El viernes pasado se realizó en Posadas la Segunda Marcha del Orgullo Disidente. Se trata de la expresión, en el espacio público, de actores, muchos de ellos jóvenes, inscriptos en una historia social en constante evolución que hoy ya no entran en las siglas LGBT+ y reivindican una lucha que, entienden, es eminentemente política.

Por Jorge Víctor Ríos.

Martes 12 de noviembre de 2019. Las nuevas identidades sexuales y de género tienen cada vez más protagonismo en la política, con una especial resonancia en el electorado joven. A diferencia de solamente unos años atrás, hoy hay, en el mundo y en nuestro país, polítiques abiertamente gays, lesbianas y transgénero. Y en la Argentina que viene, es probable que ese protagonismo se magnifique aún más: el presidente electo ha dado señales en este sentido, al utilizar el lenguaje inclusivo en varios discursos, y en el mismo hecho de perfilar su gobierno como uno de corte progresista. Su propio hijo, Estanislao, quien es transformista y se identifica como no heterosexual y de género no binario, ha tomado ya cierto protagonismo al responder en clave política en Twitter a una provocación del hijo de Bolsonaro en relación a estos aspectos de su sexualidad.
Una de las manifestaciones más consistentes y elocuentes del protagonismo de estos relativamente nuevos actores políticos se materializa en las marchas del Orgullo.
La primera Marcha del Orgullo se realizó en Argentina en 1992; la última fue hace dos semanas y se estima que concurrió casi medio millón de personas. En Misiones se han realizado varias, casi siempre bajo la denominación “Marcha del Orgullo LGBTIQ+”. La última, sin embargo, cambió la sigla por la palabra “disidente”. Este cambio responde a consideraciones conceptuales que se comprende solamente desde una perspectiva histórica y política.
El año 1969 es considerado como el que marcó el inicio del movimiento LGBT moderno. Se debe a que, por primera vez, quienes frecuentaban el bar neoyorquino StonewallInn opusieron resistencia a una de las tantas razias policiales que sufrían cotidianamente en ese entonces. En junio del año siguiente se realizó lo que puede considerarse la primera Marcha del Orgullo, en conmemoración y como forma de protesta y reclamo por el maltrato la discriminación y la vulneración de derechos de las personas no heterosexuales que decidían vivir su sexualidad abiertamente. A partir de ahí, en todo el mundo, se realizan marchas del orgullo en el mes de junio, siendo algunas de ellas, como las de Madrid o la de San Pablo, acontecimientos masivos que representan además ingresos importantes para la industria del turismo.
En ese momento, el movimiento estaba hegemonizado por los varones gay. De ahí el nombre que prevaleció hasta hace relativamente poco: Marcha del Orgullo Gay. Sin embargo, con los años, en cuanto iba creciendo en importancia, la marcha comenzó a sumar no solamente más personas, sino también más identidades, y esto se fue reflejando en el nombre: pasó de ser la Marcha del Orgullo gay a ser la Marcha del Orgullo Gay-Lésbico, primero, y más tarde, ante el reclamo de las personas bisexuales y transgénero, a comenzar a utilizar una sigla: LGBT. A lo largo de los años esa sigla continuó haciéndose más extensa, al ir apareciendo nuevas identidades relacionadas a la orientación sexual y a la identidad de género, llegando a ser recientemente común utilizar una sigla de diez letras y el signo “más”, para marcar que también están (o pueden estar) incluidas otras identidades: LGBTTTIQQA+ (lesbianas, gays, transexuales, transgénero, travestis, intersexuales, queer, questioning, asexuales y otras*). Así y todo, no aparecen representadas, como tal, las personas de género no binario: aquellas que no se autoperciben ni varones ni mujeres y que no necesariamente se identifican como queer.
El desarrollo de la sigla ha sido el reflejo del desarrollo del movimiento en sí, en parte resultado del surgimiento de nuevas identidades a partir de los derechos y libertades conseguidas, la intersección con el feminismo y otros movimientos sociales, los debates y reflexiones en el interior del propio movimiento y los aportes teóricos de pensadores como Judit Butler.El desarrollo del movimiento ha sido cultural y social, pero, sobre todo, político.Y la política occidental ha tenido que incorporar estas nuevas subjetividades. El sociólogo Frederic Martel, en su libro Global Gay, sostiene que los derechos LGBT+, íntimamente ligados a los Derechos Humanos, se han convertido en un parámetro para medir la calidad democrática de las sociedades occidentales. En nuestro país, el último gobierno progresista-popular reconoció esto al impulsar las leyes de matrimonio igualitario e identidad de género, además de otras políticas directamente vinculadas a los derechos de las personas LGBT+.
Parte del desarrollo del movimiento hoy pasa por cuestionar el orden cis-hetero-patriarcal, es decir, aquel que establece que el sexo biológico debe determinar el género, según el cual además solamente pueden existir dos, que la heterosexualidad es la única orientación válida o depositaria de privilegios, y que establece una superioridad de los varones sobre las mujeres. Es en este punto donde se comprende aquello de “disidencias”. Por mucho tiempo se habló de “diversidad” sexual y de género: la idea de que la heterosexualidad no es la única orientación sexual posible. Sin embargo, el término “diversidad” no da cuenta de que en esa diversidad la heterosexualidad pretende ser la norma: se espera que todes seamos heterosexuales (la heterosexualidad aún se presume), es lo “deseable”, y ser heterosexual todavía garantiza ciertos privilegios. El imperio de la heteronorma, entonces, ubica automáticamente a todas las personas no heterosexuales en un lugar de disidencia. Por eso hoy se está utilizando con mayor frecuencia el término “disidencias sexuales”, para enfatizar la dimensión política de las identidades sexuales y de género.Les jóvenes tienen una especial vinculación en este aspecto: muches de elles son parte activa del movimiento y muches otres, sin serlo, exigen por parte de sus representantes políticas claras en este sentido.
La sigla parece estar volviéndose demasiado grande desde lo cuantitativo, pero un poco chica desde lo cualitativo. Lo que es seguro, es que la sexualidad humana es diversa, compleja, fluida y que, mientras sea objeto de regulación social, seguirán siendo campo de disputas políticas y luchas sociales.

* Las personas transexuales son aquellas que se intervienen quirúrgicamente los órganos sexuales para adecuarlos a su identidad de género autopercibida; transgénero son las personas cuya identidad de género no coincide con el sexo asignado al nacer, pero no se han modificado los órganos sexuales; travesti es una identidad feminizada con una reivindicación política particular en América Latina. Intersexuales son las personas que nacen con ambos órganos sexuales (antiguamente denominadas “hermafroditas”. Queer es una categoría política reivindicada especialmente en el mundo anglosajón, cuya traducción literal es “raro”, y cuestiona principalmente el esquema de género binarista hombre/mujer. Questioning (literalmente del inglés, “cuestionándose”) se refiere a personas que cuestionan su sexualidad, especialmente su heterosexualidad. Asexuales son personas que no sienten deseo sexual.

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