación de saturación se vive cada vez más a menudo: nuestro principal recurso natural frecuentemente se ve colapsado por la cantidad de visitantes, obligando entonces a las autoridades del sector a recurrir a la puesta en práctica de los protocolos de seguridad.
Es entonces cuando nos damos cuenta que estamos frente a un escenario y hábitos trastocados a nuestra costumbre. Esto, paulatinamente de no mediar una corrección, desencadenaría en el fenómeno conocido como turismofobia, un término puesto en boga a partir de la llegada de los turistas en cantidades en destino que llenan hoteles, colman los restaurantes, saturan las playas de estacionamiento, desbordan con sus vistas a los atractivos, genera poca tranquilidad, disminuye el disfrute del destino en general y perjudica al atractivo porque lo degrada.
A esto habrá que sumarle que la disminución de los gastos promedios en los visitantes y que el aumento de los mismo precariza los servicios, disminuye la mano de obra y afecta la calidad de vida de los habitantes del destino, sin embargo saturan a los comercios.
La situación a corregir por encima de todo esto deberá estar dado en la política de protección, el cuidado de la naturaleza y el medio ambiente, el atractivo debe estar preparado y planificado para que la situación causal de la visita no afecte sobre su propio ecosistema.
Rever la capacidad de carga y generar nuevas políticas de reservas y visitas deberían ser los próximos pasos a seguir, entendiendo a la capacidad de carga del atractivo a aquel numero de visitante que representa el máximo número de visitantes que puede recibir un lugar geográfico o entidad física sin que provoque una alteración inaceptable de los entornos físico y social ni una reducción inaceptable de la calidad de la experiencia de los visitantes (López Bonilla y López Bonilla, 2008, p. 135-136).
Estamos finalmente frente a una situación desencadenada por los viajes baratos y cada vez son más los turistas que eligen venir a la Cataratas, que comienza a tener repercusiones socioeconómicas y medioambientales negativas. El viejo acciona que se sostenía en el turismo de que a cuanto mayor es la demanda más cara es la oferta, comienza a no cumplirse y busca rápidamente acomodarse a que cada vez tenemos más visitantes pero que gastan menos o sustituyen servicios, y que estos tipos de viajes causan desequilibrios en destinos que tardan en acomodarse a este tipo de demanda.
Esto no significara cerrar las puertas de los atractivos o disminuir la visitas por estar colapsados sino, por el contrario, obliga a planificar para que todos quienes se lleguen al destino puedan disfrutar de la experiencia conforme a una programación de visita de acuerdo a la capacidad de carga y que esto se respete. Es necesario, urgente, establecer algunos límites de formatos cuantitativos y cualitativos que beneficien al desarrollo turístico en su conjunto del destino, que permitan frenar o reducir las consecuencias no deseadas sobre el patrimonio natural y cultural.

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