Hoy, el país con más inflación en la región es Venezuela y el segundo lugar es para la Argentina. Hoy, Macri no puede seguir asustando con que iríamos hacia Venezuela ni poner la culpa de la crisis en el kirchnerismo. Está en el Gobierno desde hace más de dos años y fue suya la promesa de que la inflación caería rápidamente. Pero no cayó. Lo que también aumenta en la Argentina, tanto como las tarifas, es la crispación.

Posadas (Lunes 5 de febrero). Mientras el Gobierno de Cambiemos sigue disfrutando los beneficios de un blindaje mediático con pocas fisuras impuesto desde los monopolios comunicacionales, la prensa internacional sigue reflejando la realidad económica argentina.
La periodista Sylvia Colombo, en una columna del Folha de Sao Paulo, el histórico diario de Brasil, desnuda el fracaso de Macri frente a la inflación y pone a la Argentina en el escaño anterior al temido fantasma de Venezuela, desde la perspectiva monetaria, que tanto defenestraron los votantes de Cambiemos.
Esclavo de sus palabras, Mauricio Macri, el presidente, carga sobre sus hombros el peso de haberse floreado por todos los medios, antes de llegar al cargo, asegurando que la inflación es el resultado de un mal gobierno.
¿Dónde ubica su gestión, entonces, aplicando ese criterio? Los estudios comienzan a mostrarle rojos cada vez más intensos y el tiempo de “la culpa la tiene el otro” está llegando a su fin en el imaginario de la población.

En una nota en el Cronista, el periodista Walter Brown da cuenta que crece el malhumor en la sociedad por la situación económica donde la inflación, el ajuste de tarifas y la suba del dólar afectan la confianza sobre la gestión. Dice su artículo:

Aumenta el mahumor en la sociedad por la situación económica

Superado el tiempo de la disputa política por las elecciones legislativas y en pleno receso parlamentario, la brecha que divide a la sociedad desde hace varios años se expresa hoy por hoy con mayor intensidad a través de la lectura sobre la economía argentina. En ese terreno, la visión opositora se radicaliza y el oficialismo pierde adhesión entre quienes lo votaron para ejercer el poder. Como resultado de ello, se aprecia que predomina el pesimismo respecto de las principales variables y el futuro de la economía, más allá de que ese escenario no sea capitalizado por ningún referente de la oposición.
Así lo revela la última medición del Monitor del Humor Social y Político que realizó DAlessio Irol/Berensztein en exclusiva para El Cronista. El sondeo, realizado durante el mes pasado a más de 1000 adultos en todo el país, exhibe un incremento en la evaluación negativa sobre la situación económica en la que se encuentra el país respecto de un año atrás. En esa línea se expresaron un 57% de los encuestados contra solo un 40% de respuestas positivas, un registro que marca un piso más favorable para comenzar el año, en comparación con lo registrado en 2017, aunque también señala el peor nivel desde julio pasado, el mes previo al paso por las urnas para las elecciones primarias.
Peor aún es la mirada sobre el futuro que alcanzó un pico de pesimismo desde julio de 2016, cuando comenzó a publicarse el estudio. Para más de la mitad de los entrevistados, la situación económica dentro de un año estará peor, mientras que un 44% cree que mejorará. Los datos son diametralmente opuestos a los recabados en noviembre último y muestran el peor nivel de la serie.
A la hora de analizar las razones, el informe hace hincapié en la incertidumbre asociada a “los rezagos del convulsionado mes de diciembre”, en el que fueron protagonistas los enfrentamientos en las calles durante la aprobación de la reforma previsional y la evolución de los precios encendió una luz de alerta.
De hecho, los incrementos de tarifas, el incumplimiento de las metas de inflación y los vaivenes del dólar, entre otros hechos, contribuyeron a una mayoritaria visión crítica atravesada por las diferentes posturas políticas. Por caso, a la hora de opinar sobre la proyección del empleo, un 47% de los encuestados que votó por Mauricio Macri en 2015 cree que este año aumentará, mientras que solo uno de cada diez de los consultados que no apoyaron en las urnas al actual Presidente se expresa de la misma forma y cuatro de cada cinco prevé que disminuirá.
La lectura se repite sobre la inflación y, en menor medida, respecto del bienestar. En el primero de los casos, un 41% de los votantes de Cambiemos en el ballottage presidencial dice que bajará, en cambio un 77% de los que adhirieron al por entonces FpV sostiene que crecerá. En el segundo, solo 36% de quien votó al ahora oficialismo supone que aumentará y el mismo guarismo espera que se mantenga igual, mientras que 84% de los opositores proyecta una reducción.
Asimismo, la suba del dólar es observada como un reacomodamiento necesario para uno de cada dos electores de Cambiemos pero acentúa la sensación de pérdida de control sobre la economía para los opositores (79%).
Como consecuencia de este panorama, la proyección de inversión o consumo personal se retrajo un poco, aunque presentó 54% de respuestas favorables. Una de cada tres personas indicó que su proyecto para este año era irse de vacaciones durante el verano y un 46% manifestó no tener ninguno.
Respecto de la gestión, se mantuvo la calificación negativa para el Gobierno que había registrado en diciembre pasado (54%) y cedió un punto más la positiva (44%), aunque también allí la diferencia es marcada por la brecha. Cambiemos retiene la adhesión a su administración de 77% de sus electores consultados y tiene el rechazo de 89%. Sin embargo, remarca el estudio, “los votantes de Macri exigen más del gobierno que eligieron para esta segunda parte del mandato”, ya que uno de cada tres considera que la gestión aún es peor de lo que esperaba.
Pese a ello, los principales políticos oficialistas sigue liderando en imagen, aunque aún no retornaron a los valores de noviembre pasado. La gobernadora bonaerense María Eugenia Vidal muestra un 54% de imagen positiva y es la única con un diferencia favorable (+13%). La siguen Elisa Carrió (47% de positiva y 47% de negativa) y Mauricio Macri (46% y 49%). El opositor mejor posicionado es Martín Lousteau (35% y 50%), mientras que Cristina Kirchner se mantiene con 28% de imagen positiva y 65% de negativa.

 

La inflación es la piedra en el zapato de Macri

Por Sylvia Colombo para Folha de S.Paulo
Cuando Mauricio Macri ganó las elecciones en 2015, parte de su discurso de campaña era que él evitaría que la “Argentina se convirtiera en Venezuela”. De hecho, eso no sucedió. Y no creo que sucedería si hubiera perdido porque la situación venezolana es terriblemente más grave.
De cualquier manera, el lema fue convincente, y ayudó no sólo a Macri, sino también a otros líderes de centro-derecha que llegaron al poder en América Latina en los últimos años.
Tal vez por eso no fueron pocos los argentinos que sintieron un gusto amargo en la boca al agarrar por primera vez la nueva hoja que acaba de entrar en circulación: el billete de mil pesos. No es el primero del período macrista. Cuando asumió, el billete de valor más alto que había era el de 100 pesos. En dos años de mandato, ya se han lanzado el de 200, el de 500, y ahora éste, de 1000.
Pero, ¿no es más o menos lo que ocurre en Venezuela? Allí, una inflación astronómica hace que los ciudadanos tengan que caminar por las calles cargando bolsas de plástico con varios bloques de billetes para comprar nada más que la simple “arepa” del día a día. Hasta que, de vez en cuando, el gobierno decide emitir un nuevo billete de valor más alto.
Hoy, el país con más inflación en la región es Venezuela, pero el segundo lugar es de Argentina, a pesar de tantos elogios y del oba-oba internacional con relación a la gestión macrista.
Esa hoja, el billete de 1000 pesos argentinos aún remite a otros paralelos amargos. En los años 1990, cuando Menem era presidente y un peso valía un dólar, si existiera un billete como éste, sería suficiente para comprar un billete de avión Buenos Aires – Nueva York. Hoy, sólo paga una cena para dos personas en un restaurante medio con un malbec honesto.
Es verdad que Macri heredó de su predecesora una economía estancada, con inflación maquillada, un sistema de previsión arcaico y lleno de privilegios indebidos, trabas proteccionistas, además de un excesivo gasto social y un sistema de subsidios extremadamente generoso, hasta para los más ricos.
Todo esto era fácil de mantener en épocas de vacas gordas, como fue la del “boom de las commodities”, que correspondió al período kirchnerista (2003-2015). El caso es que el mismo no viene ocurriendo ahora, y los ajustes son necesarios.
Hay que decir que Macri no mintió cuando dijo qué harían. Tampoco dejó de cumplir la promesa de hacerlo poco a poco. Los recortes de los subsidios en los servicios se están realizando de manera gradual.
Pero, si a los ojos de los analistas internacionales y de los líderes extranjeros que visitan el país, la receta aplicada es la correcta, ¿por qué se ven tantas quejas del ciudadano común con relación al precio de las cosas? ¿Por qué empiezan a palomitar huelgas y protestas? ¿Por qué familias humildes vienen reclamando que el dinero no llega hasta el final del mes? ¿Por qué hay gente dejando el coche en el garaje y prefiriendo caminar, por no tener que pagar el combustible?
Si el país volvió a crecer, ¿por qué los precios de las cosas dan la sensación de que la economía está descontrolada?
Es cierto que la inflación ha caído mucho. De 2016, cuando estaba en el 40%, fue al 25%, con que cerró 2017. Pero el 25% todavía es mucho. Y el propio ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, declaró recientemente que éste era un problema más difícil de resolver de lo que el equipo económico esperaba.
La gran cuestión detrás de la inflación argentina es el inmenso déficit de presupuesto, que el gobierno viene financiando de dos maneras: emitiendo billetes o adquiriendo dólares fuera, o sea, endeudando el país, y vendiéndolos al Banco Central, lo que resulta en más pesos en circulación. Es decir, las dos soluciones crean más inflación.
Otro elemento que genera más inflación es justamente el remedio para corregir los vicios de la era kirchnerista. Cortar subsidios y aumentar precios de servicios, como acaba de ocurrir con el transporte. A partir de este mes, subirán también los precios de los combustibles, de la electricidad, del gas y del agua. Si el fin de las subvenciones es un mal necesario para mejorar la economía a largo plazo, a corto plazo provoca aumentos indeseados e impopulares.
La persistencia de la inflación hizo que el gobierno recalculara sus metas. Antes planeaba que en 2019 se llegaría a una inflación de un dígito, pero eso acaba de ser pospuesto para el 2020, para después de la próxima elección presidencial. Para 2018, fijaron que se llegaría a diciembre con un 15%, pero los expertos dudan de que sea posible.
Si hasta entonces había un consenso de más de la mitad de la población de que el camino escogido por Macri era el correcto, y con ello el gobierno obtuvo una contundente victoria en las elecciones legislativas, ahora comienza a haber señales de cambio de los ánimos.
El argentino no es el pueblo más paciente del mundo para esperar que las medidas a largo plazo den resultado. Aquí, no hay sentimientos moderados cuando se trata de política. Los gobiernos van desde la épica a la tragedia en cuestión de meses. Ocurrió con Alfonsín, con Menem, con Cristina y con otros.
La inflación fue el tema de mayor preocupación de los argentinos en 2017. Pero la inquietud tomó forma concreta cuando el Congreso aprobó la reforma de la previsión en diciembre. En el exterior, se armó un escenario de guerra, con militantes violentos y represión fuerte, decenas de civiles y policías heridos. No se veía algo parecido desde diciembre de 2001, cuando estalló la crisis que obligó al entonces presidente Fernando de la Rúa a dejar la Casa Rosada, literalmente, en un helicóptero.
Obviamente no se trata de la misma situación, y por ahora es poco probable pensar que Macri pueda tener que abandonar el poder de esa forma. En muchas protestas ya aparecen carteles con el diseño de un helicóptero, o gente usando helicópteros hechos de cartón en la cabeza y en él escrito “vuela Macri”.
Lo que viene preocupando al gobierno son los números en caída libre de la aprobación popular de la gestión, justamente registrados después de que la reforma de la previsión haya pasado. La investigación D’Alessio IROL / Berensztein muestra que la imagen positiva del presidente está en un 45%. Un número alto, pero más de diez puntos a menos que la cifra después de las legislativas, del 58% (instituto Isonomía). La reacción inmediata del presidente fue la de aplazar la reforma laboral.
Dos años después de asumir el poder, el discurso de Macri no puede seguir siendo el mismo de la campaña electoral. El presidente ya no puede usar la excusa de que “iríamos a Venezuela” mientras no para de emitir billetes, y no puede seguir poniendo toda la culpa en el kirchnerismo. Al final, hace dos años, quien gobierna Argentina es él. Y fue de él la promesa de que la inflación caería rápidamente. No cayó.
Macri puede estar en el camino correcto, pero necesita ajustar el discurso, minimizar expectativas y ser más realista con respecto a lo que de hecho va a poder entregar hasta el final de su mandato. Tal vez su legado sea el de una economía más organizada, un país más abierto (aunque las tan esperadas inversiones de fuera estén viniendo a cuentagotas), pero con problemas crónicos que hasta ahora están sin solución: entre los más importantes, la inflación y el endeudamiento, que parecen estar formando una bola de nieve.
Mientras tanto, la crispación empieza a ganar las calles nuevamente, y no es raro oír aquí y allí las ollas volviendo a sonar al anochecer.
Al mismo tiempo que debe caminar más rápido con la entrega de los resultados, Macri necesita ser más hábil en el discurso. Pedir a los jubilados que piensen a largo plazo parece broma de mal gusto. Y pedir que los argentinos, en general, sean pacientes, es mostrar que no conoce la naturaleza de sus compatriotas.

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