El economista Federico Villagra analiza las consecuencias del gravamen a la renta financiera que incluye los plazos fijos, títulos públicos y fondos de inversión, entre otras inversiones. Considera que los políticos en el intento de captar recursos progresivos no pueden ver los efectos indirectos más graves que generan a la economía impactando paradójicamente en los que menos tienen incentivando la desbancarización y la informalidad en la economía.

Posadas (Miércoles, 2 de enero. Por Federico Villagra) Básicamente las inversiones financieras argentinas son los ahorros de las personas encausadas en el sistema bancario a cambio de alguna ganancia y/o interés por dicho capital. Es por ello que, ante cualquier imprevisto las personas deciden colocar su dinero debajo del colchón o comprar dólares.
En macroeconomía la inversión es la variable más sensible, la más vulnerable y volátil de todas las variables que componen un sistema económico, pero a la vez es la más importante para que una economía se desarrolle.
Dicho esto, cualquier cambio de reglas en el sistema de inversiones, que los inversores interpreten como “alertas” pueden causar un riesgo sistémico.
En economía el riesgo sistémico se explica a través de la probabilidad de correlación de pérdidas en cascada.
A partir de enero según la ley 27.430 todas las rentabilidades financieras serán alcanzadas por una alícuota del 5% como mínimo en moneda nacional y 15% en moneda extranjera, desde plazos fijos, hasta títulos públicos, dividendos de acciones, sociedades en el exterior, fondos de inversión, etc. Es decir, toda aquella inversión bancaria.
Lo preocupante es que ante una eventual corrida bancaria o psicosis financiera el gobierno nacional no tiene forma de proteger al sistema bancario.
Poco se ha hablado sobre este nuevo gravamen, mezclándose y solapándose con otras modificaciones tributarias, quizás los medios de comunicación sean cautos para hablar de este tema tan sensible que traen malos recuerdos como el corralito del 2001 y que, también el gobierno ha informado poco sobre su implementación.
La realidad es que el estado nacional está en déficit y ávido de recursos, por lo tanto ha decidido arriesgarse a gravar la renta financiera.
Digo arriesgarse porque en el caso de que se disemine la información de forma negativa y las personas interpreten una inestabilidad del sistema financiero, seria potencialmente catastrófico.

Analicemos la secuencia:

Varias personas retiran sus ahorros de los bancos, los bancos devuelven el capital más la rentabilidad por el periodo, si todos ahorristas siguen la misma lógica. En una segunda instancia los bancos tendrán menos recursos para prestar dinero aumentando aún más la tasa de interés.
Por este motivo, los bancos no generarían ganancias y la economía se paralizaría por no poder prestar a los que necesiten emprender, comprar un auto, o una casa.
Un banco central débil no podría salir en auxilio de esta situación como lo hizo la reserva federal al rescatar a los bancos por las crisis de las hipotecas en 2008.
Las repercusiones de la crisis financiera se contagiarían a una crisis real por la falta de la liquidez y la cantidad de préstamos otorgados por los bancos que no podrían responder al éxodo de retiros, provocando un efecto dominó sobre las inversiones.
En conclusión mucho se ha debatido en las campañas políticas y en el Congreso sobre gravar o no la renta financiera. La mayoría de los economistas son reticentes a estas medidas por las consecuencias que pueden generar.
Los políticos en su intento de captar recursos progresivos y que no afecten a los que menos tienen y con la suposición del que invierte es porque tiene “mucho dinero” y debe contribuir, no pueden ver los efectos indirectos más graves que generan a la economía impactando paradójicamente en los que menos tienen incentivando la desbancarizacion y la informalidad en la economía.
“El sistema bancario es tan esencial como lo es la democracia en el sistema político” sumando otro problema a la crisis económica que estamos viviendo.
El gobierno parece no encontrar un rumbo y cada vez que implementa una medida las consecuencias son catastróficas. De tantos parches en la economía nos parecemos al personaje de ficción Frankenstein sin una agenda, sin un orden y sin un camino hacia el desarrollo.
La solución: “no gravar los ahorros de las personas, que quizás pasan años juntando ese dinero buscando un futuro mejor y no están dispuestos a soportar una pizca de pérdida”

Anuncios