El informe del IPCC sobre cambio climático reafirmó lo que ya sabíamos: nevadas, inundaciones, incendios y olas de calor son cada vez más frecuentes y la responsabilidad es humana. Pero la humanidad no es un todo indistinto: el 1% más rico emite más del doble de dióxido de carbono que la mitad más pobre del mundo.

Sábado 14 de agosto de 2021 (Mercedes Pombo para Cosecha Roja). Nevada histórica en el sur de Brasil, incendios en Siberia, Turquía, Argelia y Rusia, inundaciones en China y Europa Central, olas de calor en Canadá, Estados Unidos y Europa que superaron los 48 grados de temperatura, quemas de más de un millón de hectáreas en Argentina sólo en 2020.
Los fenómenos climáticos extremos que emergieron en distintas regiones en el plazo de pocas semanas y en el contexto de una pandemia mundial, evidencian que el estado de excepción permanente se convirtió en el signo de nuestro tiempo.
El último informe emitido por el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), el más completo desde su documento publicado en 2013, reafirma la incidencia del cambio climático en estos fenómenos que crecen en frecuencia e intensidad. Y, sobre todo, responsabiliza inequívocamente a la humanidad del calentamiento global observado.
Esta responsabilidad no se le puede asignar a la humanidad como un todo indistinto. Según la OXFAM, el 1% más rico emite más del doble de dióxido de carbono que la mitad más pobre de la población mundial. Es nuestro sistema de producción y de consumo el que da origen a una problemática que por sus mismas consecuencias pone en jaque el tejido social y económico tal como lo conocemos. La crisis climática es en su germen una crisis política y ética.
Escindir las problemáticas ambientales de las sociales y considerar a las preocupaciones por el medio ambiente como un interés postmaterialista, hoy se torna insostenible.
Los factores de vulnerabilidad ambiental, como la cercanía a basurales a cielo abierto, a zonas inundables o con niveles insalubres de contaminación en el aire y el agua, profundizan y cristalizan todas las desigualdades sociales preexistentes.
Estas mismas asimetrías que se observan al interior de los países se replican a nivel geopolítico. Los países que más contribuyeron históricamente al cambio climático son los que más herramientas tienen a la hora de hacerle frente mientras que, paradójicamente, los países que menos responsabilidad histórica y presente tienen son los que más van a padecer sus consecuencias.
Nuestro modelo vigente se caracteriza por ser, además de desigual, profundamente irracional. Los mismos países que exigen el cumplimiento de los acuerdos internacionales sobre cambio climático y que se erigen como líderes mundiales de la transición, son los que integran los organismos de financiamiento internacional que fuerzan a países como la Argentina a profundizar su matriz extractivista para pagar los intereses de la deuda.
Por eso, cobra una nueva relevancia el concepto de deuda ecológica, definido por el economista Joan Martinez Allier como “la deuda contraída por los países industrializados con los demás países a causa del expolio histórico y presente de los recursos naturales, los impactos ambientales exportados y la libre utilización del espacio ambiental global para depositar sus residuos”. El correlato existente entre la deuda financiera que tenemos con el norte global y la deuda ecológica que tiene ese norte con nuestros países deja de ser en el escenario actual una consigna únicamente reivindicativa: es una necesidad programática de discutir una nueva arquitectura financiera global.
También se vuelve imperioso compatibilizar el actual estado de excepción permanente con la necesidad de planificar a mediano y largo plazo, jerarquizando la soberanía energética, la soberanía alimentaria y la construcción de una sociedad más resiliente, lo cual exige necesariamente la construcción de una sociedad socialmente más justa.
Es fundamental que estas discusiones sean abordadas desde la agenda pública y la discusión política. De cara a las elecciones 2021, esta semana nació en Argentina el reclamo de “un cupo socioambiental” por parte de diversos sectores de intelectuales, universitarixs y activistas que exija un piso mínimo de abordaje de cuestiones socioambientales urgentes durante la campaña.
Si bien la comunidad científica es clara en cuanto a la necesidad de llevar adelante cambios drásticos para reducir las emisiones de carbono, no hay certezas acerca del camino a seguir para generar las transformaciones necesarias de un sistema socioeconómico incompatible con un mundo con límites geofísicos y en el que la desigualdad alcanzó un extremo tal que el 99% de la población tiene menos riqueza que el 1% más pudiente.
Lo que se torna evidente es que estamos frente a una situación sin precedentes históricos que no admite desempolvar recetas viejas para aplicarlas dogmáticamente y que exige correr los límites de lo posible.
El carácter dantesco del escenario que describe la comunidad científica y que se materializa en un aumento en la frecuencia e intensidad de las catástrofes socioambientales, exige una esperanza radical y la convicción de lo que en otros momentos históricos era considerado una utopía, hoy se vuelve un imperativo de supervivencia.