La autora de esta nota se pregunta si la educación en el marco de la crisis sanitaria es una oportunidad para reflexionar sobre las prácticas.

Por Marina Soledad Antonio (*)
Filósofos y pedagogos han reflexionado (y siguen en ello) respecto a cómo impacta o podría impactar la pandemia que desató el Covid-19 en la vida cotidiana y, entre otras situaciones, en el enseñar y el aprender.
Tonucci (1), el reconocido pedagogo italiano, nos invita a pensar en el formato escolar. El autor propone, en notas que ha concedido a la prensa argentina, que la escuela no debería seguir igual después de esto. Para Tonucci la escuela, antes de esta situación, ya venía siendo cuestionada, ya no funcionaba; y éste sería el momento oportuno para dar un giro, para que el formato escolar se adapte a las necesidades, deseos, aptitudes y capacidades de las niñas y niños. Y en ese sentido estamos de acuerdo.
Este momento de cuarentena y aislamiento social obligatorio, nos obliga a los docentes a repensar nuestras prácticas, a adaptar programas y metodologías de trabajo (no sólo adaptar a la virtualidad, sino indagar y pensar también respecto a los accesos a la tecnología); y así es una buena oportunidad, si no se había hecho antes, para que esos cambios y adaptaciones estén centradas en los sujetos con los que interactuamos en el aula, nuestros estudiantes. Esto quiere decir que la reflexión no es sólo didáctica, en relación a los contenidos que deben ser priorizados o a las estrategias adaptadas a la virtualidad; sino que también nos obliga a reflexionar sobre algo que los sociólogos ya han hablado bastante, que son las desigualdades sociales traducidas en desigualdades de oportunidades y escolares. Y en esta reflexión nos alejamos un poco de la mirada romántica de Tonucci de transformar la casa familiar en un laboratorio, no porque no creamos que estas experiencias puedan tener un alto valor experiencial y de aprendizaje; sino porque ignora o minimiza esas desigualdades.
Conversando con colegas docentes, con padres y con los propios estudiantes, el acceso a las tecnologías en esta “virtualización” de la escuela no es un tema menor. No se trata solamente de tener acceso a internet y un dispositivo (celular, PC), sino de conocer cómo funcionan estas herramientas y plataformas. Tener parlantes, micrófono y video para participar de las clases en línea, por un lado. Tener Word o PDF actualizado en el celular para leer los archivos, por otro lado. Y mientras en un audio la hija de mi amiga, de 15 años, me explica cómo usar WhatsApp Web, para copiar el enlace para entrar a una reunión en Jitsi Meet; en otro audio mi estudiante, de apenas dos o tres años mayor, me dice que no sabe usar el correo electrónico para enviar un trabajo que le pidió la profe de Historia.
Acá traigo a colación una reflexión de otro pedagogo, Philippe Meirieu, que analiza los efectos de la pandemia en el espacio escolar. Este francés, en su escrito para “Le Café Pedagogique”, señala que cuando el estudiante no está presente (físicamente) puede verse qué serio es transformar nuestros “objetivos” en “prerrequisitos”.
Cuantas veces nos hemos visto a nosotros mismos “suponiendo” sobre nuestros estudiantes: que saben usar un email, que saben más que nosotros sobre la tecnología, que ya saben todo sobre los métodos anticonceptivos, que saben armar una red conceptual… “¿Cómo? ¿Ese no era un tema del año pasado?” “¿Acaso no le enseñaron eso en la primaria?”… Más íntimo aún, no sólo suponemos sobre los contenidos y habilidades que ya debería manejar el estudiante, sino que también suponemos que están motivados y son autónomos para realizar ciertas actividades. Meirieu denuncia que “Hay demasiada tendencia en nuestras instituciones a olvidar que la motivación, el sentido del esfuerzo, la autonomía y la autosuficiencia no pueden ser requisitos previos para entrar en una actividad docente, sino que son los objetivos mismos de esa actividad, inseparablemente ligados a la adquisición de conocimientos.
Hacerlos requisitos previos significa reservar la actividad pedagógica a los que ya están «educados», y preferiblemente «bien educados»”. En este sentido, el autor nos habla y nos interpela en relación a las desigualdades. Una problemática que ya estaba en la agenda de la educación, pero que en esta educación a distancia y virtual se hace más notoria. Las condiciones materiales, sociales, culturales y psicológicas de las familias son desiguales. Los deseos, intereses, motivaciones, conocimientos previos, saberes, trayectorias de nuestros estudiantes son de lo más diversos. Negar esto, en este contexto al menos, es imposible.
A los docentes se nos presenta un gran desafío, ya lo han señalado diversos autores del campo de la Didáctica y del aprendizaje (Anijovich, Baquero, Sanjurjo, entre muchos otros), y es enseñar ciertos contenidos “unificados” por así decirlo, a un público sumamente diverso. Sólo reconociendo esta diversidad se puede ofrecer desde la enseñanza, experiencias y situaciones donde todos puedan involucrarse, encontrarle sentido a los contenidos, accionar con los conocimientos, y así, aprender.
Considerando esto, podemos volver a los planteos de Tonucci y ver esta situación como una oportunidad para el cambio. Este contexto ya no nos permite que estos enunciados sobre la diversidad queden como simples declaraciones utópicas, sino que nos interpelan día a día, a través de un mensajito de texto que me dice “profe, yo no sé usar el Word” o a través de ese “estudiante offline”.

Referencias:

 Meirieu, Philippe (18/04/2020) «La escuela después»… ¿Con la pedagogía de antes?.
Disponible en http://www.mcep.es/2020/04/18/la-escuela-despues-con-la-pedagogia-deantes-philippe-meirieu/
 Tonucci, Francesco (21/04/2020) “Si el virus cambió todo, la escuela no puede seguir
igual”. La Nación. Disponible en: https://www.lanacion.com.ar/comunidad/francescotonucci-si-virus-cambio-todo-escuela-nid2356227

* Marina Soledad Antonio es magister. Profesora y Licenciada en Psicología (UNC), Magister en Investigación Educativa con mención socio-antropológica (CEA- UNC). Especialista en Adolescencia (UNC, en curso). Integra el Equipo de Orientación Escolar del CEP 1. En la Facultad de Humanidades y ciencias Sociales de la UNaM integra el equipo docente de Didáctica, Curriculum y Aprendizaje I y II, y el equipo de Práctica Profesional III (de los profesorados en Letras, Ciencias Económicas, Historia y Portugués). Formó parte del plantel docente de la Articulación en Educación. En la Facultad de Ciencias Exactas, Químicas y Naturales de la UNaM integra el equipo docente de Problemática de la Didáctica (Profesorado en Biología) y Quehacer Didáctico (Profesorado en Matemática y Profesorado en Física).

Ilustración: imagen temática tomada de Internet.