En Argentina y en España, hay políticos progresistas que entienden que con solo esforzarse no alcanza, porque la línea de partida para todos no es la misma. El mérito es válido cuando las condiciones son iguales.

La meritocracia es una forma de gobierno basada en el mérito, donde las jerarquías son conquistadas con base en el mérito, y hay un predominio de valores asociados a la capacidad individual o al espíritu competitivo, como en el deporte. “En Madrid la diferencia de vida si has nacido en un barrio o en un municipio del sur o en uno del norte es de hasta 10 años. Cuéntenme ustedes ahora de la meritocracia, de la igualdad de oportunidades y de que hay que esforzarse en la vida”, señala Íñigo Errejón, diputados de Más País, el espacio que fundó después que se fue de Podemos, el otro espacio de la izquierda alternativa que había fundado con Pablo Iglesias, y de quien se alejó.
Íñigo Errejón, de 36 años, es doctor en Ciencia Política y una de las figuras españolas con trascendencia internacional.
“No es verdad que la meritocracia existe, porque una persona muy inteligente nacida en la pobreza no tiene las mismas posibilidades que un mediocre nacido en la riqueza. Entonces, no es problema de méritos, es un problema de oportunidad”, dijo Fernández. Fernández es Alberto Fernández, el presidente argentino; que habló de oportunidades antes que de méritos en un discurso al principio de la pandemia, y que la derecha vernácula contestó varias veces, sin entender del todo el enunciado.
En Argentina y en España, hay políticos progresistas que entienden que con solo esforzarse no alcanza, porque la línea de partida para todos no es la misma. El mérito es válido cuando las condiciones son iguales.
En las organizaciones privadas, a veces el mérito se posiciona mejor y los empleados, por ejemplo, pasan a desempeñar las funciones de acuerdo a sus capacidades y habilidades. De ahí, gran parte de la sociedad repite aquel latiguillo de la meritocracia, vista como modelo que permite crear una sociedad justa ya que todo lo logrado por los individuos es por sus esfuerzos y méritos a lo largo de su vida, y no por otras causas como su apellido, su riqueza, su sexo, su religión y su política, por ejemplo.
Sin embargo, la sociología –y sus investigadores- indican que la meritocracia es una ideología que sirve para justificar a los que ocupan posiciones de privilegios, y responsabilizar aquellos que no realizaron el esfuerzo necesario para poseer los conocimientos para ganar.
Pero si las condiciones de partida no son las mimas, unos tendrán el camno allanado y otros, todos los obstáculos.
La meritocracia, es decir, la “debida recompensa”, que resume una cualidad para ejercer el poder, porque te lo merecés, se usó por primera vez en el libro
Ascenso de la meritocracia (Rise of the meritocracy), del sociólogo Michael Young, que lo desarrolló en sentido negativo ya que postuló que la clase social dominante viene desarrollada por la fórmula: “Coeficiente Intelectual + Esfuerzo = Mérito”.
También en España, el filósofo y sociólogo César Rendueles, que estos días publica Contra la igualdad de oportunidades. Un panfleto igualitarista entiende que “en su versión más positiva y bienintencionada, la meritocracia y la igualdad de oportunidades pretenden que la gente consiga desarrollar sus talentos con independencia de su situación de partida. O sea, que cualquier pueda llegar a ser ingeniero o médico aunque haya nacido en una familia sin estudios. La realidad es que eso ocurre mucho más a menudo en aquellos países en los se ha hecho un mayor esfuerzo por reducir la desigualdad final, es decir, en aquellos lugares donde hay menos diferencia entre los que más tienen y los que menos. La movilidad social aumenta cuando aumenta la igualdad general, no mejorando los procesos de selección de las élites”.
Ya lo dijo Richard Wilkinson economista y epidemiólogo formado en la Escuela de Economía de Londres en aquella genial frase: “Si quieres vivir el sueño americano, deberías mudarte a Dinamarca”.