En su mensaje de ayer el presidente Alberto Fernández encuadró los cambios de rumbo en la política y la economía en una categoría más abarcativa: la recuperación de la palabra en la política. Forzosamente remite a la constitución de la Renovación en Misiones. Ya en 2003 Carlos Rovira articuló las rupturas con la partidocracia sobre el valor de la palabra en la democracia. “La renovación trajo el cumplimiento de la palabra empeñada”, sostenía.

Lunes, 2 de marzo de 2020. “En una democracia el valor de la palabra adquiere una relevancia singular”, sostuvo ayer el presidente Alberto Fernández como prólogo y encuadre del mensaje al pueblo ante la Asamblea Legislativa.
El cambio de rumbo que anunció y se puso en marcha ya en las primeras medidas, tiene en los dos primeros párrafos del discurso un sustento profundamente político: el rescate del valor de la palabra. No podría de otro modo convocar a la unión de los argentinos ni conformar un Consejo Económico y Social si no logra instalar la confianza como categoría de diferenciación con las prácticas discursivas que alimentan la anti-política. No hay otra manera de terminar con la grieta, entendida como enfrentamiento de bandos irreconciliables por prejuicios y justificaciones ideológicas, más propias de los fanatismos del fútbol. La grieta es tan irracional que termina oscureciendo las verdaderas diferencias que existen en todas las sociedades de clases.
El encuadre que hizo el Presidente ayer alertando sobre la peligrosa devaluación de la palabra para la convivencia democrática remite inexorablemente a la consagración de la Renovación en Misiones. “La renovación trajo el cumplimiento de la palabra empeñada”, sostenía Carlos Rovira en los primeros años de la construcción del espacio misionerista. Quizá en la recuperación del valor de la palabra en la política y como sustento de las relaciones en democracia, se encuentre la más profunda actitud disruptiva del rovirismo con las prácticas de la partidocracia.
En “Politeia” Aristóteles advertía que el régimen de la polis no puede ser despótico y afirmaba que tiene que ser respetuoso. “La política debe estar basada más en la palabra que en el poder”.
Dijo Fernández: “En la Argentina de hoy la palabra se ha devaluado peligrosamente. Parte de nuestra política se ha valido de la ella para ocultar la verdad o tergiversarla. Muchos creyeron que el discurso es una herramienta idónea para instalar en el imaginario público una realidad que no existe. Nunca midieron el daño que con la mentira le causaban al sistema democrático.
Yo me resisto a seguir transitando esa lógica. Necesito que la palabra recupere el valor que alguna vez tuvo entre nosotros. Al fin y al cabo, en una democracia el valor de la palabra adquiere una relevancia singular. Los ciudadanos votan atendiendo las conductas y los dichos de sus dirigentes. Toda simulación en los actos o en los dichos, representa una estafa al conjunto social que honestamente me repugna.
He repetido una y otra vez que, a mi juicio, en democracia, la mentira es la mayor perversión en la que puede caer la política. Gobernar no es mentir ni es ocultarle la verdad al pueblo. Gobernar es admitir la realidad y transmitirla tal cual es para poder transformarla en favor de una sociedad que se desarrolle en condiciones de mayor igualdad”.
Este encuadre para la acción se diferencia y denuncia implícitamente la práctica de la política de la anti-política, basada en denuncias seriales que en el afán de destruir el adversario, convertido en enemigo, termina arrastrando a todos al mismo lodo refractario al ciudadano común.
Ya Álvarez Guerrero, el “filósofo” radical que fue gobernador de Río Negro en 1983 y presidente de la Convención nacional en 1991 hasta que renunció en 1994 por oposición al Pacto de Olivos, sostenía que la verdadera corrupción de la política consistía en las prácticas que destruían la confianza de la gente en los dirigentes. La corrupción en este sentido es una categoría más amplia que el robo o la coima, que también descompone la relación de los partidos con los ciudadanos, pero la corrupción es más grave. Es el ataque despiadado entre la dirigencia, la mentira, las operaciones.
Lo que hoy se llama law-fare, la complicidad de un espía que filtra información falsa, la publica un diario, la toma un político para hacer la denuncia en la Justicia, y el diario la confirma ya Felipe González y Alfonso Guerra en los 90 llamaron a ese mecanismo destituyente de la política; “el sindicato del crimen”. Es decir que no hay nada nuevo en las metodologías de los poderes fácticos en contra de la política como herramienta de la sociedad para elegir representantes en la toma de decisiones.
Vale la pena recordar algunas notas:

“La política y la antipolítica es la verdadera grieta que divide a los argentinos”

Eduardo Eurnekian le respondió a Elisa Carrió: “La difamación es la más perversa de las corrupciones”