Fue el primer Congreso de este tipo en Argentina y el mundo hispanohablante. El lenguaje inclusivo fue reconocido como un dispositivo que tiene potencial de generar cambios sociales, enmarcado en una historia de luchas desde el lenguaje, y con una perspectiva de derechos. El encuentro, en La Plata, definió también algunos consensos básicos sobre las propuestas de cambio lingüístico que conlleva y la manera de promoverlas.

Por Jorge Víctor Ríos (#)

Posadas (Jueves 18 de abril de 2019). El Primer Congreso de Lenguaje Inclusivo, que se realizó en la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) el 11 y 12 de abril, habilitó la discusión sobre lingüística, semiótica, género, derecho y, en especial, sobre el poder y la política, en un marco de disenso y enfrentamientos discursivos que permitió, al final, algunos pisos de acuerdos generales. Evidenció, también en este ámbito, que para la sociedad es un tema candente.
El intercambio en este Congreso aportó, de todas maneras, mayor claridad y profundidad de ideas en relación al tema convocante. Participaron de este debate sin uniformidad de miradas, periodistas, activistas, militantes políticos, legisladores, funcionaries, académiques, docentes, estudiantes y ciudadanes convocados por el lenguaje inclusivo.
En primer lugar, hubo acuerdo con que el lenguaje inclusivo no se reduce a una propuesta de cambio gramatical. La cuestión del lenguaje inclusivo, y el Congreso mismo, deben ser entendidos en relación a una historia de disputas y reivindicaciones políticas desde el lenguaje que, a su vez, toman sentido en el marco de luchas y movimientos sociales más amplios. En particular, esas disputas están vinculadas al movimiento feminista y el movimiento de la diversidad sexual que, entre muchas otras acciones, se encargaron de problematizar el uso del lenguaje en relación a las representaciones de las mujeres y personas con identidades de género y orientaciones sexuales divergentes de las hegemónicas, en algunos casos cuestionando términos de alto contenido discriminatorio y, en otros, proponiendo neologismos para visibilizar situaciones de injusticia, como en el caso de palabras como “travesticidio”.
Quedó claro entonces a lo largo del Congreso que la cuestión central del lenguaje inclusivo es de carácter político: “la toma de la palabra es la toma del poder”, dijo Cynthia Ottaviano, periodista, docente e investigadora, ex titular de la Defensoría del Público.
También hubo consenso al señalar que, si bien las actuales propuestas plantean modificar la estructura gramatical de las palabras, el lenguaje inclusivo es un conjunto más abarcativo de esfuerzos por visibilizar las desigualdades sociales en y desde el lenguaje.
María Eugenia Ludueña, directora de la agencia de noticias sobre diversidad sexual y de género Presentes, se expresó en esa línea: “las discusiones, en Presentes, exceden al uso de la “e” y llegan a cuestionar la calificación de homofobia, porque los que discriminan y rechazan la homosexualidad no están enfermos, como supone la palabra ‘fobia’, sino que son personas violentas, intolerantes”, dijo.
Otro de los consensos de este encuentro fue el carácter propositivo, no impositivo que tiene la propuesta de utilizar lenguaje inclusivo, es decir, que se utilice como parte del ejercicio de un derecho más que como la imposición de una obligación pretendida sobre las demás personas. Una de las voces que se pronunció en este sentido fue la de Gabriela Barcaglioni, de la Red PAR: “hay quienes ven al lenguaje inclusivo como una imposición y eso tenemos que tenerlo en cuenta porque las ideas más transformadoras son las que se adoptan voluntariamente, sin imposición, por eso no tenemos que condenar a quienes no lo usen”. Agregó que “el desafío está en cómo implementar estos cambios mediante estrategias no beligerantes” y señaló la necesidad de definir cómo se implementará el uso de la “e” como marca de género inclusivo.
Les participantes, además, estuvieron de acuerdo en que la propuesta del lenguaje inclusivo tiene un carácter de apertura, no de cierre, y reconoce el dinamismo del lenguaje como reflejo de los cambios que se van dando en la realidad, ya que si bien la principal propuesta actual de dotar de un carácter inclusivo al lenguaje se basa en utilizar la “e” como marca morfológica de género, eso puede cambiar en el futuro por una propuesta superadora, como viene ocurriendo hace un tiempo en ese sentido. Muches de les participantes señalaron, en este sentido, que la confección de guías de uso de lenguaje inclusivo no debería ir en detrimento de este espíritu de apertura, sino meramente como instrumentos para posibilitar el uso de la actual propuesta.
También hubo coincidencia con respecto a que la militancia del lenguaje inclusivo debe estar ligada a una militancia territorial e interseccional, es decir, que considere además otros tipos de opresiones, no solamente las de género, sino también otras como las de etnia y, sobre todo, de clase. Uno de les tantes participantes que se pronunció en este sentido fue Darío Arias, integrante de Conurbanes por la Diversidad desde la mesa “Territorios y Luchas Sociales”.

Un lenguaje sensible a los cambios

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En una de las últimas intervenciones, la académica e investigadora de la UNLP, Angelita Martínez, rebatió, uno a uno, los principales argumentos que suelen esgrimirse “en contra” del lenguaje inclusivo desde la sociolingüística. “Quienes dicen que los cambios lingüísticos se dan primero en la realidad y luego en el lenguaje tienen razón, pero no han advertido que la sociedad viene cambiando hace tiempo y ahora se manifiesta en el lenguaje”, señaló.
Además, desde una perspectiva semiótica, recordó que todo el lenguaje es signo, y como tal, es dinámico, incluso en su morfología: el morfema también es signo y, por lo tanto susceptible a los cambios. El lenguaje inclusivo debe ser estudiado entonces como un incipiente fenómeno de cambio lingüístico, teniendo en cuenta que los cambios en la lengua siempre se dan por motivaciones comunicativas de algún grupo en particular.
La lingüista destacó que “el lenguaje inclusivo es sensible a los cambios que se están dando en la sociedad”, y esos son cambios que tienden a una sociedad más libre e igualitaria y que reclama el poder para otros sujetos que históricamente fueron oprimidos o invisibilizados social y políticamente. Se reconoció así el carácter eminentemente político del lenguaje inclusivo, en su vinculación a la propuesta de un modelo de mundo más igualitario y democrático.
La importancia de poder nombrar a sujetos de derecho como primer paso para reconocer esos derechos, así como también visibilizar problemas sociales con una denominación adecuada, como los travesticidios, y para poder garantizar derechos, el Estado necesita primero reconocerlos en el lenguaje.

La propuesta de cambio gramatical

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La principal propuesta actual del lenguaje inclusivo consiste en un cambio en el sistema gramatical: incorporar la “e” como marca de género inclusivo para seres sexuados (las palabras que se refieren a cosas no cambian). Se propone utilizarla tanto en el singular como en el plural.
En singular, se usa cuando se hace referencia a un ser sexuado cuya identidad de género es no binaria (es decir, que no se identifica como varón ni mujer) o cuando su identidad de género no esté definida a priori. Por ejemplo, un aviso que da la bienvenida a alguien no determinado podría decir “Bienvenide”, en lugar del usual “Bienvenido”. Lo mismo ocurre con las definiciones, que suelen estar en masculino; en su lugar, se propone el inclusivo: “Une pionere es alguien que hace algo que nunca antes se había hecho”.
En plural, se utiliza cuando se hace referencia a seres sexuados con distintas identidades de género o con identidades de género no binarias. En lugar de “Juan y Ana son hermanos”, se propone “Juan y Ana son hermanes”, ya que se trata de un varón y una mujer, no de dos varones. En el caso de varias personas cuya identidad de género sea no binaria, también se utiliza el plural inclusivo: “Todes elles se reconocen como no binaries”.

Pero por qué “cambiar cómo hablamos”

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El lenguaje inclusivo pone de relieve el rol del lenguaje como constitutivo del pensamiento y de las representaciones individuales y colectivas de la realidad, en tanto la refleja y a la vez la recrea.
Existe una correlación entre el género como identidad socialmente construida y el género gramatical como característica de algunas lenguas, como el castellano. Se reconoce entonces al lenguaje como campo simbólico de disputas de sentido y, por ende, de confrontación política e ideológica. Lo que cuestiona el lenguaje inclusivo es, por un lado, el androcentrismo presente en el español, y, por el otro, el sistema de género binarista, que no da cuenta de las identidades de género de las personas que no se reconocen ni como mujeres ni como varones.
“Este Congreso parte del lenguaje inclusivo como una herramienta que retoma las voces de los colectivos de mujeres, travestis y trans que a lo largo de la historia no fueron reconocidas. Estas voces, desde hace mucho tiempo a la actualidad, ponen en tensión el sistema binario, heteronormativo, patriarcal y excluyente de las personas que no se sujetan a lo establecido culturalmente”, explicaron como una respuesta también a los insultos que recibían las publicaciones con lenguaje inclusivo que realizaban desde las redes sociales de la Defensoría del Pueblo de la Provincia de Buenos Aires, la responsable de la organización de este Primer Congreso sobre Lenguaje Inclusivo.

(#) Jorge Víctor Ríos, activista social y columnista de Misiones Plural, participó de este Congreso en calidad de disertante, invitado por la organización.