Ante el privilegio heterosexual, el movimiento LGBT dice que todo beso es político. Sobre todo si es en el espacio público. Rechazan así la reprimenda al beso de dos mujeres en un bar de Posadas -entre otras discriminaciones- que trascendieron la semana pasada.

Por Jorge Víctor Ríos.

Viernes 6 de diciembre de 2019. La semana pasada trascendió el caso de una pareja de chicas a las que le prohibieron besarse en un local de cerveza artesanal de Posadas. Días después, una pareja de varones que se besaba en una plaza del barrio porteño de Villa Urquiza fue atacada a latigazos por un hombre. Si bien desde el regreso de la democracia se vienen dando avances considerables en términos de derechos de las disidencias sexuales, ciertos sectores de la sociedad pretenden que la demostración de afecto en el espacio público siga siendo un privilegio de las parejas heterosexuales.
Un aspecto interesante de estos casos es que algunos de los medios de comunicación que reflejaron estos hechos utilizaron los términos lesbo-odio y homo-odio en lugar de lesbofobia y homofobia, respectivamente. Y es que en cuanto los movimientos sociales ganan terreno como nuevas formas de participación democrática y política de la ciudadanía, el desarrollo de sus reivindicaciones se ve reflejado en los constantes cambios en las categorías que utilizan, como resultado de los debates, desarrollos e intersecciones con otros movimientos. Es el caso del movimiento LGBT, cuyo propio nombre está en continua evolución, habiendo pasado por un largo proceso de ampliación de la sigla para incluir las diversas identidades sexuales y de género, hasta la denominación disidencias sexuales y de género.
Así como fue extremadamente importante (y, por lo general, extremadamente difícil) lograr que se dejen de utilizar eufemismos como “Proceso de Reorganización Nacional” para referirse a la última dictadura cívico-militar en Argentina o “crimen pasional” para aludir a los femicidios, el movimiento de las disidencias sexuales propone reemplazar la palabra fobia por odio (para hablar así, por ejemplo, de trans-odio en lugar de transfobia), no solamente para referirse a las violencias físicas y verbales, sino también para todo tipo de discriminación por orientación sexual o identidad de género. Esta diferenciación, por cierto, es algo de lo que da cuenta el universo jurídico a través de la categoría “crimen de odio” o “delito de odio”, aplicado, entre otros, a aquellos delitos en los que una persona ataca a otra motivada exclusivamente por su orientación sexual o identidad de género.
Pero para comprender mejor esta cuestión es necesario comprender que nuestras sociedades modernas se caracterizan por la contradicción de denominarse igualitarias, cuando en realidad son estructuralmente desiguales. La sexualidad y el género constituyen solamente dos de los ejes sobre los que se dan esas desigualdades estructurales. El orden social patriarcal y capitalista, que rige nuestras sociedades occidentales, exige, en el ámbito público -de lo oficial-, un esquema normativo de binarismo de género y monogamia heterosexual, cuyas reglas pueden enunciarse así: 1) se debe cumplir los roles o bien de varón o bien de mujer, según la genitalidad, de por vida; 2) se debe desear sexualmente al género opuesto; y 3) se puede tener sólo una pareja. Así, toda persona que no sea un varón cisgénero heterosexual (además de otras pertenencias de clase o etnia, por ejemplo) no solamente no tiene los privilegios de éste, sino que, además es pasible de recibir sanciones, si no jurídicas, sociales, según cuantas de aquellas normas “contravenga”. Es en este marco en que pueden comprenderse las violencias contra las mujeres y las personas no heterosexuales, trans o de géneros no binarios: son sanciones correctivas, avaladas por el sistema social hegemónico. Y por eso son, esencialmente, políticas.
Así como el femicidio es el extremo máximo en el continuum de las violencias machistas entre las que se encuentran los -cuestionablemente- denominados “micromachismos”, el crimen de odio por orientación sexual es el extremo en el continuum de las violencias heteronormativistas, es decir, las que castigan a quienes “se rebelan” contra la obligación social de ser heterosexuales. En ese continuum se encuentran los ataques físicos y verbales, pero también todos los demás actos de discriminación. Más allá de cada caso particular, siempre se trata de un origen común que es, por lo tanto, estructural: la aversión a lo no heterosexual, y su consecuente acción correctiva. Por eso es acertado hablar de odio más que de fobia, incluso cuando se trata “simplemente” de la prohibición a las parejas homosexuales de tener las mismas demostraciones de afecto que las heterosexuales en un determinado lugar.
El término fobia está asociado al ámbito de la psiquiatría y, además de referirse a una aversión, remite a una situación de miedo, que, a su vez, es irracional, por lo cual queda fuera del control de quien lo siente. Quien teme, sobre todo de manera irracional, no solamente es, por ello, inimputable, sino que incluso puede llegar a considerársele una víctima de aquello que le produce el miedo, o de la imposibilidad de controlar ese miedo. La palabra odio, por su parte, además de remitir a una aversión, remite al enojo, palabra que deriva directamente del latín “inodiō”. Cuando alguien rompe una regla, hace enojar, hace “entrar odio”, a quien impone esa regla o a quien la defiende. Sin dudas, la palabra odio explica mucho mejor que la palabra fobia situaciones en las que aplica algún tipo de sanción por incumplir las reglas del hetero-cis-patriarcado. No se trata de miedo; se tata de enojo.
La constante revisión y búsqueda de términos más apropiados para referirse a realidades (y recrearlas) habla de un movimiento que se cuestiona, que se desarrolla, que está vigente. Casualidad o no, la mayoría de las personas que se oponen a adoptar estos nuevos términos, luego de extensas explicaciones como la que aquí se expone, suelen ser personas que disfrutan de los privilegios de ser varones, cisgénero, o heterosexuales. O todas las anteriores.
Suele escucharse, como consigna del movimiento LGBT ante el privilegio heterosexual, que todo beso es político. Y al menos en el espacio público, lo es.

Ilustración: imagen tomada de Internet.