El fin de semana largo de la Semana Santa dejó buenos números para el sector turístico aunque no suficientes para hablar de reactivación. Son tiempos para pensar la refundación de la actividad y analizar los puntos débiles. Y crecer, con la comunidad donde se desarrollan las ofertas ya que un destino bonito debe traer mejor calidad de vida para su gente y no solo para visitantes.

Por Jorge Posdeley (*)

Lunes 12 de abril de 2021. El último fin de semana largo de semana santa la actividad turística género un leve repunte pero sostenido en cuanto a movimiento interno de viajeros y excursionista de cercanías, los datos mantienen la media histórica de los fines de semana largos. Pero estamos transitando una pandemia y aún así, en esta situación, los números de Semana Santa son records: 1,9 millones de turistas nacionales y unos 2,6 millones de excursionista salieron a consumir servicios, aportando en concepto de consumos turísticos unos 14.066 millones de pesos en cuatro días, con un gasto promedio, por día, de 2.000 pesos por persona.
La actividad turística en la Semana Santa Argentina de este año tuvo –de nuevo- la oportunidad para dejar un claro mensaje económico a los mercados emisores y a los destinos receptores, resaltando la importancia que reviste el turismo interno o de cercanías para la subsistencia del sector y la redistribución económica interna, que únicamente el turismo como actividad lo puede hacer como un verdadero distribuidor y equilibrador interzonal.
La noticia sobresaliente del sector turístico nacional posferiado extra largo mostró que estamos frente a nuevos tiempos: etapa de resurrección de la actividad del turismo y del negocio de los viajes. Los primeros datos globales que se conocieron globales están cargados de indicadores que marcan a priori un crecimiento, paulatino, pero sostenido desde la reapertura de la actividad con sus nuevas normalidades y respetando los protocolos sanitarios.
Sin embargo este crecimiento no debe tapar el problema mayor, que es la presencia de un virus que convive con la población, con efectos devastadores en la salud y que todo indica que permanecerá. Por lo tanto, el mercado interno del turismo es, por ahora, la única alternativa válida de captación de viajeros porque, las fronteras seguirán cerradas y los vuelos internacionales se cancelas y reprograman en función a la pandemia, con estados inciertos y diferentes en distintas regiones del mundo. Así, el turismo internacional es una verdadera quimera.
Este crecimiento de la demanda no es suficiente y mucho menos si pretendemos que este crecimiento en visita y en ocupación hotelera alcance -por lo menos- a cubrir los costos operativo y mucho menos a cubrir deudas o servicios que se vienen acumulando por más de ocho meses, pensando además en la escases de reservas para próximas temporadas. También aquí habrá que poner el foco en los destinos y su situación sanitaria, en la demanda ante la posibilidad latente de nuevas restricciones de circulación conforme al avance de la segunda ola del Covid19, el Ministerio de Turismo de la Nación -ante esta situación- no descarta nuevamente un nuevo auxilio económico para el sector.
El componente de la oferta de los servicios de los destinos turísticos nacionales esperaba más que ansioso el fin de semana largo de la Semana Santa para poder inyectar en su debilitada economía una infusión monetaria que fuera suficiente por lo menos para paliar en parte esta situación de pandemia.
Los números finales en cuanto al movimiento de turistas nacionales casi son los mismos números históricos a cualquier fin de semana largo. Según datos de la Confederación Argentina de la Mediana Empresa (Came) 1,9 millones de turistas se movilizaron por el país y unos 2,6 millones de excursionista estuvieron movilizados en cercanías consumiendo servicios, aportando la actividad a la balanza de pago de los servicios una suma cercana a los 14.066 millones de pesos en cuatro días, con un gasto promedio por día de 2.000 pesos.
Los números se repiten, pero en esta ocasión especial es para tener más en cuenta aun y prestarle mayor atención a los fríos datos porque esta vez se da en pleno rebrote de la pandemia; los números de cantidad de viajeros por fines de semanas largos son casi los mismos, son históricos y además secuenciales. El promedio de gastos per cápita de los visitantes se mantienen en la media y hacia abajo, es decir que sostenemos lo que venimos diciendo desde hace un tiempo a esta parte: viajan más pero gastan menos. Según la misma fuente –Came- comparamos rápidamente datos del último fin de semana largo sin pandemia que correspondió, el año antepasado, al feriado la Soberanía Nacional (noviembre 2019). Esos días se movilizaron 1,1 millones de turistas y 2 millones de excursionistas por el país. Es decir, 10,4% más que en el mismo fin de semana del año 2018, con un gasto diario de $1.550. Recordemos este dato un promedio cercano a la presente temporada, que amerita un análisis excautivo en los oferentes de servicios y para los destinos turísticos.
En este marco, en cual por lo menos y por un tiempo más el segmento de mercado interno será el mercado meta a conquistar; los servicios y los destino deberán buscar en la reingeniería de la resiliencia del turismo una nueva oportunidad de ser considerada como una propuesta válida y competitiva latente en la mente del consumidor como satisfactor ideal de su nueva experiencia frente a otros destinos locales, que compiten en las mismas condiciones en atractividad, calidad, costos y preferencias.
Los destinos que no alcanzaran a transformarse como una propuesta sostenible valida de cara al futuro perderán su posicionamiento ante la demanda, que es siempre elástica, y ante una situación diferente tiene un comportamiento de retractivilidad muy importante. La demanda rápidamente elige otro destino que los reemplace y satisfaga sus deseos, esto en condiciones normales, hoy la rectrativilidad es muy sensible a la situación sanitaria de los destinos.
La actividad turística estuvo parada por más de nueve meses, un tiempo suficiente para que los destinos turísticos reestructuren sus necesidades y sus nuevas oportunidades de mercado. En este lapso, también, seguramente hubo un tiempo para pensar en las debilidades y sus falencias como destino turístico. Pareciera que la línea de pensamiento solo se centró en salir rápido a conquistar nuevamente los mercados, conseguir visitantes, mejorar la performance de los años buenos con más turistas y menguar las necesidades económicas.

Iguazú con turistas pero sin agua
En la Argentina, según el informe oficial del organismo de aplicación, Puerto Iguazú se ubicó séptima en el orden de preferencia de las visitas nacionales. Los viajeros aportaron a la economía misionera unos 102 millones de pesos, con un gasto promedio de 2.132 pesos por persona y por día en la tierra de las aguas grandes. Según el mismo informe, Iguazú promedió el 82 por ciento de ocupación hotelera aunque no queda claro si ese porcentaje responde a la totalidad de las habitaciones de la planta hotelera local o al porcentaje de ocupación sobre las habitaciones permitidas, según distanciamiento social. Cataratas recibió 9650 visitante.
Para el destino Iguazú, estos son momentos únicos y oportunos para repensar en la refundación del turismo, analizando la sostenibilidad del destino. Es un buen momento para evaluar su dotaciones de infraestructuras básicas y las destinadas al turismo, para finalmente analizar en conjunto con la súper estructura su actual planta turística (atractivo turístico + equipamiento + infraestructura + instalaciones). En definitiva, volver a pensar y planificar nuevamente un destino de cara a las nuevas necesidades y oportunidades de los mercados.
En esto de re-pensar en la planificación del turismo, se hace necesario primero evaluar el funcionamiento de la planta turística y las dotaciones de bienes y servicios de la infraestructura básica de la comunidad, en el cual la actividad turística se apalancará. La infraestructura básica es patrimonio de la comunidad en su conjunto, vale decir, de toda la comunidad y el turismo se vale de esos servicios de la comunidad para su desarrollo; si perdemos esta mirada, perderemos la visión de desarrollo de un destino turístico.
Resulta casi catastrófico e imposible pensar en una comunidad sin el suministro de agua potable. Además que esa falta de servicio se haga costumbre y se repita constantemente, pero que esto –además- ocurra también en plena temporada turística en un destino turístico que se precie de tal y con categoría de internacional no tenga resuelto el normal abastecimiento y suministro de agua potable, es de no creer fácilmente. Falta agua, como en la legendaria saga: Mad-Max.
Esta situación de vieja data y arraigada en la comunidad se potencia, máxime que en estos momentos estamos conviviendo todos en tiempos de pandemia donde todos buscan una mejor calidad sanitaria de la comunidad y del destino. En consecuencia, se deben cumplir con los requisitos y protocolos obligatorios de higiene y lavado constantes de utensilios y manos, situación que seguramente obliga a repensar en el aumento sustancial del uso y consumo del agua por persona por día, de los turistas y del conjunto de la comunidad estable.
Es preocupante observar en una comunidad local cualquiera la falta o a deficiencia en el normal funcionamiento de algún componente de la infraestructura básica, pero es más preocupante en un destino turístico, porque a las necesidades de los locales se les suma las necesidades del visitante (que no eligió pasarla mal de antemano). Cuando de carencia se trata, esta vez de distribución de agua potable, la solución urgente por lo menos parcial tarde en llegar, aparentemente no es momento de pensar en soluciones definitivas, por la simple razón de la falta de planificación (adelantarse a la solución de necesidades recurrentes). Este comportamiento pone a Iguazú lejos de ser considerada como ciudad sustentable y mucho menos como un destino sostenible.
Cuando un destino crece en el desarrollo de la planta turística, debe indefectiblemente crecer hacia atrás para el beneficio de la comunidad. ¿Qué significa esto? Que debe crecer en el desarrollo de la infraestructura básica de la comunidad (mejora en los servicios eléctricos, mejora en la distribución de agua potable y de accesos a las telecomunicaciones, por ejemplo); en conectividad, en transporte urbano local, en el aumento de camas de los hospitales, en aumento de la matricula escolar; en seguridad. En definitiva, en el mejoramiento en la calidad de vida de los locales. Un destino turístico debe ser atractivo y bonito no solo para quienes los visitan sino para todo la comunidad.

(*) Docente universitario – magister en Turismo.